Codex haereticus

Andrei Lecona Rodríguez

Universidad de Miskatonic
Arkham, MA.
Facultad de Filología
1 nov. 1892

Estimado Dr. August Bloch,

Conoce usted perfectamente mis objeciones a la publicación de este trabajo; puesto que aún desconocemos el paradero del Dr. Belknap, desaparecido poco tiempo después de terminar la traducción del manuscrito ms. 6066. El exhaustivo estudio que realicé de sus notas personales tras su desaparición deja, meridianamente claro, que no deseaba que esta traducción fuera publicada. La dificultad que supuso encontrar sus transcripciones sugiere que deseaba mantenerlas lejos de ojos curiosos. De hecho, tengo la certeza de que planeaba destruir sus notas junto con el propio manuscrito, cosa que solamente su inesperada desaparición evitó.
En cualquier caso, he atendido su petición —aunque no sin serias reservas— de redactar una detallada descripción del manuscrito, acompañada de la traducción del texto realizada por el Dr. Belknap. Mi única esperanza es que, tras leer su contenido, quepa en usted el juicio de no publicar este trabajo.
Saludos cordiales.

Dr. Phillip Long

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Solitario

Micaela Ygich

Me levanté reacio al pensar que debía trabajar durante doce horas, con un sabor amargo en la boca, realmente disgustado. Quise mover mi cuerpo, pero me sentía pesado, tenía flojera. Traté de mover las sábanas y sentí el frío de la mañana. Observé por la ventana que el día estaba gris y triste. No quería ir, pero debía.

El uniforme estaba frío e hice todo lentamente, no me importaba la hora que debía llegar. Estaba cansado y atormentado por las tantas veces que debía ir a aquel lugar. Estar doce horas cuidando una gran mansión no era un placer. A los pocos días de haber estado allí, contemplé que era una tortura.

Subí al auto y emprendí el viaje tan repetitivo que hacía todos los días. Los mismos árboles, las mismas calles, la interminable ruta con los mismos animales a un lado y la agónica ausencia de humanos. Miré el cielo y lo vi negro, amenazante. Debía apurarme.

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Proyecto 14-999

Angel Ramírez

El experimento había acabado y era hora de analizar los últimos datos y sacar las conclusiones pertinentes. El gigantesco sitio debía ser limpiado para no dejar rastro de lo ocurrido, no podían permitir que sus proyectos se vieran corrompidos debido a que sus sujetos de pruebas se percataran de su situación. Un grave error sería que sus creaciones aspiraran a tomar su lugar y no lo volverían a permitir. Solamente había que seguir el protocolo, además, resultaba sumamente interesante observar el comportamiento de tales organismos y aprender de sus errores y catástrofes.

Los científicos se desplazaron hasta el sitio en sus vehículos de forma aplanada y con propulsores ovalados, surcando el espacio y acortando con hipervelocidad, los años luz que los separaban de sus sujetos de pruebas. El equipo encargado de aquella tarea se conformaba de un grupo de personas cuadradas y de piel grisácea, sus ojos inexpresivos reflejaban el vacío de agujeros negros. A comparación de sus otras subespecies, no les importaba qué lugar ocupaban en el surgimiento de su raza, probablemente no eran los primeros, pero sí los pioneros en crear más como ellos y aprovecharse de eso.

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Profundo

Ronnie Camacho Barrón

Desde niño, soñé en convertirme en biólogo marino, me encantaba pasar horas frente a la playa recogiendo pequeñas conchas, tomando como mascotas a los cangrejos y observando ballenas en el horizonte.

Sin embargo, mi padre se opuso. Quería que estudiara ingeniería aeroespacial y siguiera sus pasos en la NASA diseñando cohetes, traté de hacerle entender que el mar era mi vida, por su parte, él aseguró que el océano ya no tenía nada que ofrecernos y que era en el espacio donde se encontraba el futuro de la humanidad.
Discutimos por horas, hasta que harto, puso un ultimátum, estudiaba lo que él quería o me iba de casa. Escogí la segunda, fue difícil, pero no me rendí y aunque no pude convertirme en biólogo marino, como buzo del ejército, pude estar tan cerca del mar como siempre quise.

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¿Por qué no hay vida en el resto del universo?

