Escape

Andrés Muñoz

12 de mayo del 2023, Santiago de Chile.

La detective de narcóticos, sargento Angela Ponce, hizo zoom con sus prismáticos digitales para mirar aún más de cerca un intercambio ilícito a las puertas de un antro escondido entre los callejones húmedos y mal iluminados del centro. Los objetivos, seguidos hace meses, son parte de una célula sectaria acusada de crimen organizado y producción de drogas químicas.

La policía había modificado un foodtruck para esconder a dos personas en un compartimiento paralelo con ventanas mimetizadas, sin deformar el chasis ni afectar a los cocineros que atendían al público.

─ Control, aquí Vudú 2-7 ─ dijo la detective sin dejar de mirar por los prismáticos─. Contacto positivo. Ambos concuerdan con los perfiles.

Los dos hombres vigilados charlaban y fumaban bajo el umbral que conectaba con una escalera empinada. Ambos usaban gafas de sol polarizadas pese a que eran las dos de la mañana.

─ Vudú 2-7, control ─ le respondieron por la radio─. Se cancela la operación, órdenes actualizadas. Vigilen a los objetivos sin intervenir, repita el mensaje.

─ Espera, ¿qué mierda dijiste? ─ Angela solía responder así a sus superiores. A su juicio, ellos parecían sentir placer sexual al arruinar operaciones complejas.

─ Repita las órdenes, Vudú 2-7. El caso ya no es de nuestra jurisdicción. Es un mandato de arriba.

Angela no se guardó nada, golpeó la puerta tan fuerte que reventó el cerrojo, salió con una zancada, y corrió hacia los sujetos. Los hombres corrieron escaleras arriba, desapareciendo entre las cortinas de retazos neón. Angela los siguió de cerca, pero incluso así los perdió entre gente bailando y la pantalla de humo que nacía de, pipas, narguiles, y bongs. Ella, acostumbrada a ese tipo de ambientes, cruzó la pista de baile, zonas vips donde las parejas drogadas follaban, y se adentró por los pasillos que daban a cuartos y bodegas desordenadas.

La persecución terminó con los dos sujetos arrinconados y asustados. Alzaron las manos y se rindieron al instante. La sargento se acercó apuntándoles.

─ ¡Por favor, todo menos las gafas! ─ exclamó uno de los tipos.

Angela no prestó atención al comentario y le quitó los lentes con un movimiento rápido. En ese momento su percepción del tiempo se ralentizó, la música se distorsionó hasta ser un solo tono constante y profundo. Quizá por la sorpresa de ver que al hombre le habían arrancado el ojo izquierdo y que el opuesto parecía un coloboma: una pupila alargada y afilada como la de un reptil.

La sensación desapareció cuando la detective sintió una mano sobre su hombro. El tiempo se restauró, el tipo se cubrió el rostro, y ella fue empujada hacia atrás por personas de traje negro que se presentaron como agentes especiales.

─ Vete a casa, Angela. Ya has hecho suficiente por hoy. Mañana pasa a mi oficina a primera hora ─ escuchó por el comunicador.

Confundida, se negó a dar explicaciones y salió del lugar. No volvería a la comisaría, tan solo tomó el primer taxi de vuelta a su departamento.

Luego de una ducha caliente, una comida descongelada, y unas horas de trabajo frente al computador, Angela se dispuso a dormir las dos horas que le quedaban antes de tener que repetir la misma rutina de todos los días. Ella solía dormir con una camiseta de tirantes y bragas de algodón bajo cobijas ligeras.

La imagen del ojo reptil le mantuvo en un estado de vigilia; un baile entre la somnolencia y lucidez. Giraba buscando alguna postura que le ayudase a borrar esos pensamientos oscuros. Fue allí cuando sintió que alguien abría la puerta de su habitación, y se acercaba a ella de forma silenciosa. Angela recibió a la silueta con un abrazo posesivo, pensó que se trataba de su novia llegando del turno nocturno en un bar. La silueta tomó la iniciativa, levantó la camisa de Angela y comenzó a lamer sus pezones mientras deslizaba una mano bajo la braga. Los besos y mordidas; en especial en la entrepierna y muslos, la llevaron a un orgasmo tan fuerte y diferente a otros, que de inmediato pudo liberar la tensión y conciliar el sueño.

