Papá volvió a casa

Andrei Lecona Rodríguez

1 de junio 2006

Querido diario: Mamá me encerró otra vez porque no quise comer lo que me cocinó. Estoy muy triste. De verdad intento comer lo que mamá me sirve, pero su comida es horrible. Siempre me siento enfermo después de comer lo que me da. Además, nunca me lleno, aunque coma mucho. Cuando termino de comer lo que mamá me prepara, me siento más hambriento que antes. Mamá dice que no está bien comer carne, que es lo mismo que matar. También me dijo que por eso dejó a mi papá; que por eso nunca me dejará verlo otra vez, porque come carne. Yo creo que matar no está mal, siempre que sea para comer. Pero tengo mucho miedo, no quiero que mi mamá me deje. Le prometí hacer un esfuerzo para que me guste su comida.

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El monstruo o cómo aprendemos a actuar

Daniel Chino Damián

La ficción es aquello que sustenta al Teatro, a veces al Cine y gracias a la aparición de los realitys cada vez menos a la Televisión, pero ¿qué es la ficción? Para comenzar es necesario plantear que la ficción no es sinónimo de mentira o engaño, sino que más bien es una manifestación construida de la verdad. Personajes, relatos o lugares son inventados desde la imaginación o la creatividad -que recordemos se define como crear algo nuevo partiendo de elementos conocidos o existentes- y pasan a nuestro día a día aun sin pertenecer a la dimensión de lo real. En otras palabras: ficción tampoco es sinónimo de real, pero sí de verdadero.

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El velo azucarado

Ilse Basurto

El amor se cierne sobre nosotros como un velo, adornado con flores, mariposas y azúcar multicolor, pero, al fin y al cabo, no deja de ser un manto que nos impide la visión clara, que le da a todo un toque específico: el de la idealización. Bajo esta visión del mundo, se pueden dar las situaciones más adorables o las más siniestras. De inicio, al conocer a alguien, todo parece miel sobre hojuelas, creemos que la persona amada es el “príncipe encantador o la princesa de ensueño¨, que ha sido creado solo para nosotros. Con este sesgo enaltecemos hasta el más mínimo gesto que se acerque a nuestro ideal romántico y comenzamos a hacer a un lado las imperfecciones que, de haber visto a tiempo, podrían, salvarnos de la catástrofe. ¿Cuántas veces no hemos dicho estas frases? “Es tierno, quiere protegerme de todo, por eso pasa por mí siempre”, “se pone celosa de mis amigas porque me ama”, “me dice qué ropa me queda mal porque desea que siempre me vea guapa para él¨.

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Amor Siniestro

David Osnaya

Hace unos días me visitó un amigo que tenía por lo menos un año que no veía. Con el paso de las horas mezcladas entre la brisa y un par de tragos las palabras comenzaron a aflojar un poco nuestras lenguas, y un poco más la verdad escondida dentro de nuestros pechos. La noche siguió, sus impertinencias eran muchas como sus modales pocos, sus comentarios eran como una bola de frontón, pronto rayaban en lo grosero y lo inusual, así me preguntó: ¿Qué seguía haciendo en un pueblucho, cuando podía explotar mi cerebro y mis capacidades en otras partes? A sabiendas que nadie había sabido nada de él. Un verdadero cínico. Él no lo entendía, mi vida era fructífera si la tapizaba con tranquilidad, cada paso debe ser calculado con paciencia. El caso es que no pude evitar preguntarle con cierta agresividad por qué rayos nadie había sabido de él en más de un año. Su respuesta fue sorprendentemente directa: tráfico de drogas. Un día de regreso del punto “x” al punto “y”, un derrapón en su moto lo hizo caer, y en un abrir y cerrar de ojos, efecto de la instantánea inconsciencia, despertó con la Guardia Nacional en un lado y con una visa al infierno en otro. Fue impresionante su transición, de una prisión a tres anexos en un lapso de un año y dos meses, su voluntad y su orgullo blindados, como siempre, lo hacían derramar la guerra sobre sus muelas hasta sus pies, algo sobrehumano, de miedo total, aunque eso es parte de otro cuento.

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Soy tu cruz

Andrei Lecona Rodríguez

Mi abuela era una mujer extremadamente católica, iba a misa todos los domingos, se casó a los diecisiete años y jamás se divorció, a pesar de las reiteradas infidelidades, borracheras y golpizas de mi abuelo. Siempre me decía que todos cargamos una cruz, casi siempre en la forma de una persona a la que estamos condenados. En cualquier caso, yo era muy pequeña y mis padres tenían que trabajar, así que, para mi desgracia, me dejaban mucho tiempo en casa de mi abuela. Nunca me gustó ir allí. La mayor parte del tiempo ella me hacía sentarme en el piso de su sala ante la agónica mirada del Cristo que tenía en su pared. Era el crucifijo más grande que había visto en toda mi vida y, supuestamente, era una reliquia que solamente el lado femenino de mi familia podía heredar. Estaba colgado de un clavo oxidado en una húmeda pared de yeso blanco. Todo el tiempo que mi abuela me mantenía sentada en el piso contemplando al dios agonizante, me aterraba que el viejo clavo diera de sí y que el pesado crucifijo cayera sobre mí. Imaginaba que, si no moría aplastada, moriría de horror cubierta por la sangre del hijo de Dios. Pero el viejo y oxidado clavo aguantó estoicamente, supongo que aquello era, literal y metafóricamente, su cruz.

