Como una gata salvaje

Andrei Lecona Rodríguez

La oscuridad comenzaba a caer sobre la selva, pero el calor seguía siendo tan sofocante como a mediodía. A través de la densa vegetación, un grupo de hombres avanzaba con gran esfuerzo. Iban formados en línea, tal como les había enseñado un comandante gringo cuando apenas eran reclutas en la escuelita del terror, nombre no oficial del campo de entrenamiento del cártel. Sabían que estaban ya muy cerca de su objetivo, así que se detuvieron para descansar un rato. Hasta ese momento, habían mantenido un silencio estricto para evitar fatigas innecesarias. Pero ahora tenían la oportunidad perfecta para aclarar algunas dudas sobre el trabajo que los ocupaba.

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