Sinfonía en silencio

Aplaudió. Nada. Una vez más con mayor intensidad. Algo reverberó. El siguiente choque de manos se transfirió al interior del hombre, haciendo crujir sus huesos por dentro tras una mayor intensidad. Y el sonido, levemente, fue perceptible. Asintió. Entregarse al pánico no era opción; mucho menos postrarse nuevamente en su cama. Algo, dentro de él, quería salir. Como un volcán en erupción, un grito semejante al magma atravesó el conducto vocal y fue proferido. Se escuchó, clamando ayuda.

¿Quién podría escucharlo ahora?

Los muros de su habitación, engalanados con premios, fotografías con músicos de su orquesta y de otras sinfónicas, recortes de periódicos y revistas sobre su trayectoria musical. Ofreció su música al mundo, ellos le regalaron aplausos a través de cada rincón de los teatros. La gratitud del público lo enfermó, al grado de llevarlo a la mezquindad y egolatría: llegar a ser el primer músico en componer sinfonías que provoquen estados sentimentales o físicos. Cumplir sus condiciones de presentación y asistencia del público, menguaron considerablemente la asistencia a sus conciertos. Y aun con ello, no cambió.

Sus investigaciones en el ramo musical lo llevaron al límite y al borde de la locura, generando la hipótesis sobre una composición, que haga sentir a la humanidad, a través del oído, una muerte placentera. La gente, comenzó a alejarse de él.

Se aisló de todos, viajó a Suiza y allá en las montañas, continuó su investigación. Afortunadamente, no todos en el poblado sabían quién era, por ello, cuando descendía en busca de víveres, muy pocos le atacaban verbalmente; motivo por el cual se apoyó en un joven del poblado, que tuvo a bien, someterse a los experimentos musicales del compositor.

Hubo avances, más en su intento por llevar al joven a esa muerte placentera, encontró solamente síntomas depresivos; los cuales el joven olvidaba al salir del enclaustro con el músico y acudir con su familia. El compositor concluyó, que su sinfonía serviría solo en un caso donde la vida humana dependiese de una muerte tranquilizadora, canalizando sus sentidos hacia ella, tras un margen de estrés apocalíptico.

Abandonó el poblado, dicha tarea y volvió a su tierra natal, enclaustrándose nuevamente.

Sobrevino el suceso.

Encendió la televisión. Hacía tiempo que los programas transmitidos, comenzaban a tener subtítulos en diferentes idiomas, sucedía lo mismo con los portales de videos dentro de internet. Podía escuchar levemente al presentador de noticias, percatandose de algo incómodo: el lenguaje fluido de comunicación se estaba perdiendo. Ante la pérdida paulatina de audición y la nula preparación del cerebro y los sentidos restantes ante ello, el presentador de televisión no podía hilvanar algunas oraciones, a pesar de tener en mano su guion del programa. El compositor subió todo el volumen que el aparato de televisión podía dar. Atemorizado, cayó hacia atrás, para luego inclinarse y bajar la cabeza al suelo. Gritó y lloró. No era claro, pero pudo escuchar cómo el presentador de televisión articulaba pocas palabras del lenguaje anteriormente conocido como universal. Golpeó con el puño varias veces el suelo.

¿Quién podría escucharlo ahora?

Aquel balbuceo se revolvía en su mente una y otra vez. Intentó estirar las fibras cerebrales para convertirlas en una nota musical. Una rabia consecuente, apagándose tras la calma y el silencio en la habitación. Sucedía en ese preciso momento también a él. Leyó las noticias, las cuales no eran distintas de las repercusiones de aquel día; desafortunadamente iba en aumento.

El compositor entristeció. Se dirigió a su habitación, tomó un violín viejo y lo arrojó al aparato de televisión, creando una sinfonía explosiva, si al menos la hubiese escuchado, incluso el caos, tenía notas concordantes. Sus vastas investigaciones y su locura lo habían llevado al arrepentimiento. Crear para instruir, nunca para destruir, nada de ello puso en práctica.

Calles invadidas por el viento, con rocas una sobre otra esperando el deambular de transeúntes, las aceras y la flora sin regar, a la espera de sus cuidadoras matutinas. Sobre el cableado telefónico dos aves, conversando, se ponían de acuerdo hacia donde volarían. La belleza de una imagen que no puedes escuchar. Ambos pajarillos, emprendieron el vuelo hacia alguna parte. La naturaleza los protegía, más el hombre se encargó de volverla su enemiga y en tiempos difíciles, le da la espalda; una madre, negada por sus hijos, no se preocupa de ellos cuando necesitan de su ayuda, no hay brazos extendidos, sino portones cerrados.