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Dolores

Ana Cecilia Guerrero

De todos mis amores, Lore tuvo que ser el más intenso y sincero. Diez años después, y en los desastres solitarios más nocturnos, todavía me persiguen las siluetas de mi Lore en su encuentro con las mías. Ese día, ese siete de agosto (lo recuerdo perfectamente). Como incierto devoto de la filosofía moral del buen Nietzsche, me pasé por el arco de triunfo esa ley societal nunca escrita y solo dicha por hermanos y padres de familia, la moral, ese pinche árbol cuyas moras son saladas, y me solté al impulso advenedizo del deseo más excelso justamente, que se levantaba en medio de mis sueños más líquidos. Fue así que accedí a desafiar los límites de nuestro acuerdo, pensando que si el mismo Hegel, que vio en la relación de una hermana con su hermano — Antígona—, la superación de la historia y de sus límites, y aun así, fue perdonado, mi disculpa en caso de un descubrimiento estaría más que justificado.

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Belleza Natural

Leonora Zea

El despertador sonó y Javier aún sin abrir los ojos, empezó a sentir el mal humor recorrer su cuerpo.

—Ya párate, dormilón.
Más a fuerza que por gusto, Javier entreabrió los ojos. Jess, con una bata rosa lencera, lo esperaba al pie de la cama con una taza de café recién hecha.

—Nada como una buena taza de café para empezar el día—. dijo Javier mientras se sentaba tratando de ahuyentar el mal genio que lo acechaba. Lo último que quería era una nueva pelea con su esposa.

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Los Necroamantes

Carlos Martínez

“Porque hay que saber que no hay monstruo más terrible que un hada, porque su belleza rinde, encanta, subyuga y ata a otra realidad …”

Ana María Morales

Fragmentos recuperados de diversas fuentes nos hablarán de la historia de Fidel, un arqueólogo:

Crónica: “En el Jardín del Edén” por Navette Tamayo, publicado en la revista: La lengua de fuego, en mayo de 2016 parte 1:

Oculto entre las montañas existe un valle sombrío con olor a muerte. Si alguna vez Rulfo describió Luvina como el lugar en donde anida la tristeza, “El Muladar”, como le dicen los judiciales a este lago prehistórico erosionado por el tiempo y convertido en necrópolis por la violencia, sería, en ese sentido, una suntuosa casa de campo para la ausencia. Un jardín de mandrágoras humanas, donde los desplazados jornaleros ya no cultivan, sino buscan. Desentierran aquello que el crimen organizado sembró durante decenas de años. “Levanta Muertos”, les dicen. Diametralmente lo opuesto a mercenarios, los levantamuertos son personal a sueldo contratado por las víctimas de una guerra normalizada y sin cuartel, para encontrar los restos de sus familiares desaparecidos.

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Saber Amar

Miguel Ángel Diaz Barriga

¿Amor? ¿Qué es el amor? Ninguna pregunta me había causado tanto conflicto como esa. Cuando Yermein me la hizo trataba de ayudarme, lo sé, pero en realidad me había hecho caer en una espiral de pensamientos analíticos que no me llevaban a ningún lado.

Lo primero que se me vino a la mente, y me imagino que no soy el único, es que el amor es tener a alguien, pero no tardé mucho en darme cuenta que estaba en un error. Recuerdo que a Sofía la tuve y eso no había bastado. Ella había sido el primer amor en mi vida, o eso creí. La tuve. La tenía en una habitación a la que iba todo el tiempo que podía. Pero ella no dejaba de quejarse y de gritar, de llorar y de resistirse. Fue por eso que sabía que el amor no era tener a alguien. Sofía no parecía ser feliz ni parecía estar enamorada, y eso no te lo quería hacer a ti, no te quería ver sufrir, pues el llanto deformaría ese rostro tan hermoso, tal y como pasó con Sofía, que dejó de ser bella. Gran parte de su virtud era su sonrisa, como la tuya.

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Última Ronda

Daniel Greene

Esta noche el guerrero se levanta por última vez. Su figura monstruosa no volverá a escapar de su vitrina, acechándome cual cazador. Hoy le daré la pelea que me exige desde hace mucho. Me incorporo de la cama, aún adormilado; la luz de la luna y los faroles del jardín iluminan mi habitación con un blanco frío.

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