La mascota del señor Petro

Eric Michel Villavicencio Reyes

La señora Martínez era una viejecita adorable que vivía en el número 48 de la calle Turkey. Tenía muchos amigos, y nunca negaba ayuda a quien la necesitase. Todos la querían en el vecindario y los niños iban a su casa a menudo para jugar con el columpio de su jardín.

Un día el señor Petro tocó a su puerta. La señora Martínez le recibió con alegría, como haría con cualquier otro visitante. Él pidió alguna comida para alimentar a su mascota, alegó que desde que probara la carne de pollo renegaba de los alimentos sintéticos. La señora Martínez entró a su casa y regresó en poco tiempo con dos postas enteras para el señor Petro, quien, agradecido, se fue tan silenciosamente como había llegado.

A partir de entonces y día tras día el señor Petro visitó a la señora Martínez para pedir comida; ella, siempre amable, le surtió. Así era la señora Martínez, incapaz de negarse a ayudar a un necesitado, y siempre dispuesta a darlo todo por los demás.

Pero un día no pudo aguantar la curiosidad, y preguntó si podía ver a la mascota del señor Petro. Este lo pensó por un momento, luego accedió, impasible. Llevó a la señora Martínez hasta el jardín de su casa. Allí no había nada, ni suelo, pues el espacio lo ocupaba un agujero de dos metros de diámetro que parecía excavado con las manos. Las cercas habían sido construidas bien altas para que no se viera el interior del patio, así que la señora Martínez se sorprendió de ver aquello allí.

Finalmente, vencida por la curiosidad, miró dentro… un gran error. Debido a la impresión que le causó la mascota del señor Petro, empezó a sudar como loca, dio un grito, le bajó la presión y se desmayó, todo lo suficientemente rápido como para que el señor Petro no pudiera alcanzarla y cayera dentro del agujero.

El señor Petro se preocupó por un momento, era seguro que, tras probarla, su mascota no volvería a saciar su hambre hasta comer más de lo mismo. Los tentáculos emergieron del agujero y un crepitar de huesos se escuchó en el fondo. Quería más, y a menos que se la surtiera, pronto el animalito saldría a comer sin reparar en desconocidos o dueños. Por un instante, el señor Petro tuvo miedo; un miedo pequeño, pues no podía permitir que la criatura escuchara sus pensamientos,o estaría en verdadero peligro.

El solo recordar la lengua bífida y rasposa recorrer el interior de su oreja e ir más allá le puso la piel de gallina. No obstante logró componerse, y tras pensar un poco esbozó una sonrisa: había tenido una gran idea.

La señora Martínez era muy buena y tenía muchos amigos. El señor Petro se regocijó pensando en los advenedizos visitantes que podría atraer a su jardín el día del funeral, y dio por zanjado el problema.

Todo fuera para tener feliz a Cathy.


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