Nuestra parte de noche: la oscuridad que se esconde detrás de las puertas

Cuando la literatura nos muestra los terrores infantiles, ésta termina desbordándose, mostrándonos que el mundo infantil es mucho más oscuro y siniestro de lo que podríamos imaginar. Los niños en la literatura terminan por ser recipientes donde se almacenan traumas que afectarán al personaje en el futuro. Harry Potter es un modo amable y claro ejemplo de esto, pero por desgracia o por suerte, la literatura gusta más de mostrarnos los terrores nocturnos y la locura del miedo ya que de ahí surgen todos los traumas que, como adultos, tenemos resguardados y es en la literatura, protagonizada por infantes, donde, como lectores adultos, nos enfrentamos a estos miedos resguardados en la oscuridad de nuestra mente.

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El abrazo del espectro

Andreyna Herrera

Una habitación de dos camas
nadie duerme en una de ellas
fue de alguien que falleció
tenía olor de ausencia…
Con la carita risueña de niña
se va temprano a dormir
los dulces sueños de fantasía
acurrucada entre el silencio…
Alguien hace rechinar la cama
se siente la presencia de alguien
la pobre niña se queda inmóvil
es el abrazo de espectro…
Quiere abrir los ojos y no puede
grita: ¡ayúdame mamá!
no importa cuán rápido corra
no puede despertar ni huir…w
Despierta asustada la niña
solo hay la otra cama vacía.
Será solo una pesadilla
se repite de nuevo en la noche
es el abrazo del espectro
que se alimenta de la vida…
No puede irse sin absorber
la energía de alguien frágil
ahí está una niña solitaria
presa fácil, criatura de luz…
No dice a nadie lo que pasa
sabe que es una niña callada
que nadie la escucha
que nadie le creería del espectro.
Se está quedando sin energía
con la cara pálida como la muerte
duerme cada noche
con el abrazo del espectro…

Papá volvió a casa

Andrei Lecona Rodríguez

1 de junio 2006

Querido diario: Mamá me encerró otra vez porque no quise comer lo que me cocinó. Estoy muy triste. De verdad intento comer lo que mamá me sirve, pero su comida es horrible. Siempre me siento enfermo después de comer lo que me da. Además, nunca me lleno, aunque coma mucho. Cuando termino de comer lo que mamá me prepara, me siento más hambriento que antes. Mamá dice que no está bien comer carne, que es lo mismo que matar. También me dijo que por eso dejó a mi papá; que por eso nunca me dejará verlo otra vez, porque come carne. Yo creo que matar no está mal, siempre que sea para comer. Pero tengo mucho miedo, no quiero que mi mamá me deje. Le prometí hacer un esfuerzo para que me guste su comida.

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El monstruo o cómo aprendemos a actuar

Daniel Chino Damián

La ficción es aquello que sustenta al Teatro, a veces al Cine y gracias a la aparición de los realitys cada vez menos a la Televisión, pero ¿qué es la ficción? Para comenzar es necesario plantear que la ficción no es sinónimo de mentira o engaño, sino que más bien es una manifestación construida de la verdad. Personajes, relatos o lugares son inventados desde la imaginación o la creatividad -que recordemos se define como crear algo nuevo partiendo de elementos conocidos o existentes- y pasan a nuestro día a día aun sin pertenecer a la dimensión de lo real. En otras palabras: ficción tampoco es sinónimo de real, pero sí de verdadero.

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El Nahual Errante #7 Tili Tili Bom: miedos infantiles

«Los monstruos son reales, y los fantasmas también: viven dentro de nosotros y, a veces, ellos ganan».

Stephen King

¿Puedes escucharlo? A veces se oculta debajo de la cama, dentro del ropero, en la oscuridad del cuarto. Otras veces puede ser el ruido de las ramas rasgando la ventana, la madera crujiendo. El miedo crece con nosotros y puede acompañarnos hasta el último aliento. Comienza con el coco, el hombre del saco, el señor que te va a llevar y sin fin de artilugios que usan los padres para asustar a los niños. Este número 7 del Nahual Errante quisimos adentrarnos en los miedos infantiles, los que nacieron en la etapa más temprana de nuestro ser y aún se asoman de vez en cuando. Los miedos infantiles marcan la personalidad, pero ¿cómo es que llegamos a construir estos monstruos de la ficción a lo real? Chino Damián nos habla de como este “monstruo” puede trasgredir en ambos mundos.

En la literatura tenemos Nuestra parte de noche de Mariana Enríquez donde los personajes infantiles nos mostrarán cómo los miedos que se gestan desde una edad temprana terminan siendo fundamentesles para las desiciones del futuro. En el cine, tenemos a The babadook donde se analizará al personaje de Samuel y su encuentro con un libro para dormir aterrador.

En la música exploramos las curiosas nanas para dormir y como sus aterradoras letras han pasado a través del tiempo causando pesadillas más que placidos sueños. Podrás oír la selección que tenemos para este número en nuestro canal de Spotify y YouTube.

