En la esquina de mi cuarto

Daniel Greene

Por las noches un hombre se sienta en la esquina de mi cuarto. Puedo ver su silueta oscura dibujarse contra la pared.  Aunque se mueve por los muros, oigo sus pasos desde el pasillo: quiere distraerme,como aquellos fantasmas que entre más cerca están, más lejos se escuchan. Pero yo soy una chica lista. Cumplí doce y ya puedo defenderme sola. Mamá dice que soy bien portada y, sobre todo, inteligente. Por eso, aunque lo escuche fuera de mi cuarto, me oculto bajo la colcha, porque el hombre se esconde en la oscuridad y ya no lo puedo ver. Me hago la dormida para que piense que estoy muerta y ya no se me acerque.

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Cacería

Velas de cumpleaños envueltas en un halo fantasmal grisáceo que danza hasta perderse entre las partículas del aire que respiran los invitados. Cymtra ya es mayor de edad; conlleva más de una responsabilidad una vez que el pastel se termina y el montón de trastos se apila en el fregadero. La noche se presenta ante ella como la oportunidad de demostrar, ante la sociedad que la acompañó en el día, a inmiscuirse en el trámite hacia la madurez.

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Mis queridos padres

Ronnie Camacho Barrón

¡Los macarrones están listos!, ¿sabes?, nunca pensé que te traería a casa, no eres muy simpático y realmente muchos te tenemos miedo, pero bueno mis padres querían conocerte y que mejor forma de hacerlo que invitándote a cenar.

Ya quiero que den las ocho para que se despierten y al fin te puedan conocer, sé que para ti es muy gracioso molestar a los demás y más centrarte específicamente en mí solo porque soy adoptado, pero Mamá y Papá ya me había advertido que muchas personas no lo entenderían y que otras más se reirían de mí solo por eso.

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Me tienen miedo

Alejandro Negrete

Me llamo Brisa. Me tienen miedo, solo tengo trece años. Hace días que estoy en este lugar. Tengo puesto este chaleco que no deja mover mis brazos.

Todo comenzó una noche. Estaba de niñera en la casa de mis vecinos, los Prado. Se iban a una fiesta y me preguntaron si podía cuidarles a su hijo Julián, un bebé de dos años. Acepté.

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Juego de niños

Andrés le teme a los payasos, así como le teme a los perros y a la oscuridad. Andrés tiene 8 años y hoy es su cumpleaños. A diferencia de otros niños, este día le molesta, así como le molesta la actitud de mamá. Le encantan los regalos y el pastel, pero sabe que para llegar a ese momento del día debe soportar convivir con otros niños, juegos y todo eso que ha preparado mamá porque dice que lo quiere mucho.

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¡1, 2, 3 por ti!

Claudia García

—18, 19, 20… listos o no ¡aquí voy!

El pequeño comenzó a correr entre risas, ansioso por encontrar a mamá y papá, demostrando así quién era el mejor jugando al escondite. Después de caminar por aquí y por allá llamándolos a gritos, una sensación desagradable comenzó a crecer en su pecho, sensación que aumentaba con cada paso que daba.

La casa le comenzó a parecer grande, muy grande, los pasillos se volvían como esas serpientes enormes que aparecían en los libros que su padre tenía en el estudio; caminó cada vez más lento hasta detenerse por completo. Un profundo silencio lo rodeó ahora que las risas y los gritos habían terminado, mientras un gesto de preocupación se revelaba de a poco en su carita sonrojada por el frío.

—¿Mamá?¿Papá? —preguntó a media voz, pero al no recibir respuesta, y sintiendo el miedo crecer en su interior, gritó cada vez más fuerte—. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Papá!

En ese momento se oyeron pasos a lo lejos llamando la atención del niño, que estaba al borde del llanto. Con creciente alivio, aunque no por eso menos angustiado, se adentró deprisa en un pasillo; corrió por mucho tiempo, y seguro hubiera continuado de no ser porque tropezó con un objeto del suelo, dañándose la rodilla. Estuvo un rato sentado en el suelo, llorando y esperando a que su mamá apareciera, sin embargo, todo a su alrededor siguió tan vacío como antes.

Un sonido parecido a pisadas se volvió a escuchar, esta vez más cerca.

—¡Mamá! ¡Papá! —exclamó el niño con renovada alegría.

Deseoso de encontrarse con sus padres lo más pronto posible, se levantó con cuidado y deambuló otro rato, prestando atención a cualquier cosa a su alrededor; era increíble la cantidad de basura que encontró a su paso y cuando se topó con pedazos de vidrio y otras cosas filosas, frunció el ceño. Si su madre estuviera ahí, lo tomaría de la mano para alejarlo lo más pronto posible.

Después de un tiempo se dejó caer, totalmente exhausto; por más que pensaba en que sus padres seguían escondidos y que sólo tenía que buscar más para encontrarlos, esa sensación desagradable continuaba creciendo en su pecho, llenándole los ojos de lágrimas.

