Belleza Natural

Leonora Zea

El despertador sonó y Javier aún sin abrir los ojos, empezó a sentir el mal humor recorrer su cuerpo.

—Ya párate, dormilón.
Más a fuerza que por gusto, Javier entreabrió los ojos. Jess, con una bata rosa lencera, lo esperaba al pie de la cama con una taza de café recién hecha.

—Nada como una buena taza de café para empezar el día—. dijo Javier mientras se sentaba tratando de ahuyentar el mal genio que lo acechaba. Lo último que quería era una nueva pelea con su esposa.

—Y yo sé que te va a gustar más—. Respondió Jess mientras colocaba la taza en el piso.

Sin duda alguna Jess se había levantado mucho más temprano, tiempo que había aprovechado para arreglar su cabello y ponerse un poco de maquillaje, tan solo el suficiente para verse linda, recién levantada en un intento de volver a ser atractiva para él.

Poco a poco, mientras movía sus caderas, piernas y brazos al ritmo de una canción imaginaria, se fue desabrochando la bata, hasta dejar ver sus curvas, sus formas sin pudor alguno.

Javier, recargado sobre la cama, colocó sus brazos detrás de la nunca para disfrutar mejor de aquel espectáculo privado.

Jess subió a la cama y, a gatas, llegó hasta su amado.

Hicieron el amor, un amor forzado, un amor con miedo, con miedo de decir todo lo que las palabras y las miradas callan.

El trabajo con la sexóloga no estaba funcionando. Los tropiezos seguían. Al menos para él, la costumbre y la obligación seguían llenando las sábanas, aunque tenía que reconocer que Jess era quien hacía un mayor esfuerzo. Detalles que se habían olvidado bajo el armario, volvían a salir a la luz: la lencería nueva, las mañanas con el olor del café, el despertar temprano para verse como cualquier modelo matutina. Pero aún así, sentía todo el trabajo entre las piernas abiertas de su esposa. El pudor de Jess le sabía a obligación, una tarea más que hacer. Extrañaba la época de cortejo y noviazgo, la época en donde no importaba el lugar ni la hora, la parta trasera de su coche, el baño de un bar, el piso de la sala.

Jess se quedó en la cama, revisando cosas en el celular mientras él se metía a bañar sin notar la falta de caricias o palabras enamoradas. Se despidieron con un beso acostumbrado y él desapareció tras la puerta de aquel pequeño departamento.

El día pasó. Ese era el verdadero problema y Javier lo sabía. La monotonía a la que indudablemente llegaban las cosas. En ese momento de hastío, mientras veía las manecillas del reloj moviéndose cual condena, trató de pensar en algo, un momento, un objeto, una persona, una nimiedad que no hubiera tenido ese fatídico destino.

Los juguetes en el baúl, un nuevo celular, amigos de la infancia, un restaurante, su gato, Jess. Nada. Todo, absolutamente todo se convertía en aburrimiento. Recordó a Jess, a una Jess más joven, más atrevida… a una Jess cuyas estrías tenían menos importancia que el perro del vecino, a una Jess que en medio de las cenas de trabajo se quitaba la tanga para guardarla en su bolsillo del saco…una Jess que pensó sería inmune a la cotidianidad que tanto odiaba y de la cual no sabía cómo escapar.

El trabajo terminó, tan sólo para cumplir la sentencia llamada matrimonio. Era día diez. Seguro Jess lo estaría esperando con una cena a la luz de las velas, el vestido rojo que escondería y la lencería “especial”. Después de intentar hablar de “los viejos tiempos”, de las cosas que gustaban y odiaban, el interrogatorio de Jess por saber de su día, lo llevaría a la cama, lo miraría fijamente por un par de minutos (tarea de la sexóloga), lo intentaría tocar de nuevas formas, pero siempre sería lo mismo y después, si él no lograba cumplir con lo esperado, el viejo reclamo de “luchar por la relación” aparecería antes de irse a dormir sin abrazarse, sin tocarse.

Respiró con frustración antes de meter la llave.

—Y aquí vamos de nuevo—. Murmuró para sí mismo. — Ya llegué, cariño.

El silencio que lo recibió fue una grata sorpresa para él, algo nuevo, inesperado y la emoción llegó a él como una bocanada de aire frío.

Se quedó inmóvil, sin palabras. Hizo un ademán de agarrar su celular, pero al tanteo no lo encontró. Con el escalofrío recorriendo su cuerpo, se dio cuenta de cuánto la amaba. Ella era simplemente perfecta.

