Codex haereticus

Andrei Lecona Rodríguez

Universidad de Miskatonic
Arkham, MA.
Facultad de Filología
1 nov. 1892

Estimado Dr. August Bloch,

Conoce usted perfectamente mis objeciones a la publicación de este trabajo; puesto que aún desconocemos el paradero del Dr. Belknap, desaparecido poco tiempo después de terminar la traducción del manuscrito ms. 6066. El exhaustivo estudio que realicé de sus notas personales tras su desaparición deja, meridianamente claro, que no deseaba que esta traducción fuera publicada. La dificultad que supuso encontrar sus transcripciones sugiere que deseaba mantenerlas lejos de ojos curiosos. De hecho, tengo la certeza de que planeaba destruir sus notas junto con el propio manuscrito, cosa que solamente su inesperada desaparición evitó.
En cualquier caso, he atendido su petición —aunque no sin serias reservas— de redactar una detallada descripción del manuscrito, acompañada de la traducción del texto realizada por el Dr. Belknap. Mi única esperanza es que, tras leer su contenido, quepa en usted el juicio de no publicar este trabajo.
Saludos cordiales.

Dr. Phillip Long

Ms. 6066 o Codex haereticus: Un manuscrito único de la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic (descripción y traducción).

Como es bien sabido, el singular manuscrito —datado hacia el s. XIV— fue descubierto en el fondo reservado de la Universidad de Miskatonic. Hasta ahora, nadie ha podido precisar la manera en que este códice —clasificado como ms. 6066— terminó en el acervo histórico de la biblioteca, en la que aún quedan innumerables documentos por clasificar. Sabemos más, en todo caso, del manuscrito en sí: se trata de un pergamino elaborado con piel de cordero, escrito en gótica cursiva precortesana en tinta negra. Contiene capitulares, bordes y miniaturas iluminadas. Desde el punto de vista técnico, las ilustraciones son espléndidas; desde el punto de vista estético, resultan inquietantes por su geometría no euclidiana. Por otra parte, lo que convierte a ms. 6066 en un documento único son los tintes de las ilustraciones, cuyos tonos rojos, verdes y morados no es posible hallar en ningún otro manuscrito de la época. Asimismo, los intrincados diseños de los márgenes parecen representar obscenas formas humanoides con características ícticas.

Se trata, en suma, de un manuscrito único; no obstante, pocos han mostrado interés en estudiarlo debido a la larga lista de tragedias que han ocurrido a quienes se acercan al documento con la intención de develar sus secretos. Aunque los académicos son, por regla general, poco susceptibles a las supersticiones, el aura oscura que rodea al codex haereticus —nombre con el que ms. 6066 es mayormente conocido— ha sido suficientemente real como para disuadir a los medievalistas más curiosos.
A continuación, presentamos la traducción del texto latino realizada por el Dr. Belknap, con algunas correcciones menores de mi autoría:

“Quienes se deleitan con malicia en el conocimiento de las cosas prohibidas, ¡Arrepiéntanse! Pues solo los soberbios creen que el destino del hombre es conocer las cosas sutiles por medio de saberes mundanos. Quienes creen que la luz de la razón basta para hacer huir a los demonios del infierno, sepan que, al iluminar las tinieblas, podremos ver claramente a aquellos que habitan en la oscuridad. Sepan también que ellos serán capaces de vernos.

