Bacanales

Andrei Lecona Rodríguez

Oculto entre la espesura de los abetos, el detective Sepúlveda observaba al tropel de enmascarados adentrarse en las ruinas de la iglesia. Su instinto de veterano le decía que algo no estaba bien. Se suponía que Damián, su joven compañero, lo encontraría en ese preciso lugar, pero los minutos pasaban y no había señal alguna del novato. Sepúlveda miró su reloj.

—Más de veinte minutos tarde ¿Lo habrán descubierto estos sujetos? — Pensó, preocupado. —No, no es posible. Habría habido alguna conmoción. No estarían tan tranquilos estos locos.

El plan era entrar juntos a la catedral en donde se reunía el misterioso culto. Esconderían sus identidades con las máscaras que una fuente anónima le había hecho llegar a Damián junto con unas fotografías de una joven parecida a uno de los desaparecidos. De esta forma, conseguirían las evidencias necesarias para convencer a sus superiores de efectuar una redada en aquel lugar. A Sepúlveda no le gustaba el plan en absoluto, pues, en su experiencia, las fuentes anónimas no eran de fiar. Por lo poco que sabían, todo podía ser una broma o, peor aún, una trampa; sin embargo, habían agotado todas las demás líneas de investigación y no estaban ni un paso más cerca de averiguar el destino de los desaparecidos. Sepúlveda examinó con desagrado la máscara de lobo que debía colocarse. Ya se había resignado a tener que hacer esto solo. Además, debía averiguar si Damián estaba realmente en aprietos, capturado por los enmascarados.

— ¿Pero qué mierda estoy haciendo? Protégeme, Dios mío —dijo para sí mismo.

Respiró hondamente un par de veces antes de ponerse la máscara de lobo. Al hacerlo, no pudo evitar la sensación de estar entrando a un mundo distinto del que hasta entonces había conocido. Como si la máscara fuera un visor capaz de revelar un mundo oculto debajo del mundo ordinario. Con estos pensamientos, salió de la tenebrosa espesura para confundirse entre la multitud. Había mujeres principalmente, pero también hombres. Eran de todas las edades. Todos iban enmascarados: venados, jabalíes, linces, osos, cocodrilos, toros y zorros. También resultaba notable que las personas de piel blanca fueran una minoría en este grupo, circunstancia que, tras advertirla, hizo sentir incómodo a Sepúlveda.

Hogueras dispuestas a lo largo del camino iluminaban el sendero que los enmascarados debían recorrer. Cerca de lo que en algún momento debió haber sido el porche de ingreso a la catedral, Sepúlveda reconoció el detalle que le había permitido dar con este lugar secreto. En una pared parcialmente derruida, estaba pintado el escudo de una orden religiosa bien conocida por el detective: la Ordo Servorum Mariae. Iglesias de los servitas había muchas, sí, pero sólo una de ellas abandonada a las afueras de la ciudad. Solamente allí era posible la celebración de un ritual tal como el que mostraban las fotografías.

El católico Sepúlveda sintió en carne viva la injuria de que aquel culto mancillara el suelo sagrado con sus rituales, pero no tuvo tiempo de entregarse a la indignación. En ese momento, se dio cuenta de que los enmascarados a su alrededor se estaban despojando de sus ropas. Pensó en escabullirse, pero su tardanza ya lo había evidenciado. Un sujeto con máscara de macho cabrío, evidentemente, alguien de mayor rango, lo observaba con atención. Buscó nerviosamente el nudo de su sucia corbata para comenzar a desvestirse, pero sus manos no le respondían. El macho cabrío hizo una señal. Sepúlveda se creyó descubierto. Ya estaba listo para dar batalla, pero notó que se le acercaba un grupo de mujeres enmascaradas, ciñendo cadenillas de oro en las caderas, collares, brazaletes dorados y nada más. Sus cuerpos eran deslumbrantemente hermosos.

—Tranquilo, lobo feroz— dijo riendo una de ellas.

—Este lobo es tímido. Creo que necesita de nuestra ayuda— dijo otra.

Las reservas de pudor de Sepúlveda se evaporaron ante el asalto de aquellas ninfas que comenzaron a desvestirlo mientras reían maliciosa y sensualmente. Se sentía dominado por un furor cuyo origen no podía precisar. Cuando las ninfas hubieron terminado con él, nuevamente se perdieron entre la multitud. Después, sintió la presión del gentío para avanzar. Ya dentro de la derruida catedral, Sepúlveda se topó con una nueva injuria a su fe. En donde normalmente se encontraría la pila para el agua bendita, había una enorme efigie de bronce en forma de falo. Todos sin excepción tocaban el falo antes de proseguir su camino. Sepúlveda sintió además su masculinidad herida ante la idea de tocar aquello. Pensó que sería sencillo evitarlo entre tanta gente, pero cuando se disponía a avanzar, se topó de frente con el mismo macho cabrío que le miraba fríamente. Aún no estaba fuera de toda sospecha, así que se armó de valor y rindió los debidos honores al icono fálico.

