Deseo y desesperación

Leonora Zea

Desde que Maya lo había conocido, desde que se había dejado enamorar por esos ojos verdes y seducir por las palabras que la hacían reír hasta el llanto, había llorado y sufrido por una pérdida que no era suya, por un dolor ajeno que, de algún modo, de vez en vez la acechaba entre sueños y pesadillas.

La vida a lado de Rafael era simple. Las peleas eran pocas y las pláticas largas. Las noches de película y los domingos de museos no faltaban en el calendario y a pesar de todo el amor y toda la felicidad que se puede tener al estar al lado de la persona indicada, el mes de octubre de cada año se llenaba de nostalgia.

Samuel, un nombre que sonaba a melancolía, a prohibición dentro de aquella familia alegre y divertida, que no importaba el problema, siempre se escuchaba una carcajada, pero repetir tan siquiera aquel nombre en murmullo detonaba una inmensa tristeza en medio de aquella felicidad.

Rafael, poco a poco había vuelto a celebrar su cumpleaños, soplar una sola vela cada vez se volvía un poco más soportable y a Maya, le gustaba formar parte de eso.

El “mes melancólico” había llegado, no hacía falta anotarlo en ningún calendario. Rafael tenía pequeños cambios de actitud y Maya sólo podía estar ahí. A veces se presentaba en lencería, queriendo espantar la ausencia con gemidos, el dolor con orgasmos, la melancolía con seducción, pero muchas otras, ni los tacones, ni las esposas servían para calmar el dolor en aquellos ojos verdes y se quedaban abrazados, sin decir nada… uniendo sus corazones, comprendiendo el silencio.

—Ya me voy, al rato regreso—gritó Rafael para que Maya lo pudiera escuchar.

—Está bien, Cariño, mándale saludos a Toño y a Pablo—respondió Maya desde el interior del baño.

Al escuchar la puerta cerrada, Maya salió del baño con una mascarilla verde que cubría todo su rostro y el kit completo que indicaba que esa noche esperaba que hubiera acción.Sabía que Rafael tardaría en regresar así que se tomó su tiempo: exfoliación, depilación, maquillaje y lencería.

Las horas pasaron, las películas románticas que veía en soledad habían acabado y el mensaje de “Cariño, ya voy de regreso” aún no se veía reflejado en la pantalla del celular y así como estaba, decidió ir a dormir.

El tacto de unas manos apretando su pecho la despertó.

—Qué bueno que llegaste—dijo ella sin apartar la mano de sus senos. Se movió de lugar, buscando pegar sus caderas a las de él. —Me gusta despertar así— continuó ella mientras bajaba la mano hacia su vagina.

Él movía su dedo diferente, era una sensación entre experimentado y reconocimiento: el tacto en su clítoris, los movimientos circulares y los pequeños pellizcos la estaban humedeciendo más rápido de lo esperado, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que Rafael continuamente estaba viendo si ese nuevo modo de masturbación era el correcto.

Ella se volteó boca arriba, para ser suya una vez más. Él bajó con besos y caricias suaves por sus piernas para después volver a subir. Maya, con los ojos cerrados y apretando el diafragma, abría sus piernas para recibir los labios, la boca, la lengua de Rafael. El calor aumentaba rápidamente en la habitación, las piernas de Maya temblaban mientras sus manos se aferraban a las cobijas ya desgastadas.

—Ven, aquí, déjame sentirte dentro—le pidió Maya.

Ella se aferró a esa espalda ancha y antes de la penetración, Rafael se sentó con ella aferrada a su cuello. Le quitó la almohada y la puso justo debajo de sus caderas.

—¿Qué haces? —Preguntó Maya,extrañada, pero Rafael no contestó.

Rafael se dejó caer nuevamente sobre ella. Besó sus labios y apretó sus pechos como si hubiera pasado una eternidad sin tocarla. La penetró de igual modo, con deseo y desesperación, con goce y urgencia.

Él se movía diferente, la excitaba, no quería que parara, le gustaba ser suya, sólo suya. La almohada, debajo de sus caderas, había sido un toque inesperado que de algún modo la hacía sentir más de todo, más profundidad, más placer, más orgasmos.

Le gustó que la tomara así en la noche, mientras dormía, sin mensajes ni previo aviso. Le gustó experimentar posiciones nuevas, que la volviera a tocar así, con deseo y desesperación, con goce y urgencia, como si fuera la primera y la última vez que le hiciera el amor, pero no le gustaba la sensación de extrañeza que los seguía rodeando.

Como de costumbre, Maya se recargó sobre su pecho.

—¿Qué pasa, amor? ¿Todo está bien?

Rafael, por contestación le besó la frente aún sudada y le indicó que se volteara. Maya aún extrañada se colocó de lado. Rafael se colocó junto a ella, para poder abrazarla y disfrutar del olor de su pelo y sin decir nada más, se quedaron dormidos.

—¿Pero qué mierda…?—Gritó Rafael.

Maya despertó espantada, sin entender qué estaba pasando, miró a su alrededor: lencería tirada, la cama movida… no notó nada raro. Un mensaje nuevo en el celular.

—Espero que tengas una muy buena explicación para todo esto…

—No entiendo, ¿para qué? — Respondió Maya aún poco dormida, desbloqueando el celular para ver el nuevo mensaje:
8 a.m.
“Cariño, siento mucho no haber llegado anoche, prometo recompensártelo. ¿Quieres ir a desayunar?


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