El compositor tomó su teléfono celular, envió mensajes a compañeros músicos cercanos a su localidad. Afortunadamente, en tiempos de crisis, la tecnología tenía un as bajo su manga.

“Reunámonos en el teatro una última vez. Llevaré las piezas para tocar”.

En espera de respuesta, acudió a su estudio y encontró piezas incompletas, sinfonías ya interpretadas una y otra vez. Si algo necesitaba la humanidad en crisis era escuchar algo nuevo; si es que aun habría algo nuevo que escuchar.

¿Quién podría escucharlo ahora?

Aclaró su mente, los hechos del día no menguarían sus ganas de escribir y puso en práctica sus conocimientos. Comenzó a redactar música, valiéndose de composiciones de músicos de la antigüedad y sus estudios en el ramo. Informó a los medios a través de mensajes de texto sobre su idea. Leyó los mensajes de compañeros de la sinfónica, preguntándose si valdría la pena. Los medios preguntaron lo mismo. Él, se limitó a enviar textos positivos.

Preparó la sinfonía durante el día. Olvidó su creatividad y la genialidad de su mente para componer en tan poco tiempo. Los músicos a los que convocó para dicha tarea no requerían más que una partitura para conocer sus tiempos.

Recibía mensajes de sus compañeros de la sinfónica; uno por uno respondió lo mismo: “Mañana acudan al teatro principal a las 5 de la tarde. Comenzaremos a las 8 el concierto”. Aviso igualmente a los medios de comunicación por el mismo medio.

Los músicos de su compañía no requerirían de ensayo, estaban acostumbrados a su forma de trabajar, además:

¿Quién podría escucharlo ahora?

Los medios corrieron la noticia. No podía escuchar la radio, la televisión la había destruido, más a través del internet se dio cuenta de la facilidad de expansión de dicha noticia. Pidió también a un amigo el apoyo para la transmisión de dicho concierto por todos los medios posibles. Asintió.

Difusión. Así empezó todo hace unos días. Le llamaron propagación.

Continuó trabajando sin descanso alguno. Dejaron notas bajo su puerta. Lo llamaron loco, algunos otros, héroe. Conocían su trabajo y su forma de ser, ambos dispares como los comentarios en las notas bajo su puerta. Los músicos comenzaron a enviarle mensajes de su llegada al teatro, muchos de ellos, antes de la hora acordada para su reunión. El compositor entonces afinó detalles de las partituras para el concierto.

Escribió al personal del teatro, solicitando únicamente puertas abiertas, ningún arreglo en especial para dicho evento, lo cual, fue consternante para ellos, quienes sabían de la calidad de espectáculo y arreglo que solicitaba el compositor.

Culminó líneas para las 5 de la tarde. Preparó una comida ligera y té. Repasó su composición ligeramente y la guardó en su carpeta. Acudiría a copiar dichos documentos para los músicos que se presentarían. La sinfónica completa estaría presente, lo cual lo entristeció sobremanera. Su trabajo no era predecible, su falta de humanidad, sí. Se levantó de la mesa y se dirigió al centro de copiado, luego al teatro.

Anunció su presentación, a través de gritos y recordó al presentador de noticias del día anterior, tal vez lo que gritaba no eran palabras articuladas y con significado, más:

¿Quién podría escucharlo ahora?

Arribaron al teatro los músicos. Acomodaron sus sillas, manteniendo distancia. Los hombres de la televisión colocaron sus cámaras de video y solo uno de ellos, se quedó a supervisar las grabaciones. Un joven, con su computadora, haría posible la transmisión por internet. Los músicos, sin voltearse a ver entre sí, tomaron uno a uno sus instrumentos y ensayaron, esperando recordar la ejecución correcta del sonido.

Una vez acomodados sobre el escenario, el compositor entregó partituras a cada músico. A través de señas, les pidió tomar asiento. A los percusionistas del fondo, prepararse para la introducción. Les dio una hora para familiarizarse con la melodía. Hizo veinte reverencias y dos más para el camarógrafo y el joven al fondo. Extrañamente atraídos, comenzó a llegar público a la presentación. Hubo momentos de tensión al ver gente ingresando al teatro. El compositor, nuevamente a través de mímica, les pidió se sentaran de manera intercalada en los asientos, para evitar estar cerca unos de otros. Suspiró. Las manos le temblaron y a punto estuvo de abandonar dicha empresa y volver a su confinamiento; levantó el rostro y prosiguió con reverencias para la concurrencia. El teatro no se llenó, pero los asistentes fueron un número importante.

