La iniciación (1° parte)

Manuel Aquino

El verano llegaba a su fin y las lluvias provenientes del mar oriental caían sin tregua durante día y noche, sin embargo, aquella madrugada presentaba un cielo limpio y sin nubes. Parecía que los dioses deseaban que le ritual de los Alas rojas se llevara a cabo aquella mañana.

El clan de Alas rojas, era una de las tribus que vivía en el borde oriental del gran bosque, a unos pocos kilómetros de los acantilados que terminaban en el océano. Famosos por sus experimentados cazadores, cada año celebraban la caza ritual del gran ciervo blanco, en la que cada joven aprendiz de cazador, debía derribar a su primera presa y volver a la aldea con el trofeo.

Circe, hija de Eileaxis, era una de los muchos aprendices que aquel año tomarían la prueba, pues entre la gente Paemanni no se distinguía entre hombres y mujeres en el arte de la caza.

Aquella madrugada, después de que los acólitos de la madre Kammu habían pintado sus cuerpos desnudos y habían ofrecido las bendiciones de la diosa a sus herramientas de bronce y madera, Circe sentía que la diosa estaba de su lado y moría por salir corriendo tras su primera presa.

Los trazos de pintura carmesí recorrían su cuerpo con elaborados patrones que terminaban en las formidables alas rojas sobre su espalda, símbolo de su tribu, y serían la única indumentaria, excepto por la sencilla prenda que cubría su entrepierna, que utilizarían en la cacería ritual del ciervo, acompañados solo por sus armas y la aprobación de los dioses.

Cuando la madre Kammu y el jefe Tungamo dieron su bendición y buen augurio, los más de veinte jóvenes listos para aquel ritual, salieron disparados hacia la floresta, pues debían adentrarse bastante en el bosque para encontrar las manadas de ciervos.

No existía una regla que prohibiera unirse en partidas de caza, no obstante, aquellos que cazaban en solitario adquirían mayor reputación ante los ojos de los habitantes de la aldea y por supuesto, para Circe esa opción no existía, pues ella se veía ya como la portadora del cuerno de caza del Jefe Tungamo, el puesto de honor en la partida de caza más importante de la tribu.

Al llegar a un claro, cerca de un manantial a poco más de un kilómetro de su aldea, la chica se quedó quieta, acechando como el depredador que se consideraba. El sonido del viento entre las hojas le ayudó a concentrarse y respiró una profunda bocanada de aire, lista para comenzar su hazaña, pues el sol estaba a punto de alzarse sobre los árboles del profundo bosque y sería ese le momento justo en que tendría una sola oportunidad para cazar al primero de los ciervos de aquella mañana.

Cerró los ojos pues éstos tiende a engañar al cazador inexperto y aguzó sus demás sentidos, pues eran la mejor herramienta de un cazador verdadero y Circe, se jactaba frente a todos los demás aprendices que ninguno era mejor que ella. Sus largas piernas le permitían correr con gran velocidad y agilidad, en especial comparada con los chicos más robustos, además tiraba con el arco como la mismísima diosa y aunque con la jabalina no lograba lanzar tan lejos, no tenía problemas para tensar los arcos de mayor calibre, fruto de los días enteros practicando mientras otros holgazaneaban.

Abrió los ojos, sus labios curvados en una sonrisa arrogante, pues su inteligencia brillaba entre sus iguales y mientras los otros aprendices se agrupaban en pequeñas partidas cerca del arroyo o la laguna del espejo, ella se dirigía al claro lleno de arbustos de bayas dulces cuya ubicación le había revelado Banduax, uno de los mejores cazadores de la aldea.

La sonrisa se ensanchó en su rostro al recordar el “pago” con el que había conseguido aquella ubicación. No le desagradaría pasar muchas más noches con aquel hombre aunque no hubiera más secretos que sonsacarle.

De pronto, su mente abandonó el cuerpo musculado y la incansable pasión de su amante, pues de entre la floresta, escuchó el sonido inconfundible de ramas al quebrarse. Fue apenas algo más intenso que un suspiro, pero en sus oídos resonó como si medio bosque fuera arrasado.

Su instinto tomó el control y en un solo movimiento fluido, mil veces practicado, se giró ciento ochenta grados hasta encararse con un par de ojos color ámbar, que la observaban con testarudez. Un lobo enorme, cuyo pelaje negro era liso y brillante estaba frente a ella, pero en vez de atacarla por la espalda, como cualquier depredador ante una presa indefensa, éste la observaba con intensidad sentado sin apenas moverse.

Circe se preparó para la embestida interponiendo su jabalina entre ella y el animal, lista para empalarlo si éste intentaba atacarla, sin embargo, el lobo se limitó a observar. Por un momento, sintió que el lobo miraba su busto desnudo, pero desechó aquel pensamiento como absurdo.

Aflojó la postura durante un breve instante, mientras cambiaba el peso de una pierna a otra y apenas tuvo tiempo de reaccionar, pues el animal pasó de estar sentado como un perro bien amaestrado a una bestia feroz con el lomo erizado y los colmillos desnudos en apenas un segundo.

Todo sucedió tan rápido que, de no ser por el hilo de sangre que corría desde su hombro, habría jurado que era producto de su imaginación.

El lobo se abalanzó al frente, mientras ella, con un movimiento mecánico, se contrajo clavando la contera de la lanza en el suelo, lista para empalar a la bestia. El lobo se desvió a la izquierda en el último segundo y rodó sobre su lomo mientras ella embestía con su arma, luego, pivoteó sobre sus patas delanteras y lanzó una mordida firme contra el brazo derecho, pero en vez de apretar con sus mandíbulas para desencajar el miembro, tiró de ella afectando su equilibrio de modo que el impulso de la estocada la hizo terminar con su rostro hundido en el suelo del bosque.