Jess estaba más hermosa que nunca. Una belleza natural que nunca antes había tenido. A diferencia de lo que él aseguraba, Jess lo esperaba sentada en el sillón con aquella bata lencera que sólo utilizaba en las mañanas, como si lo hubiera esperado durante todo el día.

Se acercó para darle un beso en la frente. Un beso que a la distancia hubiera parecido de despedida, un beso cariñoso, fraternal, sin maldad, lujuria o deseos que se escaparan de su pantalón, pero tan sólo hizo falta el primer contacto de sus labios sobre esa piel para que empezara a sentir la sangre en las venas, el corazón acelerado, las ganas olvidadas.

Sus labios buscaron la boca entreabierta, el cuello erguido y las piernas entreabiertas.

La tiró sobre el sillón. La bata, tomando parte del juego, se abrió casi sola, dejando al descubierto unos senos erguidos que imploraban ser tocados. La besó como nunca, tan apasionadamente que había logrado superar cualquier experiencia sexual que hubiese tenido. La deseaba incluso más, mucho más que aquella primera vez que ella se dejó tocar. “Una probadita”, había pedido él y ella había guiado su mano bajo el vestido, entre sus piernas, hasta sus bragas, un poco de movimiento y había empezado a sentir su sexo. Ella le retiró la mano dejándolo con ganas de poder tocar más, ahora sin la ropa, sin la tanga interponiéndose entre su clítoris y sus dedos.

Javier mordía, besaba, acariciaba su cuerpo como un loco desenfrenado, buscando poder abarcarla con todos sus sentidos, mientras ella dejaba hacer, sin imposiciones, sin vergüenza, sin normalidad. Ahora no le daba indicaciones, no le pedía que fuera más despacio ni rápido, tampoco era ella quien dictaba la posición. Ahí recostada sobre el sillón, él metió sus manos como aquella primera vez y entre besos y caricias, abrió sus piernas. Mordió sus muslos, besó su clítoris. Él no se preocupó por desvestirse. Tan sólo con los pantalones a media pierna, la penetró.

A pesar de la excitación que empezaba y terminaba con su miembro erecto, el cuerpo de ella se cerraba ante él, obstáculo que en vez de frenarlo lo excitó aún más, tener que esperar, tener que esforzarse para que aquella Jess, aquella nueva Jess lo aceptara una vez más entre sus piernas.

Javier metió un par de dedos mientras, desesperado, volvía a morder su cuello, sus senos, las cosas que a ella le erizaban la piel. Ahora no quería amarla, no quería hacerle el amor, sólo quería cogerla, hacerla suya cual animal salvaje y ella sin protestar, se dejaba hacer.

Toda ella era diferente. Incluso su interior se sentía más apretado, más rico. Los cuadros colgados en la pared se cayeron, el frío de la habitación desapareció, y él supo que en verdad la amaba.

Cuando terminó, ella seguía recostada, como esperando que él la volviera a poseer. Él se acomodó los pantalones. Y nuevamente besó su frente mientras entre lágrimas le susurraba cuánto la amaba. Le cerró la bata y después de un beso en los labios, agarró el teléfono.

—911, ¿cuál es su emergencia?

—Hola, sí, bueno, ¿operadora? Mi esposa no se mueve y…

—Señor, ¿me escucha? Por favor, no cuelgue…

Javier la volvió a sentar en el sillón, lloró sobre su cuerpo muerto mientras el sonido y las luces de las patrullas anunciaban su pronta llegada.

En medio de luces, fotografías y preguntas, Javier lo entendió. Lloraba junto al cuerpo de Jess porque, así como lo había encontrado, lo había perdido. Había logrado escapar de aquella monotonía que tanto lo asfixiaba en el cuerpo inerte de Jess, entre sus piernas, entre sus pechos y su boca silenciosa, pero esa nueva aventura, esa emoción de sentirse vivo una vez más había terminado en un abrir y cerrar de ojos, se iría a la tumba junto con su amada Jess.

“¿Y ahora qué?”,pensaba Javier, perdido entre las luces de colores.

—¿Qué sigue después de la muerte? —Preguntó a nadie, o tal vez al oficial que tomaba su declaración.

—Que el Señor la tenga en su gloria—. Respondió el oficial sin emoción, con monotonía, una respuesta estudiada y ensayada.

—¿Después de la muerte qué? —Siguió lamentándose Javier mientras buscaba, deseaba, fantaseaba por una nueva emoción, una nueva excitación.

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