Ya no quería jugar, ya no quería ganar, ya no quería ser el mejor jugando, ya no quería jugar, ya no quería jugar… ya no quería… YA NO… YA NO…

Un ruido lo distrajo justo cuando empezaba a llorar.

Una sonrisa iluminó su rostro al pensar que por fin el juego había terminado, así que sin perder tiempo se levantó, listo para encontrarse con sus papás.

Los pasos estaban más cerca.

La sonrisa se fue borrando de su carita al escuchar cómo el ruido se hacía más fuerte, porque ese ruido era de muchos pasos, eran demasiados pasos que se acercaban cada vez más.


El alivio se transformó en miedo cuando comprendió que aquello que se estaba acercando no eran mamá y papá; de un momento a otro el juego había cambiado y ahora era él quien debía esconderse, con la esperanza de que no lo atraparan.

Se echó a correr por el primer pasillo que le pareció se alejaba más de ese lugar, sólo para detenerse por el cansancio poco después; el cuerpo le dolía y le costaba mucho respirar, su angustia sólo aumentó cuando comprendió que no podría correr más, mientras el retumbar de pasos se escuchaba más cerca, cada vez más cerca…

Los ojos del niño se abrieron enormes cuando una voz a su espalda gritó:

—¡Te encontré!


Papá volvió a casa

Andrei Lecona Rodríguez

1 de junio 2006

Querido diario: Mamá me encerró otra vez porque no quise comer lo que me cocinó. Estoy muy triste. De verdad intento comer lo que mamá me sirve, pero su comida es horrible. Siempre me siento enfermo después de comer lo que me da. Además, nunca me lleno, aunque coma mucho. Cuando termino de comer lo que mamá me prepara, me siento más hambriento que antes. Mamá dice que no está bien comer carne, que es lo mismo que matar. También me dijo que por eso dejó a mi papá; que por eso nunca me dejará verlo otra vez, porque come carne. Yo creo que matar no está mal, siempre que sea para comer. Pero tengo mucho miedo, no quiero que mi mamá me deje. Le prometí hacer un esfuerzo para que me guste su comida.

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Todos los pájaros caen al suelo

Escoria Medina

Hice todo lo que Dios nunca hizo por ti y eso que rezaste un chingo después que el viejo se murió. Sí, te quedaste sola, o eso le decías a todos, como para que sintieran pena por ti, pero yo me quedé, acuérdate de eso, yo me quedé.Habríamos permanecido bien solas, con nuestra vejez de por medio. Habríamos estado bien, pero quisiste llenar el vacío de tu Dios mudo y de la ausencia que deja la muerte con lo que fuera porque nunca te bastó mi compañía.

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Soy tu cruz

Andrei Lecona Rodríguez

Mi abuela era una mujer extremadamente católica, iba a misa todos los domingos, se casó a los diecisiete años y jamás se divorció, a pesar de las reiteradas infidelidades, borracheras y golpizas de mi abuelo. Siempre me decía que todos cargamos una cruz, casi siempre en la forma de una persona a la que estamos condenados. En cualquier caso, yo era muy pequeña y mis padres tenían que trabajar, así que, para mi desgracia, me dejaban mucho tiempo en casa de mi abuela. Nunca me gustó ir allí. La mayor parte del tiempo ella me hacía sentarme en el piso de su sala ante la agónica mirada del Cristo que tenía en su pared. Era el crucifijo más grande que había visto en toda mi vida y, supuestamente, era una reliquia que solamente el lado femenino de mi familia podía heredar. Estaba colgado de un clavo oxidado en una húmeda pared de yeso blanco. Todo el tiempo que mi abuela me mantenía sentada en el piso contemplando al dios agonizante, me aterraba que el viejo clavo diera de sí y que el pesado crucifijo cayera sobre mí. Imaginaba que, si no moría aplastada, moriría de horror cubierta por la sangre del hijo de Dios. Pero el viejo y oxidado clavo aguantó estoicamente, supongo que aquello era, literal y metafóricamente, su cruz.

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Dolores

Ana Cecilia Guerrero

De todos mis amores, Lore tuvo que ser el más intenso y sincero. Diez años después, y en los desastres solitarios más nocturnos, todavía me persiguen las siluetas de mi Lore en su encuentro con las mías. Ese día, ese siete de agosto (lo recuerdo perfectamente). Como incierto devoto de la filosofía moral del buen Nietzsche, me pasé por el arco de triunfo esa ley societal nunca escrita y solo dicha por hermanos y padres de familia, la moral, ese pinche árbol cuyas moras son saladas, y me solté al impulso advenedizo del deseo más excelso justamente, que se levantaba en medio de mis sueños más líquidos. Fue así que accedí a desafiar los límites de nuestro acuerdo, pensando que si el mismo Hegel, que vio en la relación de una hermana con su hermano — Antígona—, la superación de la historia y de sus límites, y aun así, fue perdonado, mi disculpa en caso de un descubrimiento estaría más que justificado.

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