Escuchad ahora la crónica verdadera de los crímenes del Sir Daegill Essir d’la Seirenne, en su castillo de Fêgisfaút junto al mar. El primero de la casa Seirenne fue Mornaur el Cruel, quien, tras conquistar el reino de su hermano, quedó sin herederos. Por ello, contrajo matrimonio con su sobrina, pero esta unión no produjo hijos. Entonces, el pérfido rey consultó con oráculos paganos, venidos de ultramar, sobre la forma de haber un heredero. Los blasfemos aconsejaron hacer un sacrificio a los oscuros poderes que habitan en el mar desde tiempos inmemoriales. Así, Mornaur entregó a su sobrina a las profundidades, que fue cargada de piedras y luego arrojada al mar. Cuentan que poco después del sacrificio una hermosa sirena dio un heredero al rey; pero otros dicen que no fue una sirena, sino un engendro de los abismos marinos con quien el Cruel compartió el lecho. Desde entonces, Mornaur tomó el nombre “d’la Seirenne” para sus descendientes. De este linaje degenerado nació aquel Sir Daegill Essir d’la Seirenne, en quien tan mal habida fue la honra de la caballería. Aquel que juró proteger a los desamparados, se comportó como el más sanguinario bandido. Ávido de riquezas, exigió altos tributos a sus vecinos más débiles. Cuando algún señor no podía pagar lo demandado, Sir Daegill cometía grandes crueldades contra los vasallos del deudor. Junto con sus caballeros —que más por carniceros deben tenerse—, d’la Seirenne cometió grandes matanzas de inocentes cuyas vidas, dicen algunos, ofrecían a ídolos paganos a cambio de conocimientos arcanos. Cuando las noticias de los crímenes de Sir Daegill llegaron a oídos del venerable obispo Gaillot, el prelado exigió al caballero —bajo pena de excomunión— ser misericordioso con sus enemigos. Entonces, d’la Seirenne pidió el permiso del obispo para asistir a misa en su diócesis, pues quería, dijo el caballero, escucharlo predicar personalmente sobre la misericordia. El obispo Gaillot recibió al caballero, quien, para sorpresa del religioso, escuchó atentamente el sermón. El obispo terminó la misa con las palabras: “Un guerrero noble debe siempre conservar la vida de sus vencidos”. Entonces, d’la Seirenne se arrodilló ante él, besó su mano y proclamó que, a partir de ese momento, ni él ni sus hombres volverían a tomar una vida. Acto seguido, Sir Daegill se levantó, dio una señal a sus caballeros y estos comenzaron a mutilar a los feligreses. Fiel a su palabra, el malvado caballero se aseguró de que ninguno de los mutilados perdiese la vida. El pobre Gaillot, trastornado por los horrores que presenció aquel día, acabó con su propia vida tirándose desde el campanario de la catedral.

Como respuesta a este abominable crimen, el Santo Padre envió a la Inquisición para que la severa justicia de Dios cayera sobre Sir Daegill. Abundantes bulas de Cruzada fueron expedidas para ganar el apoyo de los señores locales. Hartos de padecer las atrocidades del carnicero de Fêgisfaút —como fue llamado tras la muerte del obispo—, decenas de pequeños señores adoptaron los pendones de la Santa Iglesia. Poco después una gran hueste al mando de la Inquisición partió con rumbo a la fortaleza de Sir Daegill. Sin embargo, todo fue en vano, pues cuando llegaron a su destino, el castillo de Fêgisfaút había desaparecido, tragado por el mismo mar en el que Mornaur el Cruel sacrificó a su sobrina. En su lugar, solo quedaba un abismo marino de agua hirviente.

Los hombres de la Iglesia dijeron que Dios, en su infinita bondad, había castigado a d’la Seirenne personalmente para evitar una terrible batalla que con toda seguridad habría costado incontables vidas. No obstante, hubo otros que pusieron en duda esta versión. Pronto, comenzaron a circular rumores de que Sir Daegill había provocado el hundimiento de su fortaleza con oscuras hechicerías para escapar de la justicia. El pueblo contaba historias de los horrores inenarrables ocurridos dentro de los muros de Fêgisfaút. De cómo Sir Daegill d’la Seirenne y sus caballeros reemergían de las profundidades algunas noches para continuar sus crímenes, convertidos en engendros montados sobre corceles marinos.

Sirva esta historia de ejemplo para todos, especialmente para los caballeros, que por la codicia de señorear no caigan en los engaños de los demonios que habitan en los ídolos paganos. Oscuros poderes acechan a las almas de los hombres. Criaturas que moran en lugares fuera de la comprensión humana. El Creador bondadosamente nos señala los límites que la razón no debe rebasar, sino con gran peligro de nuestra salvación”.

Comentarios finales

Incluso en la oscuridad de aquellos siglos bárbaros en que la humanidad estaba sometida por la violencia, la superstición y la enfermedad, la ignorancia de nuestro lugar en el insondable vacío del cosmos, nos protegía de la angustia, la locura y la muerte. Para los hombres de la Edad Media, las palabras eran más que simples signos de carácter lingüístico; tenían la facultad de preservar parcialmente la esencia de aquello que designaban. La mente del Dr. Belknap, no tengo dudas, fue víctima de los poderes inmemoriales que habitan en las páginas de ms. 6066. Por ello, insisto, los hechos narrados en este manuscrito deben permanecer ocultos.


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