El aroma de sus cuerpos

Raziel G.R.

Los conocí una frondosa mañana de marzo. Pablo y Karla, dos hermanos mellizos. Tenía cuatro años de edad aquel día de primavera cuando llegaron, como dos ángeles caídos del cielo a mi clase en preescolar.

Fui la primera que les habló. En el recreo les compartí de mi lonche y les pregunté si querían ser mis amigos ¡Ellos dijeron que sí! Un momento tan dulce, como las uvas que mamá compraba en el supermercado y lavaba para mí.

En la escuela primaria se burlaban de Pablo porque decían que parecíamos novios al pasar tanto tiempo juntos. Él se ponía rojo como un tomate y a veces hasta lloraba; me emocionaba y casi sonreía, pero fingía estar ofendida. Con Karla no había mucho problema, solo éramos como hermanas: nos peinábamos igual, llevábamos las mismas mochilas y hasta les pedí a mis papás que cortaran las orillas de mis sándwiches y les untaran crema en vez de mayonesa, justo como se los daban a ella.

Una vez, en tercer año, le pregunté a Karla si sabía cómo se salva una vida cuando alguien se está ahogando, ella me dijo que no, la besé en los labios y ella rio. Le conté que se hacía así, pero además se debía soplar y rezar. En otra ocasión, cuando salvábamos a la princesa detrás del castillo embrujado, le dije a Pablo que el mago lo había convertido en un sapo y que debía besarlo para que volviera a ser humano otra vez; así que lo hice, : lo tomé de los hombros, lo empujé contra la pared y pegué mis labios contra los suyos. Tardé más de lo debido, tal vez unos  veinte segundos  más, con la excusa de asegurarme de reinvertir bien el hechizo.

Aquellas habían sido las dos cosas más dulces que había probado en mi vida. Más deliciosas que unas fresas con crema bañadas con chispas de chocolate; más sabrosas que unas galletas oreo remojadas en leche; más hermosas que un biónico de fruta.

Soñaba con dormir abrazada a Pablo, como si fuera un osito de felpa. A Karla la quería de mi reflejo, para verla por horas y horas en el espejo sin salir jamás de mi habitación.

Nos besamos como veinte veces más, sin que el uno se lo contara al otro, pues ese era nuestro secreto. Karla creía que era especial, y su hermano también. Pero especiales eran los dos. En los ojos de Pablo veía los de su hermana, en los susurros de Karla escuchaba los de su hermano.

En la secundaria salía con Pablo sin que Karla se enterara, pues él creía que su hermana se enojaría por el hecho de que era su mejor amiga. Karla temía que alguien más lo supiera porque le daba vergüenza admitir que éramos lesbianas. Ahí descubrí que la lengua de Karla solía moverse en círculos en mi boca mientras ella tomaba el control. Con Pablo era al revés, era quien tenía que comenzar. Por alguna razón le daba cosquilleo mi cara cuando la acercaba a la suya. Tensaba sus hombros y se retorcía cuando empezaba a rozar sus labios, entonces movía su lengua de arriba hacia abajo, inexperto. Presionaba de su espalda para acercarlo a mí y comenzarlo a calmar, luego imitaba los movimientos de su hermana, con lentitud, aumentando luego la velocidad, y eso a él le encantaba, sin llegar a imaginarse de quien los aprendí.

La saliva de ella me sabía a cocoa caliente; la boca de su hermano a croissant recién salido del horno. Eran deliciosos.

La primera vez que me masturbé fue pensando en que Pablo, Karla y yo éramos hermanos y que hacíamos las cosas que hacen en las películas de adultos, encerrados en mi habitación. Lo había hecho en la tina usando una sandalia de Karla mientras olía con profundidad una bufanda de Pablo.

En la prepa las cosas fueron mal. Le preguntaba a Dios si de casualidad no se le habían escapado dos ángeles de su reino. O el mismo Satanás había enviado a esas dos hermosas tentaciones para arrastrarme hacia él. No me importaba. Me dejaría arrastrar y hasta bajaría corriendo a su palacio rodeado de fuego y lava hincándome frente a él, mientras estuviera con esos dos hermanos ninguna otra cosa importaría. Ellos dos eran el pan y vino que ponía en mi boca cuando íbamos a misa. Ellos dos eran el fruto prohibido que colgaba de cada árbol. PABLO, KARLA. Mi corazón palpitaba desquiciado cuando los tenía cerca.

