Amor Siniestro

David Osnaya

Hace unos días me visitó un amigo que tenía por lo menos un año que no veía. Con el paso de las horas mezcladas entre la brisa y un par de tragos las palabras comenzaron a aflojar un poco nuestras lenguas, y un poco más la verdad escondida dentro de nuestros pechos. La noche siguió, sus impertinencias eran muchas como sus modales pocos, sus comentarios eran como una bola de frontón, pronto rayaban en lo grosero y lo inusual, así me preguntó: ¿Qué seguía haciendo en un pueblucho, cuando podía explotar mi cerebro y mis capacidades en otras partes? A sabiendas que nadie había sabido nada de él. Un verdadero cínico. Él no lo entendía, mi vida era fructífera si la tapizaba con tranquilidad, cada paso debe ser calculado con paciencia. El caso es que no pude evitar preguntarle con cierta agresividad por qué rayos nadie había sabido de él en más de un año. Su respuesta fue sorprendentemente directa: tráfico de drogas. Un día de regreso del punto “x” al punto “y”, un derrapón en su moto lo hizo caer, y en un abrir y cerrar de ojos, efecto de la instantánea inconsciencia, despertó con la Guardia Nacional en un lado y con una visa al infierno en otro. Fue impresionante su transición, de una prisión a tres anexos en un lapso de un año y dos meses, su voluntad y su orgullo blindados, como siempre, lo hacían derramar la guerra sobre sus muelas hasta sus pies, algo sobrehumano, de miedo total, aunque eso es parte de otro cuento.

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