¿Por qué no hay vida en el resto del universo?

Antonio Arjona Huelgas

Jacobo se preguntaba qué habría más allá del planeta Tierra. Todas las evidencias astronómicas indicaban la no existencia de vida en el universo, o la extinción de la misma. Tras mucho investigar, enviar sondas, mirar a través de telescopios o satélites, más nada había allá afuera. Claro, Jacobo no podía estar de acuerdo con esas conclusiones. Ramas subestimadas de la ciencia como la astrobiología invitaban a imaginar posibilidades insólitas. Aun así, no tenían evidencias suficientes para dar con ella. Así, Jacobo, mientras exploraba supervisaba las imágenes del telescopio NEWBORN, se hizo una pregunta: “¿Y si la vida allá afuera se ha desarrollado bajo condiciones tan lejanas a las de la Tierra que ni siquiera pueden reconocerse? Si es así, ¿Podemos comprender la vida en esas condiciones?”. Pensó en los exoplanetas en los que se había pensado que podían albergar vida, todos similares a la Tierra, con procesos más o menos similares. Quizá con suficiente parecido como para suponer la aparición de la vida, aunque no de la vida inteligente, o tan siquiera de la vida compleja. Entonces pensó, “¿Y si hay vida dónde nunca pensamos que la habría?”. Con ello en mente, verificó agujeros negros, planetas en condiciones extremas, planetas errantes, sistemas solares caóticos, tanto como pudo para encontrar a los potenciales habitantes de las estrellas lejanas. Se le ocurrió entonces buscar en un sistema binario, cuyas estrellas masivas habían consumido la mayoría de los mundos a su alrededor. Ahí notó algo: una sombra.

Por un instante, la imagen se perdió. Entonces Jacobo trató de volver ahí. Se apresuró a computar los cálculos al tiempo en que consultaba las imágenes, ansioso. Había algo en ese lugar, y parecía estarse ocultando, o que algo le ocultaba. Programó de nuevo la computadora para poder observar. Un destello, un corte, oscuridad en medio de las luces. Ahí, entre las dos estrellas que parecían orbitar entre sí, pudo notar algo oscuro. Las estrellas orbitaban la masa oscura. Trató de aclarar la imagen, entonces, creyó notar un ojo mirándolo.

Saltó, asustado. Jacobo creyó estarse volviendo loco. Tras la traición de su imaginación, trató de dar de nuevo con el sitio al que había estado observando, ya que otra falla en la computadora lo había alejado de nuevo. Sin embargo, ya conocía la dirección en la que debía apuntar.

Dirigió el telescopio hacia las coordenadas indicadas. Al instante, una mancha negra cubrió la imagen, extendiéndose cada vez más. Oyó una voz en alguna parte. Nadie estaba ahí, de todos modos podía escucharla. No se oía junto a él, o en un punto cercano, el ruido provenía de la imagen del telescopio. La mancha negra seguía extendiéndose. Creyó oírla de nuevo, como si lo llamara. Cada vez sonaba más fuerte. Recordó un nombre en ese momento, proveniente de las lecturas de su infancia, de Lovecraft y de Chambers, de Derleth, de King, de Poe, de otros tantos, que, mientras más recordaba, más le dolía la cabeza. Miró al cielo con sus propios ojos, le pareció que las estrellas a su alrededor se desvanecían. ¿Qué o quién podía moverse tan rápido por el espacio? Nada, ni la luz, y nada superaba la velocidad de la luz. A menos que movieran el espacio mismo. ¿Qué mueve el espacio? Quién se esconde en las sombras, el que acecha en la oscuridad. Eso era porque no era una presencia en la oscuridad, era la oscuridad misma; caos, ausencia. Vinieron los nombres a su mente: Hastur, Cthulhu, Azathoth, Cthuga, Shub Niggurath el devorador de galaxias, Nyarlathothep el caos reptante. Entonces comprendió todo, entendió lo que no debía.

Por un momento maldijo su destino. Nadie debía saber lo que él sabía, los humanos no debían acercarse a ello. La sola revelación… ahí estaba, se oyó de nuevo, el mundo se había oscurecido. Sabía el nombre de su acechador, llegó a su mente en un instante, había llegado atravesando años luz en un instante, a través de la noche.
Ya no tuvo más tiempo de lamentarse, pues algo lo jaló, una presencia con la atracción de un planeta. Había llegado desde el infinito, Jacobo cayó hacia los cielos, por ocasión definitiva. Nadie volvió a saber algo sobre Jacobo. No obstante, la imagen del telescopio quedó velada para siempre, una sombra que nunca desaparecía quedó impresa en el lente, recordándoles las preguntas que es mejor no responder.


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