Esos ojos castaños. Esos labios rosados. Esa expresión de asombro. Esos dientes ligeramente disparejos. Ese lunar en el cuello. Esas manos, esas uñas, esa piel. Pero no todo era igual entre los dos. Karla tenía ese peculiar aroma a canela con manzana y Pablo a pay de durazno que tanto me encantaba… ¿Cómo podían vivir el resto de los mortales sin pasar un minuto cerca de ellos? los veía hasta en la sopa, en los filetes que me servían y en las figuras que formaban las papas fritas sobre mi plato.
Luego el amor empezó a doler: Karla rompió conmigo dándome la excusa de que debía conocer y probar a otras chicas. Un mes después, su hermano, con bastante timidez y cierta inseguridad, me contó que su hermana le había confesado todo y que eso le incomodaba. Les roge tirándome de rodillas, llorando… Quizás eso los ahuyentó aún más. El dolor se hacía más insoportable y por las noches difícilmente lograba dormir.

Dolía. Dolía mucho. Durante el día me sentía cansada y en la madrugada mi mente aceleraba las escenas de aquellos momentos pasados junto a ellos. Me daba vueltas en la cama, metía una mano entre mis piernas y olfateaba algunos objetos personales que les había robado. Las fotografías donde ellos aparecían las besaba, las lamia, las pegaba a mi rostro y cerraba los ojos con fuerza sin dejar de escuchar sus voces en mi interior.

Bebía mucho líquido, más de veinte o treinta vasos al día. A veces vomitaba y luego lloraba desconsolada, tirada al lado del retrete. Quería a Pablo y a Karla, los quería aquí. El infierno sí que existía y era precisamente ese, vivir en el mundo sin ellos.
No sé cuántos años pasaron… ¿o fueron meses?…. ¿o solo semanas?… ¿una? Siete días sin convivir con ellos parecían una eternidad. Tenía horripilantes ojeras y los labios resecos. Lo decidí. Perdería mi virginidad con ambos. Haríamos el amor y nada ni nadie iba a detenerme, ni siquiera ellos.

Ese mismo lunes fui al colegio sin peinarme ni meter los libros ni cuadernos a la mochila; solo podía pensar en lo que iba a suceder. La gente en el autobús me veía de reojo por mi apariencia. Mis manos temblaban y mi vulva se lubricaba empapándome la entrepierna. Fueron los minutos más frágiles de mi vida.

Mis párpados dilatados. Mi boca salivando. El suelo se sentía tan blando bajo mis pies.

Hermosos Bellos Ocurrentes Inteligentes Apetitosos.

¡Mmmmh! Esas bocas. Ya podía oler a malvaviscos, a helado de vainilla, a galletas oreo, a fresas con crema, a chispas de chocolate, a manzana con canela, a pay de durazno… a cientos de metros de distancia.

¡Mmmmh! Olía aún mejor. Olía simplemente a ellos. Indescriptible. Olía a Pablo y a Karla. Ningún lenguaje podía expresarlo. Tampoco fruta o golosina. Olía a pasión.

Olía a felicidad. Olía a AMOR.

¡Mmmmh! Mis presas estaban justo delante de mí. Bajando de la camioneta. Los demonios esos. Los angelitos. Los hermosos. Los dioses. LOS FRUTOS PROHIBIDOS.

Mis presas me miraron; sus expresiones risueñas cambiaron. Se veían tan preciosos cuando estaban asustados.

Entonces corrí. Justo como lo planeado.

Corrí abalanzándome sobre ellos, mojada de pura excitación.

Besando, lamiendo y chupando. Mordiendo, arrancando y masticando.

La carne era tan deliciosa. Su sangre tan jugosa. Sus gritos eran como música para mis oídos.

Sus manoteos y pataleos solo me prendían más. Como una mecha; como la flama a un charco de gasolina.

Manos y brazos intentaban alejarme de ellos. Pero mi pasión era aún más fuerte. Mi hambre insaciable. Sus mejillas. Sus cuellos. Sus brazos. Sus orejas. Sus párpados. Sus arterias. ¡Oh! eran tan bellos. Tan tiernos. TAN SUCULENTOS… Mi orgasmo empapó mi entrepierna, justo como hizo su sangre con las ventanas de la camioneta.

Por cierto, perdí mi virginidad un día de marzo, en primavera.


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