Los músicos, conforme terminaron de leer y familiarizar la partitura, observaron detenidamente al compositor. Algunos levantaron la mano para llamar la atención del compositor y director de orquesta. Unos lloraron, otros, ecuánimes, asintieron con la cabeza. El compositor, con ambas manos, les pidió calma. Intentó proferir algunas palabras, esperando fueran comprensivas para quienes aún escuchaban.

“Ya… saben… de… que… va…”, dijo lentamente.

Preguntó a sus músicos si podía comenzar a dirigir. Asintieron. Les dio diez minutos para asimilar la presentación. El compositor, de pie sobre el escenario, tomó la batuta en su mano derecha, la acarició con la izquierda, como siempre solía hacerlo y suspiró. Volvió atrás, aquel día.

A la humanidad le ha acompañado la música en todos los eventos de su existencia, a través de todos los ámbitos positivos y negativos de su existencia; durante un sepelio, los vivos se despiden de sus seres queridos con música. No podía negarle esto a nadie a pesar de la pandemia.

No hay registro del inicio del suceso, solo empezó, en un día cualquiera. Los medios hablaron de una nueva cepa, su velocidad de propagación y sus consecuencias. Recordó el día que anunció sus estudios para crear música como apoyo para quien desease morir, mismo día en que comenzó todo. Y lo culparon del inicio de dicha tragedia. Se vanaglorió de no estar infectado, pero a todos les llega su momento. El compositor enfermó también en su viaje de regreso. El principal síntoma de la cepa no era doloroso en absoluto, gradualmente complicaba dicho estado y no hay cura. La pérdida de audición total.

Atravesó al mundo rápidamente. Muchos decidieron terminar con sus vidas cuando dejaron de escuchar el entorno. Algunos, enmudecieron para sí y el mundo, enclaustrados en sus hogares, siendo encontrados días después muertos por deshidratación o falta de alimentos. El mundo podía continuar viviendo, pero muchos no querían seguir sin ser escuchados.

Se preparó. Gritó. Podía escucharse, eso era excelente. Golpeó la batuta contra el atrio. El público en el teatro observó. Espectadores en todo el mundo, por todos los medios posibles, los que aún podían y querían escucharlo, hicieron un esfuerzo para hacerlo.

Y la melodía comenzó.

Al día siguiente, los medios informativos titularon a la presentación como “La sinfonía del silencio”. No todos la escucharon. Quienes tuvieron la oportunidad de hacerlo, no tienen forma de comentar.

Se marchitaron como flores, apagándose por todos los rincones del mundo, sumidos en una pandemia. El compositor lo había logrado, una melodía que pondría a dormir para siempre al mundo. Y también a él. A través de comunicados, se solicitó que todos aquellos con vida, hicieran un esfuerzo para recoger a todos los que perdieron la vida aquella noche. Fue un esfuerzo sobre humano, más no teníamos otra cosa que hacer.

Vivo en un mundo en silencio, presencié el último acto de un músico que entregó su vida a los oídos de todos y le dieron la espalda a su investigación. Cuando más lo necesitaron, les entregó un final épico a muchos quienes prestaron oído. Intentamos subsistir, sin saber si quien vive al lado tuyo te escucha o sabe hablar. Las autoridades y medios no saben con franqueza si la cepa se ha eliminado por completo o continúa en el ambiente. Muchos, han decidido no traer niños al mundo, aunque tal vez exista quien lo intente.

Sé todo acerca del compositor y cómo es que pasó dichos momentos, motivo por el cual hoy decidí compartirlos. Tras su salida de Suiza, nunca dejó de escribirme. Me informó sobre su última sinfonía. Pidió que lo excusara, por tantas veces que me hizo escuchar sus melodías experimentales y con esto, el mar de sentimientos agolpados, en mi cabeza, me llevaran al llanto y la desesperación. Me pidió que por ningún motivo escuchara.

A lo que respondí: “demasiado tarde, ya no escuchamos”.

Aislado, en una vieja choza en las montañas de Suiza, donde un compositor trató de crear un mítico y sinfónico final para un joven; vive ahora solo el silencio. Perdí a mi familia y ahora leo las partituras del compositor, imaginando de alguna forma como es que sonó aquella melodía. Más, imaginar, no me traerá la paz que necesito…


Nuestras Redes Sociales

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s