Antonio Arjona Huelgas

Jacobo se preguntaba qué habría más allá del planeta Tierra. Todas las evidencias astronómicas indicaban la no existencia de vida en el universo, o la extinción de la misma. Tras mucho investigar, enviar sondas, mirar a través de telescopios o satélites, más nada había allá afuera. Claro, Jacobo no podía estar de acuerdo con esas conclusiones. Ramas subestimadas de la ciencia como la astrobiología invitaban a imaginar posibilidades insólitas. Aun así, no tenían evidencias suficientes para dar con ella. Así, Jacobo, mientras exploraba supervisaba las imágenes del telescopio NEWBORN, se hizo una pregunta: “¿Y si la vida allá afuera se ha desarrollado bajo condiciones tan lejanas a las de la Tierra que ni siquiera pueden reconocerse? Si es así, ¿Podemos comprender la vida en esas condiciones?”. Pensó en los exoplanetas en los que se había pensado que podían albergar vida, todos similares a la Tierra, con procesos más o menos similares. Quizá con suficiente parecido como para suponer la aparición de la vida, aunque no de la vida inteligente, o tan siquiera de la vida compleja. Entonces pensó, “¿Y si hay vida dónde nunca pensamos que la habría?”. Con ello en mente, verificó agujeros negros, planetas en condiciones extremas, planetas errantes, sistemas solares caóticos, tanto como pudo para encontrar a los potenciales habitantes de las estrellas lejanas. Se le ocurrió entonces buscar en un sistema binario, cuyas estrellas masivas habían consumido la mayoría de los mundos a su alrededor. Ahí notó algo: una sombra.

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¿Por qué no hay vida en el resto del universo?

Antonio Arjona Huelgas

Parte I

Mi nombre es Octavio Rangel. Empiezo con mi nombre porque no sé si volveré a perderme en mi propio pensamiento. Este es uno de los pocos momentos de más lucidez que he tenido en los últimos días, y quiero registrar todo como una evidencia de que no estoy enfermo. No estoy loco. Mi mente —cuando no es secuestrada— conserva muy legible cada idea que alguna vez se formó, cada recuerdo que me pertenece.

Como parte del motivo de este manuscrito tengo la misión de describir el lugar donde ocurrió el negro total de mi conciencia. Un cementerio muy antiguo donde la mayoría de cuerpos que alguna vez ahí reposaban, hoy no son más que polvo bajo la tierra.

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La mascota del señor Petro

Eric Michel Villavicencio Reyes

La señora Martínez era una viejecita adorable que vivía en el número 48 de la calle Turkey. Tenía muchos amigos, y nunca negaba ayuda a quien la necesitase. Todos la querían en el vecindario y los niños iban a su casa a menudo para jugar con el columpio de su jardín.

Un día el señor Petro tocó a su puerta. La señora Martínez le recibió con alegría, como haría con cualquier otro visitante. Él pidió alguna comida para alimentar a su mascota, alegó que desde que probara la carne de pollo renegaba de los alimentos sintéticos. La señora Martínez entró a su casa y regresó en poco tiempo con dos postas enteras para el señor Petro, quien, agradecido, se fue tan silenciosamente como había llegado.

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Alejado

Juan Fernando Bastías Cofré

Fui enviado hasta un planeta olvidado, cercano a un nuevo sol. Decían que había inestabilidad y la sobrevivencia no era segura. Mi viaje podría ser considerado un castigo. Cometí algunos errores en la tierra que al parecer purgaría con esta arriesgada misión. Escogieron un lugar inestable, poco estudiado, de escaso interés y nunca antes explorado.

Había bajas probabilidades de encontrar algún elemento útil, ni mucho menos poder habitarlo en un futuro. Pero, querían experimentar con un nuevo sistema de abastecimiento de aire. Por mi parte, no tenía otra opción que aceptar, estaba estancado en los vicios que se hicieron triviales en mi mundo. Necesitaba este destino.

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Abadón

Leidy Ruiz Machado

Escucho tu llamado
Oh, titiritero de las almas.
Estoy rota.
Introduce tu lengua
en la savia de mis miedos.
No más trajes de carne
sobre mi ventana.
Ni risas de insomnio
columpiándose en la noche.
Ven.
Crecerán hilos dentro
de mi cuerpo
y clavos de sangre
restituirán mi cabeza.
No teman oh pequeños.
Seré su aya entre tanto
él regresa.
Beban de mis huesos,
la ofrenda ante el altar
de sacrificio.
Bulle el éxtasis
en las venas.
Espasmos de dolor
relucen en mi garganta.
Y una barca sepulcral
espera atenta por mi espíritu.