Al despertar, Angela buscó cobijo entre los brazos ajenos, pero estaba sola. Había ignorado las primeras alarmas, así que sacrificó el desayuno por minutos extra en la ducha, se preparó, dejó una nota agradeciendo a su novia, y salió a la estación.

Gastó el día en dar explicaciones y recibir retos. De superior en superior, de departamento en departamento, repitiendo argumentos y tragando sermones. Así hasta que finalmente cayó la noche, donde ella decidió hacer algunas horas extra para compensar todo el tiempo perdido.

Angela solía repetir el chiste sin gracia del espeluznante parentesco entre el hospital y la comisaría en turnos de noche.

─ En el primero matan, en el segundo también. Es gracioso para mi ─ pensó en voz alta, tecleando rápido para rellenar formularios.

─ A mí me gusta, pero no tanto como tú ─ Una silueta femenina y oscura abrazó a Angela por detrás, manoseando sus pechos por sobre la chaqueta.

Angela se sorprendió al escuchar la voz de su novia, pero al girar no vio nada más que pasillos profundos y oscuros con manchones de luz entre tramos de oscuridad.

─ Creo que necesito dormir más. O un café ─ la detective se levantó de su silla, salió de la oficina con cubículos, y caminó hacia la cocina.

Primero se sintió observada y luego seguida. No tuvo el valor de ver hacia atrás, pero el eco de los pasos sobre la cerámica se hacía cada vez más fuerte. Finalmente, se detuvo y dio media vuelta, no había más que pasillos y soledad.

─ No tienes quince años, contrólate ─ se dijo a sí misma, volviendo a girar.

Pero justo allí fue interceptada por una silueta oscura que la luz no podía disipar. La entidad empujó a Angela contra una puerta que cedió hacia adentro, quedando contra una estantería metálica donde se almacenan pruebas. La agente no podía moverse, la sensación no solo era igual a una parálisis del sueño, sino que también a lo que percibió la noche anterior en su departamento.

─ ¿Quién eres?, ¿qué eres?, ¿por qué no me puedo mover?

─ El mundo tiene secretos oscuros, artefactos perdidos, y criaturas desconocidas como yo. Algunos me han retratado como profeta, otros como demonio; todo depende de cómo reciben mi regalo.

─ ¡Suéltame!

─ No te estoy afirmando. Tú te entregas a mí. El deseo ha tomado control sobre la carne, tus pensamientos de miedo y rabia se van diluyendo en un torrente de curiosidad y morbo. Sabes quién soy, me sentiste ayer en tu cama.

─ ¡No entiendo qué quieres de mí!

─ Algunos buscan controlar a través del miedo o con promesas de poder. Yo ofrezco darte todo el placer que quieras a cambio de un pequeño y simple favor.

Angela pensó en los sujetos tuertos del antro al ver los ojos de la entidad.

» Ellos no pudieron asimilar el don que les di. Se arrancan un ojo porque así ya no los puedo ver. Pero no te preocupes, ellos ya han sido castigados.

En el calabozo, los dos prisioneros permanecían de rodillas contra el muro. Algo les había arrancado los ojos, orejas, nariz y labios.

» Los traidores llevaban un maletín con lo único que puede tenerme ─ la entidad tomó la mano derecha de Angela y la llevó lentamente hacia la bolsa de pruebas donde estaba el maletín. Con toques suaves la convencería de abrir el sello, sacar la valija, introducir la clave de cuatro dígitos y levantar la tapa.

En el interior había tres pequeños frascos de cristal con tapón de corcho, acomodados en una pieza de espuma negra.

» Puedes cerrar los ojos y volver a tu vida aburrida, simple, predecible y dependiente. O puedes destruir los frascos, y hacerme imparable, indestructible, tuya ─ la silueta deslizó la mano libre bajo la ropa de ella, recorriendo desde los pechos hasta su entrepierna.

Angela cerró los ojos entre jadeos ahogados. Al abrirlos, sus nuevas pupilas afiladas brillaron incluso después de que las luces del cuarto explotaron.


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