A todo lo largo de la nave central, la iluminación desaparecía casi por completo. Desde diversos puntos de la catedral llegaban fuertes voces, todas llenas de un oscuro poder, como ecos dantescos que retumbaban en las paredes del recinto.

—La transgresión es tan sagrada como la prohibición…

—Puede producir miedo, repulsión, incluso asco, pero igual nos viene del dios…

De pronto, un aroma a plantas quemadas se introdujo con violencia en las fosas nasales del detective. Entre la oscuridad, pudo distinguir la hermosa figura del macho cabrío, haciendo oscilar un sahumador del que salía el enervante perfume de propiedades estimulantes. Entonces, un coro de voces bramó al unísono:

—¡Ya es tiempo de que Eleuterio aparezca! ¡El Salvador!

—¡El Libertador! ¡Despierta, oh, Baco! ¡Dioniso!

Con un fulgurante resplandor, apareció en el sagrario una magnífica estatua de Dioniso. Tenía una espléndida corona de vides; la melena larga y alborotada; en la mano izquierda una copa de cobre; su hermoso cuerpo se contoneaba ligeramente en forma de S. Una música de flautas y címbalos comenzó a sonar desde algún lugar de la catedral. Súbitamente, un séquito de mujeres danzantes irrumpió en escena; empuñaban los tirsos báquicos cubiertos de hojas de yedra; sus sensuales cuerpos, parcialmente cubiertos con pieles de corzo, se agitaban frenéticamente al son de una alocada melodía.

Sepúlveda estaba trastornado, sentía un torbellino de emociones confusas agolpándose en su interior: ira, asco, vergüenza, fascinación, deseo, lujuria. La multitud gritó, se estremeció, poseída por el furor báquico. Algunos se golpeaban el pecho, mientras otros caían al suelo, presas de un exceso de placer.

De pronto, el macho cabrío dejó caer el sahumador, dejó escapar un grito terrible y comenzó a convulsionar al lado de Sepúlveda. Todos guardaron un silencio que hería los oídos, tras el indecible escándalo anterior de la bacanal. Cuando las convulsiones pararon, el cuerpo del hombre se arqueó en una posición imposible. De sus labios brotó un siseo sobrenaturalmente alto que se transformó en palabras:

—¡Hijos! ¡Fieles! ¡Devotos míos! ¡Honradme con vuestra embriaguez! ¡Celebradme en vuestro delirio! ¡A mí! ¡Al dios que Zeus llevó cocido en su muslo! ¡A aquel que nació como dios de entre las cenizas de su madre!

En medio de las convulsiones, la máscara de macho cabrío se le había caído del rostro. Sepúlveda sintió un sudor helado descender por su cuello al reconocer a su joven compañero, Damián. En ese momento, el joven detective dejó escapar un aullido terrible que le erizó la piel a todos los presentes. Comenzó a respirar con fuerza. Con cada aspiración, se llenaba de un odio mortal.

—¡Hay entre nosotros un no iniciado! ¡Un impío que reniega de mi divinidad! ¡Un blasfemo que ha atestiguado nuestras danzas secretas! ¡Un cristiano! ¡Un cordero en la piel de un lobo! —gimió con una voz monstruosa, mientras señalaba directamente a Sepúlveda.

—¡No! —Gritó Sepúlveda, quien sólo entonces comprendió que la desnudez no implica no traer ropa puesta, sino estar a merced de algo sagrado y temible. Comprendió también que nunca había habido ninguna fuente anónima. Que pagaría un precio terrible por no haberle hecho caso a su instinto.

—¡Sparagmos! Enséñenle al cristiano el verdadero significado de compartir el cuerpo y la sangre del sacrificado. ¡Sparagmos! —Gritó el dios, hablando a través de Damián.

Sepúlveda no tuvo tiempo de preguntarse qué significaba aquella rara palabra. Las ménades enloquecidas lo rodearon. Cada una de ellas sujetó una parte distinta de su cuerpo. Como una jauría de perras salvajes, desgarraron el cuerpo de Sepúlveda con sus delicadas manos. Su carne cruda fue consumida rápidamente.

El lunes, después de conversar con sus colegas sobre la misteriosa desaparición de Sepúlveda, Damián redactó un detallado informe en el que recomendaba cerrar el caso de las desapariciones, puesto que nuevas evidencias habían demostrado que todos los desaparecidos se habían marchado por su propia voluntad. Sus superiores, encantados de librarse de un asunto tan problemático, declararon el caso cerrado definitivamente.


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