Por último, agradecemos a todos aquellos que colaboraron con sus textos para la creación de éste número. Gracias a los participantes que se manifestaron por medio de la convocatoria y decidieron jugar con la temática de este número.

Espero sea un número que nos remita a la infancia, cuando veíamos películas de terror y después debíamos enscondernos debajo de las sábanas.

Todos los pájaros caen al suelo

Escoria Medina

Hice todo lo que Dios nunca hizo por ti y eso que rezaste un chingo después que el viejo se murió. Sí, te quedaste sola, o eso le decías a todos, como para que sintieran pena por ti, pero yo me quedé, acuérdate de eso, yo me quedé.Habríamos permanecido bien solas, con nuestra vejez de por medio. Habríamos estado bien, pero quisiste llenar el vacío de tu Dios mudo y de la ausencia que deja la muerte con lo que fuera porque nunca te bastó mi compañía.

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El velo azucarado

Ilse Basurto

El amor se cierne sobre nosotros como un velo, adornado con flores, mariposas y azúcar multicolor, pero, al fin y al cabo, no deja de ser un manto que nos impide la visión clara, que le da a todo un toque específico: el de la idealización. Bajo esta visión del mundo, se pueden dar las situaciones más adorables o las más siniestras. De inicio, al conocer a alguien, todo parece miel sobre hojuelas, creemos que la persona amada es el “príncipe encantador o la princesa de ensueño¨, que ha sido creado solo para nosotros. Con este sesgo enaltecemos hasta el más mínimo gesto que se acerque a nuestro ideal romántico y comenzamos a hacer a un lado las imperfecciones que, de haber visto a tiempo, podrían, salvarnos de la catástrofe. ¿Cuántas veces no hemos dicho estas frases? “Es tierno, quiere protegerme de todo, por eso pasa por mí siempre”, “se pone celosa de mis amigas porque me ama”, “me dice qué ropa me queda mal porque desea que siempre me vea guapa para él¨.

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Amor Siniestro

David Osnaya

Hace unos días me visitó un amigo que tenía por lo menos un año que no veía. Con el paso de las horas mezcladas entre la brisa y un par de tragos las palabras comenzaron a aflojar un poco nuestras lenguas, y un poco más la verdad escondida dentro de nuestros pechos. La noche siguió, sus impertinencias eran muchas como sus modales pocos, sus comentarios eran como una bola de frontón, pronto rayaban en lo grosero y lo inusual, así me preguntó: ¿Qué seguía haciendo en un pueblucho, cuando podía explotar mi cerebro y mis capacidades en otras partes? A sabiendas que nadie había sabido nada de él. Un verdadero cínico. Él no lo entendía, mi vida era fructífera si la tapizaba con tranquilidad, cada paso debe ser calculado con paciencia. El caso es que no pude evitar preguntarle con cierta agresividad por qué rayos nadie había sabido de él en más de un año. Su respuesta fue sorprendentemente directa: tráfico de drogas. Un día de regreso del punto “x” al punto “y”, un derrapón en su moto lo hizo caer, y en un abrir y cerrar de ojos, efecto de la instantánea inconsciencia, despertó con la Guardia Nacional en un lado y con una visa al infierno en otro. Fue impresionante su transición, de una prisión a tres anexos en un lapso de un año y dos meses, su voluntad y su orgullo blindados, como siempre, lo hacían derramar la guerra sobre sus muelas hasta sus pies, algo sobrehumano, de miedo total, aunque eso es parte de otro cuento.

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Soy tu cruz

Andrei Lecona Rodríguez

Mi abuela era una mujer extremadamente católica, iba a misa todos los domingos, se casó a los diecisiete años y jamás se divorció, a pesar de las reiteradas infidelidades, borracheras y golpizas de mi abuelo. Siempre me decía que todos cargamos una cruz, casi siempre en la forma de una persona a la que estamos condenados. En cualquier caso, yo era muy pequeña y mis padres tenían que trabajar, así que, para mi desgracia, me dejaban mucho tiempo en casa de mi abuela. Nunca me gustó ir allí. La mayor parte del tiempo ella me hacía sentarme en el piso de su sala ante la agónica mirada del Cristo que tenía en su pared. Era el crucifijo más grande que había visto en toda mi vida y, supuestamente, era una reliquia que solamente el lado femenino de mi familia podía heredar. Estaba colgado de un clavo oxidado en una húmeda pared de yeso blanco. Todo el tiempo que mi abuela me mantenía sentada en el piso contemplando al dios agonizante, me aterraba que el viejo clavo diera de sí y que el pesado crucifijo cayera sobre mí. Imaginaba que, si no moría aplastada, moriría de horror cubierta por la sangre del hijo de Dios. Pero el viejo y oxidado clavo aguantó estoicamente, supongo que aquello era, literal y metafóricamente, su cruz.

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