¿Por qué no hay vida en el resto del universo?

Antonio Arjona Huelgas

Parte I

Mi nombre es Octavio Rangel. Empiezo con mi nombre porque no sé si volveré a perderme en mi propio pensamiento. Este es uno de los pocos momentos de más lucidez que he tenido en los últimos días, y quiero registrar todo como una evidencia de que no estoy enfermo. No estoy loco. Mi mente —cuando no es secuestrada— conserva muy legible cada idea que alguna vez se formó, cada recuerdo que me pertenece.

Como parte del motivo de este manuscrito tengo la misión de describir el lugar donde ocurrió el negro total de mi conciencia. Un cementerio muy antiguo donde la mayoría de cuerpos que alguna vez ahí reposaban, hoy no son más que polvo bajo la tierra.

En el sitio —que pudo ser una jaula, una prisión o incluso un hogar— se encuentra una criatura que no puede ser de este planeta o de esta dimensión. Si es posible describirlo de alguna manera se pueden encontrar similitudes de físico en animales como una rana por su cuerpo viscoso similar a un anfibio, boca amplia; un elefante por la extraña nariz o trompa que se extendía desde el centro de su rostro o las cuatro patas gordas sin rodillas; e incluso como un zorro con sus orejas en punta, su cola y principalmente su mirada penetrante. Un monstruo intimidante de colores verdosos y mucha altura. Excesiva inteligencia e impactante poder.

No fue solo curiosidad lo que provocó el inicio de todo. Fue por culpa de un marcado dolor de cabeza que no me dejó de acosar durante muchos días. Al principio, era solo un dolor común que creí que las aspirinas calmaban. Solo iba en aumento hasta convertirse en una migraña que la medicina no curaba. Incluso mientras dormía era imposible encontrar el descanso. Entre varios médicos, ninguno supo dar razón, menos una solución.

Mi teoría era que la causa del dolor se debía a la radiación de un anillo que recién había encontrado entre las pertenencias de mis abuelos. De un metal y piedras preciosas pero imposible de identificar entre los conocidos de este planeta o dimensión. Intenté después de los doctores, que fueran los científicos los que me dieran una solución. Tampoco tuve éxito, pero una voz que zumbaba desde el fondo de mi cabeza me decía que la respuesta estaba en la reliquia familiar.

No pasaron muchos días en todo el proceso cuando empezaron las pesadillas. Con mis padres, con mis abuelos, y una sombra irreconocible del monstruo que parecía ser solo eso, un sueño, una extracción irreal de la imaginación. Nadie tenía la forma humana que debía tener —aunque el sueño lo justificaba—, pero todos me llamaban.
Cuando reforcé la investigación hacia el metal y las misteriosas piedras incrustadas en el anillo encontré una pista palpable. Se creía que eran sustratos de un antiguo meteorito encontrado en un cenote. Pocos habían logrado manipular la piedra para extraer metal suficiente para utilizarlo, pero de eso no había mucha información. Todo se reducía a un pequeño cementerio. Probablemente era de mi ascendencia, aunque faltaban pruebas y conexiones que ya nadie vivo me podía dar.

Desde afuera se perdía entre la naturaleza de un entorno húmedo. La primera observación inevitable era que nada estaba oxidado. Una reja del mismo metal que mi anillo familiar rodeaba los pocos metros cuadrados de extensión del lugar. Por las leyendas y respeto a los fallecidos nadie se acercaba al lugar o había intentado allanar las tumbas. Era imposible reconocer los nombres en las lápidas de yeso ya desgastadas, a diferencia del título grabado en el metal de la puerta de entrada “Katunixtli”. Quizás, también el nomb…

Parte II

He despertado una vez más. Estaba escribiendo sobre mi llegada al cementerio después de los extraños dolores de cabeza y me desmayé sobre el papel. Al abrir los ojos corrí hasta el escritorio donde el texto anterior sigue intacto, a excepción de la última palabra que se quedó inconclusa con la tinta corrida. Me siento muy extraño, como si una vez más hubiera caído en una oscuridad plena sin comprensión. Podría ser solo la aparente realidad de los sueños mezclandose con el mundo vivo, me gustaría que fuera solo eso.

Después de recorrer el cementerio sin encontrar nada familiar en lo que podrían ser restos de mis antepasados, encontré una complicada entrada subterránea. Desde una tumba falsa se podían ver unas escaleras viejas que se perdían en la oscuridad sin avisar donde estaba el fin, a pesar de la luz del día. Confiando únicamente en la luz de mi celular emprendí con valor el descenso.

La sorpresa fue mayor de lo esperado. Sabía que no era una camino de flores y arcoiris, pero los grabados exponían la historia de la llegada de un monstruo de origen cósmico que había pactado con ciertos humanos para su propia sobrevivencia. Los caracteres indescifrables debían narrar el motivo por el cual esos mortales aceptaron el pacto. También se mostraba cierto tributo sobre las piedras preciosas e incluso sobre los metales, pero al no poder leer la descripción de cada muro no había forma de darle un valor moral como bendición o maldición al aceptar el trato de la poderosa criatura extraterrestre.

Miré el anillo por un instante antes de retomar estas palabras, porque después de bajar por varios minutos admirando los grabados, terminé en una explanada amplia sin objetos, adornos e incluso ya sin grabado. No había ninguna puerta bloqueando el lugar, solo una explanada de mínima iluminación que mi luz no hacía mejorar. Curiosamente las paredes que contorneaban la cueva producían la misma sensación que el anillo.

La memoria me empieza a fallar a partir de ahí. Intentaba analizar el muro cuando de la esquina contraria se asomó la nariz alargada del monstruo, después su rostro completo hasta la punta de las orejas, una imagen clara y terrorífica percibida gracias a mi teléfono. Intenté correr de regreso a las escaleras pero el anillo destelló con intensidad iluminando toda la cueva. Así fui capaz de distinguir por completo a la criatura, y su aparente debilidad ante los metales y piedras preciosas.

La cabeza me sigue zumbando, es imposible detener el dolor. Siento que perderé la noción en cualquier momento. Observo el anillo, consciente de que no gané la batalla como creía, me lo he quitado, sin embargo, esa ya no es la solución. Desconozco mi destino, el de mi cordura.

El anillo fue solo un puente. Logré recordar el final de la pelea. El anillo se iluminó, el monstruo pareció alejarse de la luz, solo estaba encogiéndose, transformándose en una niebla fluorescente que combinaba con los tonos de la reliquia familiar. Entonces, empleando como llave el contacto del metal y las piedras con mi piel, el monstruo se desvaneció a través de mi dedo, insertándose velozmente en mi piel, recorriendo mis venas, suplantando mis pensamientos. Un parásito que vivirá dentro de mí, que será yo hasta que mi tiempo en la tierra terminé, o hasta que Katunixtli sea capaz de destr…


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