Hill House y la soledad el trauma

Por Kenia Rodríguez.

La muerte es siempre sobre los vivos. Sí, la muerte tiene poco que ver con aquel que se despide de la vida y mucho sobre nosotros, los que nos quedamos a lidiar con la ausencia y todo lo que acarrea consigo. Recién he terminado de ver La maldición de Hill House y he recordado esta sentencia, aprendida a la mala, a partir de mis propias pérdidas. La muerte es lo más vivo que hay y esta serie es el ejemplo perfecto de ello. 

Basada en la novela de Shirley Jackson (1959) que lleva el mismo nombre que la serie, nos presentan la vida de la familia Crain: Hugh y Olivia, que se dedican a comprar casas para su remodelación y venta posterior, y sus cinco hijos: Steven, Shirley, Theodora y los gemelos Nell y Luke.  

Para el matrimonio Crain, la remodelación de la mansión Hill representa el boleto dorado para obtener el capital suficiente que les permita comprar la forever house, un espacio anhelado por todos en el cual construir su último hogar. Sin embargo, a poco tiempo de la mudanza, los hijos menores, seguidos por el resto de la familia, comienzan a experimentar sucesos inexplicables que poco a poco van mermando el estado mental y emocional de todos, hasta que una noche algo trágico sucede. Hugh se ve forzado a escapar de la casa con sus hijos, dejando atrás a su esposa Olivia, quien muere poco después bajo circunstancias sospechosas.  

Mike Flanagan, director de la serie, concentra la narrativa en la vida adulta de los hijos Crain, con flash backs a su niñez en la mansión Hill, donde ningún miembro de la familia ha vuelto a poner pie tras el incidente de su madre.  

Steven se ha convertido en un exitoso autor de novelas de terror e historias paranormales, Shirley es embalsamadora y dueña de una casa funeraria donde vive con su esposo e hijos, Theodora es psicóloga infantil y vive en la casa de huéspedes de su hermana Shirley. Mientras que los hijos mayores parecen haber construido su vida pese al infortunio, los gemelos Nell y Luke, quienes fueron los únicos testigos de los instantes previos a la muerte de Olivia, luchan con la depresión crónica y la adicción a la heroína, respectivamente.  

Aunque la serie se nos presenta como una de tantas historias paranormales con los elementos esperados: una casa vieja, una familia llena de vida, carnada perfecta para la oscuridad que se ha adueñado de la casa y niños pequeños susceptibles a las fuerzas que recorren los pasillos. La maldición de Hil House es, para decepción de muchos y deleite de otros tantos, más que una simple historia de terror.    

Con una clara intención de presentar “el después de” de las típicas películas del cine de horror, la serie pone foco a lo que sucede con aquellos que fueron atormentados por criaturas fantasmales o demoniacas. ¿Qué sucedió después?, ¿qué fue de todos ellos?, ¿cómo se lidia con la vida después del trauma? Y es ahí donde viene el verdadero argumento: una reflexión maravillosa sobre el duelo y sobre el trauma.  

No importa si para muchos representó una decepción dentro del género del terror, porque de ahí surge la carnita de la historia, porque va más allá del cliché y se convierte en la crónica de una familia destrozada por el dolor, incompleta. Atormentada por las preguntas sin responder y los deseos de entender el pasado, perseguida por sus miedos y fantasmas que poco a poco se tornan en seres con una naturaleza doble, que nos hacen cuestionarnos: ¿son estos fantasmas “reales” o son alucinaciones de una familia que padece una enfermedad mental? 

¿La respuesta? Da igual.  

Personas que lidian con fantasmas o demonios es ya, en sí, una excelente metáfora, por eso da lo mismo si las apariciones son reales o no, lo son para aquellos que las viven, aquellos que huyen de ellas y con eso basta para darles poder.  Y la fuerza de la serie radica justo en esta ambigüedad, porque no hay fantasma o criatura “real” que sea tan aterradora como aquellas que creamos nosotros en nuestra mente, tan únicas y personales como las fibras que tocan cuando nos atormentan.  

Conforme avanza la historia, entendemos que las causas no son tan importantes como los efectos que provocaron, el impacto que dejaron en cada uno. Es evidente que la vida de la familia Crain se trastornó por la muerte de Olivia y tras ese duelo han tenido que aprender a vivir con la necesidad de hallar sentido en un mundo que les niega las respuestas, con temor a repetir el pasado, incapaces de conectar con alguien sin sufrir en el intento, frustrados por el deseo de olvidar, y solos, muy solos.  

Todos tienen miedo. Todos buscan algo. Steven desea, a través de las palabras, encontrar la lógica en lo que él y su familia vivieron, una explicación posible a la ausencia de su madre. Shirley se mete en el mundo de la muerte tanto como puede, intentando develarla, controlarla de alguna manera. Theodora se aísla de mundo y se niega a sí misma cualquier emoción significativa, temerosa de su propia empatía. Nell es incapaz de resistir a las fuerzas del pasado que le roban todo vestigio de paz y felicidad. Luke pelea con su necesidad de adormecer el dolor y la realidad, seducido por las sustancias que prometen ayudarlo a sobrellevar el ruido del mundo. Y Hugh susurra al aire, a la compañía que ha perdido para poder sobrevivir.  

Se habla del duelo y sus etapas, pero no hay nada tan íntimo y personal como el duelo, un proceso solitario e incierto. Aunque la vida siga y el tiempo pase, el dolor de las ausencias no se va, permanece y se trasforma, a veces nos da esperanza, a veces nos ahoga, pero sobrevivimos, casi todos, de una u otra manera también permanecemos.  

La maldición de Hill House puede no ser para todos y está bien, pero quien decida adentrarse en ella, sólo queda un aviso: “…wherever walked there, walked alone”, porque en la instancia de la muerte siempre estamos solos.

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