Circe no daba crédito a lo que sucedía y la furia comenzó a llenar su mente pues ningún lobo era tan listo como para esquivar una estocada de ese modo. Lo habitual era que un animal desesperado terminara con la lanza atravesándole el cráneo y uno más inteligente, se alejara o intentara rodearla, pero ¿girar en el suelo como un guerrero?

Se levantó con rapidez, el rostro lleno de lodo y el sabor de la sangre en su boca. Sabía que ningún ciervo, por impresionante que fuera, podía compararse contra la piel de un lobo de ese tamaño y la gloria por cazar a un depredador era digna de ella, además, el maldito lobo pagaría con su vida aquella humillación.

Sin girarse, con una torsión que estuvo a punto de desencajarle el hombro, lanzó su jabalina con toda su fuerza hacia donde supuso que el lobo se encontraría. El arma voló con un silbido que hizo bullir su sangre ante la adrenalina por matar a aquella presa.

Fue el mejor lanzamiento que jamás lograra y a pesar de la punzada que sintió en el hombro izquierdo, pues era zurda, se vio a sí misma desollando al animal y cargando su piel de vuelta a la aldea, cuando éste, con un además desdeñoso, dio un pequeño salto a su derecha y la jabalina pasó zumbando a su lado para terminar clavada en el suelo a varios metros de su objetivo.

Era ridículo, el lobo estaba jugando con ella, no le cupo la menor duda y su orgullo herido le dolía mucho más que la herida del brazo, la cual, era poco más que un rasguño, además Circe no una doncella impresionable ni mucho menos la presa de ningún depredador, era la mejor cazadora de su generación y se juró que llevaría la piel de ese lobo como trofeo durante el resto de su vida.

En un movimiento tan rápido que su mano pareció desaparecer, la chica tomó una flecha del carcaj que colgaba de su cadera, mientras que con la mano derecha recogía el arco que había depositado en el suelo al llegar al claro, calzó la muesca de la flecha en la cuerda, tensó con la punta mirando hacia el suelo y en un solo movimiento fluido hacia arriba soltó el capuchón de plumas de halcón y la fecha voló hacia el pecho del lobo en apenas una respiración.

El proyectil cortó el aire con el giro elegante que le otorgaban las plumas de su cola y alcanzó una velocidad impresionante, sin embargo, el animal alcanzó, apenas, a esquivar la punta de bronce, la cual le rasgó el pellejo del costado derecho y se clavó con tanta fuerza en un árbol detrás, que el astil del proyectil se partió en dos.
Cualquier otro animal hubiera caído ante aquello, incluso un guerrero habría tenido problemas para esquivar el proyectil, pues sin un escudo era una muerte segura, pero el lobo demostró su tremenda agilidad de nuevo y apenas un chillido brotó de su garganta cuando la flecha le hirió el costado.

Ésta vez la chica no se detuvo impresionada ante la inteligencia del lobo, su mente estaba enfocada en su presa y ya estaba tomando otra flecha, cuando el animal atacó. Fue un movimiento arriesgado y Circe tuvo la certeza de que le mataría a esa distancia, antes que el lobo pudiera hacerle daño. No obstante, humillando a la chica de nuevo, el lobo saltó por sobre de ella y corrió hacia la floresta, dejándola con un proyectil en la mano y una expresión de incredulidad dibujada en sus facciones.

Sólo pasaron un par de segundos antes de que Circe saliera tras del lobo hecha una furia, dejando abandonadas la jabalina y la flecha, pues dio prioridad al rastro que aquel maldito animal iba dejando tras de sí.

Los arbustos se movían con el rápido andar de la bestia mientras Circe corría sin descanso tras de él, preparada para disparar en cuanto le fuera posible. Las gotas de sangre que aparecían entre las hojas cada cierto tiempo, eran un buen rastro y pese a que aún podía percibir el movimiento de la floresta a varios pasos, le animaba saber que, aunque fuera sólo un rasguño, había conseguido herir al muy hijo de puta.

No obstante, parecía que por cada paso que Circe daba, el lobo lo duplicaba alejándose cada vez más de su perseguidora, mientras que, con paso zigzagueante, se mantenía dentro de la espesura, evitando que la chica tuviera un tiro limpio con su arco.

Los minutos pasaron uno tras otro hasta acumularse en más allá de la hora y sus pulmones comenzaron a arder, a pesar de su excelente resistencia y su paso, decidido y veloz, comenzó a perder la intensidad hasta cerca de la segunda hora después de iniciar la persecución, tuvo que detenerse, maldiciendo en voz alta a aquel condenado animal tan escurridizo.

Circe se negó a aceptar la derrota, tampoco renunció a llevar su piel como trofeo. Sin embargo lágrimas de frustración corrían por sus mejillas mientras hacía un esfuerzo por normalizar su respiración y en su mente, maldecía al lobo que la había alejado de su meta y había evadido su persecución dejándola como una idiota.

Cuando estuvo lista para correr de nuevo, se levantó en busca del rastro del animal, pues hacía varios minutos que había dejado de escucharlo. Restó importancia al asunto, pues una vez que encontrara las huellas, podía seguir el rastro hasta su guarida y aunque aquello tomaría horas en un territorio desconocido, sin abrigo y sin ayuda, Circe estaba determinada a acabar con él.


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s