Alpha

La bestia, el Dios, el Omega, a la creatura se le consagra una única vez cada vida, cada siglo. La joven ofrenda está aquí para cumplir con su tarea. No llora, no sufre, está lista bajo la premisa de aceptar un destino que se le obsequió y aceptó. Es virgen, porque la sangre derramada será la forma de santiguar el culto.

Ella espera, con las caderas abiertas, los senos expuestos, la libido lista para llevar a cabo el mayor de los rituales. No hay manos, no hay otro cuerpo humano, pero la piel siente, goza con el roce de algo que no puede ver. Rodea los muslos, las nalgas y llega hasta el monte de Venus donde explora las comisuras del placer. La penetración es inminente. Ella lo espera, mojada, lista. El ser espera, busca el goce en el clítoris. Ella se entrega a los placeres que le regala su cuerpo. Los senos lamidos, mordisqueados. Los pezones erectos ante el tacto y el aliento.

Está lista y la creatura entra, hasta el fondo. El desgarre, el dolor y el sangrado. Algunas lágrimas corren, pero el movimiento continúa, lento. La mente se pierde un poco en el ardor, intentando regresar al placer.

No hay frente a ella algo que pueda ver concretamente, pero lo siente sobre ella, bramando, excitado. Ella desea tocarlo, verlo, besarlo.

Embiste con fuerza, el ser se entrega al placer, al hermoso cuerpo que se le ha ofrecido. Ella lo acepta, aferrándose a las sábanas y a la promesa del orgasmo. La rodea con fuerza de las caderas, levanta sus piernas. Ella gime excitada. Lo desea porque no puede ver lo que ama. Porque el placer también, y en parte, es lo que no puede ser consumido en su totalidad.

La voltea. Ella necesita más, sólo un poco más. Vuelve a entrar, por la vagina, por el ano, por la boca. Toda ella es de él y ella lo recibe. En su lengua lo siente, casi al punto de ahogarla, hasta la garganta, caliente.

En los senos se frota, los estruja. No hay mayor placer que ese. Sus dedos jamás fueron suficientes, lo sabe ahora que está al punto del clímax cómo nunca.

Llegan, siendo la envidia del mundo, juntos, en una exposición de semen y gemidos. En la lengua lo saborea, lo traga. En sus entrañas lo estrecha, como queriendo exprimir hasta la última gota de él. Su presencia se disuelve con la promesa de que en su vientre se geste un heredero de carne, pero no de hueso. Para ella sólo es el comienzo, pues la semilla es la fuente que dotará a todas las mujeres del mismo placer.

Las que observan se acercan, lamiendo, besando, comenzando con el mayor de los rituales, con el mejor de los placeres. El cuerpo de mujer encaja a la perfección una con la otra. El sacrificio ahora es la matriarca y espera a cada una de ellas, lista para ofrecerles la sabiduría de la que ha sido preñada.


Publicado por

Escoria Medina

Mediocre intelectual, andrógino, depravada social. Soy un Dios fantoche de logros pueriles, de creaciones aberrantes e inestables. Todo un fraude.

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