Solitario

Micaela Ygich

Me levanté reacio al pensar que debía trabajar durante doce horas, con un sabor amargo en la boca, realmente disgustado. Quise mover mi cuerpo, pero me sentía pesado, tenía flojera. Traté de mover las sábanas y sentí el frío de la mañana. Observé por la ventana que el día estaba gris y triste. No quería ir, pero debía.

El uniforme estaba frío e hice todo lentamente, no me importaba la hora que debía llegar. Estaba cansado y atormentado por las tantas veces que debía ir a aquel lugar. Estar doce horas cuidando una gran mansión no era un placer. A los pocos días de haber estado allí, contemplé que era una tortura.

Subí al auto y emprendí el viaje tan repetitivo que hacía todos los días. Los mismos árboles, las mismas calles, la interminable ruta con los mismos animales a un lado y la agónica ausencia de humanos. Miré el cielo y lo vi negro, amenazante. Debía apurarme.

Para cuando llegué, mi compañero estaba a punto de subirse al auto. Nos miramos, asentimos y nos saludamos en silencio. Algunas veces intercambiábamos alguna que otra palabra o queja, pero casi siempre era así de desganado.

Metí el auto en el garaje y el silencio de siempre me acompañó hasta la puerta. La abrí y las escaleras que me derivaban a la cocina estaban impecables, hoy habían limpiado. Cerré la puerta detrás de mí y comencé a subir hacia allí. La cocina también estaba limpia, olía bien y el ambiente estaba bien ventilado. Estaba como purificado.

Tomé mi mochila y saqué lo que siempre usaba: mi taza, mi libro y mi celular. No podía venir a trabajar sin esas cosas. Me adentré en el balcón y me di cuenta de que mi caminata debía empezar cuanto antes, por lo menos para no mojarme. Debía recorrer todas las hectáreas, aunque fuera para espantar a pesar de que teníamos alarmas que aligeraban el trabajo.

El viento era insoportable, hacía que mi flequillo me molestara los ojos y que mi campera se levantara. Fue una de las caminatas más incómodas que había tenido. Me paré un momento en uno de los caminos, junto a un árbol. El viento era más ligero ahí, así que, por lo tanto, podía escuchar un poco más que antes. El movimiento de hojas comenzó a ser extraño, no parecía que estuviesen moviéndose por la gracia del viento, sino porque algo todavía más pesado jugaba con ellas. Lo escuchaba justo detrás de mí. ¿Acaso alguien me acompañaba? ¿Era mi imaginación? Mi trabajo me demanda siempre ser valiente, tener coraje, pero prácticamente nunca me había enfrentado a esta clase de cosas. Traté de tomarlo con calma, pero el ruido era cada vez más cercano y todavía más estruendoso como si una motosierra estuviera a kilómetros y luego la tuvieses a centímetros de tus oídos. Me acosté en el árbol y con la timidez que me caracteriza, paso a paso, comencé a rodearlo casi con los ojos cerrados. No sabia que hacer ante eso, pero sí sabía que muy bien podía ser fruto de mi enorme imaginación. No lo hice bruscamente, pero dado el momento, di un pequeño salto detrás del árbol y corroboré que solo eran hojas chocando entre sí, casi como si estuviesen peleando entre ellas. Falsa alarma, por ahora.

Entré a la casa después de tres horas y media de caminata, ya que la lluvia me espantaba por completo. Me mojé levemente, pero corrí rápidamente hacia el refugio que estaba a una punta de la mansión. Me recosté en uno de los sillones de la estancia y comencé a respirar con demasiada dificultad, me faltaba un poco de resistencia. Apenas unas cuantas yardas me habían dejado el pulmón en la miseria.
Tosí demasiadas veces y noté que el sonido se multiplicaba, había eco en la casa. No en la cocina, pero sí en la estancia. El techo era alto y el ruido podía propagarse justo hasta el sótano frente a mí. Me pareció una cosa extraordinaria, entonces comencé a divertirme.

Grité con todas mis fuerzas y el grito comenzó a repetirse una y otra vez. Tardaba casi un minuto en acabarse. Así que, esperé a que se terminara y volví a gritar otra vez. Lo mismo pasó.

— SOY EL MEJOR—

Grité y solté una carcajada. Se pudo escuchar mi grito y mi risa por toda la mansión. Era como un niño que había descubierto algo increíble.

—ODIO MI TRABAJO.

Volví a escuchar mi voz repetidas veces y agradecí mucho no tener cámaras, ya que esto sería motivo de despido.

—ODIO ESTA MANSIÓN.

Grité una vez más, pero el eco jamás ocurrió. De golpe, la sonrisa desapareció y me alejé rápidamente de la estancia. La vi con ojos extrañados y un leve frío recorrió mi espalda. Estaba aterrado. Es decir, ¿Cuáles eran las posibilidades de que mi eco no se escuchara esta vez?

Me quedé en un rincón de la cocina como un niño recién regañado y ahí permanecí por el resto de mi horario. No me atreví a mirar hacia allí, estuve ocho horas casi paseando allí en la cocina. Pretendí hacer mucho, pero no hice casi nada, solo quería evitar mirar y encarar aquel suceso.

Estaba en el último tramo de la vigilancia. Llegó el momento en el que debía apagar todas las luces. Empecé con las habitaciones de arriba y la oscuridad comenzaba a comerme. Me devoraba lentamente. Un pequeño sudor bañó un poco mi frente, estaba nervioso. Sentía que algo me veía, casi mofándose de mí.

Apagué las últimas luces y casi intentando no correr por las escaleras, me dirigí lentamente a mi auto, cuando recordé que no había cerrado una de las ventanas de la cocina. Cerré la puerta del carro y volví a estar frente a frente con la puerta de entrada a la cocina. Tomé el picaporte y abrí lentamente.

La escalera estaba a oscuras, pero cuando comencé a subir, noté que una luz roja abundaba en la cocina, estaba por todos lados. No quise seguir, no sabía que era eso. Escuché algunos susurros, algunos pasos. Me espanté, y comencé a retroceder en la escalera. Tropecé y la luz roja se fue de lleno en la escalera. Parecía que la luz roja venía corriendo hacia mí, no paraba de moverse violentamente. Hasta que aquella luz se transformó en unos ojos espeluznantes. Una cosa amorfa comenzó a mirarme con esos ojos rojos y de repente comenzó a gritar:

—ODIO ESTA MANSIÓN. ODIO ESTA MANSIÓN. ODIO ESTA MANSIÓN. ODIO ESTA MANSIÓN.


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