Hotel paraíso

Alejandro Benítez

Otra mañana de trabajo, Esther entra saludando al personal y abre su oficina privada, un sitio prohibido para todos. Enciende la luz, contemplando satisfecha sus múltiples pantallas de televisión, fruto de un gran ingenio para los negocios. Al heredar el Hotel Paraíso, la codicia brotó. Huéspedes, trabajadores y cuentas quedaron relegados a segundo plano.

Ella tenía un plan para sacar ganancias extras y libres de impuestos: cámaras ocultas en cada habitación, con la mejor tecnología disponible. Su objetivo era claro: las parejas que no sólo buscaban un sitio para descansar. Esos arrebatos carnales, eran vendidos al mejor postor: voyeristas como ella.

Mientras, un auto entra al estacionamiento. Una mujer desea fundirse con el asiento trasero y que nadie le vea entrar. Juega con su anillo matrimonial mientras el conductor maniobra. Todo el viaje, ellos trataron de hablarle, sin éxito. Bajan del vehículo, ella tarda en moverse. Los hombres intercambian miradas.

—¿Vamos o quieren quedarse aquí? —pregunta Helena, caminado a prisa.

Oculta su rostro entre abrigo y sombrero, pero va al frente, con el resonar de sus tacones por todo el estacionamiento. Pide que ellos paguen. Esther les ve entrar y de inmediato, es invadida por la avaricia ante un video bien cotizado.

Helena entra primero a la habitación, corre toda cortina y mantiene la luz apagada. Sus acompañantes le hablan, pero ella no escucha. Observa su anillo una vez más y lo quita, guardándolo con amor en un pañuelo. Quiere acabar rápido con esto. Deja el abrigo, suelta su cabello mientras ellos le imitan, en lados opuestos de la cama. Esther observa esa poca ceremonia al desvestirse. Ha visto todo número y tipo de acompañantes, todos se toman el tiempo de platicar o incluso piden algún licor para amenizar la ocasión. Extraño, ellos no pierden tiempo ni interactúan.

Desnudos, se dejan caer en el suelo, saliendo de cuadro. Esther cambia de cámara, están en posición fetal y nota algo extraño: pequeñas áreas oscuras surgiendo en sus cuerpos. Uno de los hombres se levanta, haciendo un arco con la espalda mientras su rostro se extiende. La mujer se retuerce, sus manos y pies se están alargando, mientras las uñas se oscurecen. Otro, rueda en el suelo, con las manchas extendiéndose por toda su piel. Es una gruesa capa de pelo marrón.

No puede creerlo, son hombres lobo. Los micrófonos captan gruñidos guturales. Pero su mente siempre prioriza el dinero: ¡esto vale millones, ya no es simple sexo para voyeristas! ¿A cuántos programas de televisión puede enviarlo? ¡No! Tal vez el gobierno… Las opciones son ilimitadas.

Están adoloridos después de transformarse, pero la mujer lobo sube al lecho y los atrae, desatando su pasión prohibida, sin contenerse. Helena deja atrás todos los problemas, sólo quiere disfrutar el momento que tanto anheló durante su vida entera. No había disfrutado con alguien de su misma especie, siempre sintiéndose insatisfecha, oculta, reprimida.

Disfruta el papel de diosa, con ellos haciendo el trabajo, pues tampoco resulta fácil encontrar una pareja licántropa. Gruñen, jadean, ella goza cada sabor, roce y movimiento hasta clavar sus garras en el cochón. Gira la cabeza al suelo, ve su sombrero tirado sobre el abrigo. Ese día, es la culminación de meses preparando el escape, tomando muchas precauciones para no ser descubiertos… de golpe, recuerda su plan. Estaba tan nerviosa que lo olvidó: encontrarse con ellos, hablar poco y revisar que no hubiera cámaras. ¡Las cámaras! Los detiene con fiereza.

Entienden de inmediato. Esther suda mucho mientras ve a los lobos quitar lámparas, asomarse tras la televisión y al final, acercarse al espejo del tocador. Helena explora el área, se asoma tras el mueble; hay algo extraño. Lo desliza sin problemas, siente su corazón dar un giro muy violento cuando ve un hueco y la cámara espía. Los han descubierto, ambas mujeres entran en pánico, Helena toma la cámara, furiosa, pero ellos actúan con impertinencia.

—¡Vamos tras la idiota de recepción! —grita uno—¡Sabía que esconde algo!

Corren escaleras abajo y se siente demasiado afortunada por no encontrar gente en el pasillo. Esther baja al estacionamiento. Los lobos llegan a la recepción, Helena abre de una patada y encuentran eso que tanto temen. Le siguen escaleras abajo. Esther sube al auto, mete reversa ¡corren hacia ella! Logra meter la velocidad y huye del Hotel Paraíso, casi atropellando a un peatón, que deja caer sus bolsas de compra para salvarse, por muy poco.

—No podemos seguirla así… —dice uno de ellos, ocultándose entre los autos—.

Debemos regresar a la habitación antes de que alguien nos vea. Normales.

—¿Normales…? —pregunta Helena, con un hilo de voz.

—Es más fácil explicar personas desnudas en un hotel, que tres licántropos.

Vuelven a retorcerse en el suelo, perdiendo su lado salvaje, pero Helena es incapaz de lograrlo, está demasiado alterada, sólo desprende algunos mechones. Eso la altera más, su transformación no funciona. Los acompañantes son buenas personas y uno de ellos, ya como humano, corre a la habitación por ropa. El disfraz de antes no la cubre por completo, camina encorvada, esquivando empleados en el camino.

Se siente mucho más tranquila con cuatro paredes a su alrededor. No se conocen, ni siquiera les dio su nombre verdadero. Destruyeron todo el equipo de vigilancia y confían en que, cuando esa tipa hable, nadie le creerá. Pero Helena sigue tan alterada que no puede volver a la normalidad. Imposible callar a su cerebro, recriminándole ese escape lujurioso, lleno de riesgos innecesarios, ¿acaso su marido no es el hombre más maravilloso del mundo? Tal vez, deba confesarle su condición salvaje. Además, arriesgó a toda su raza, casi extinta.

Por fin, es humana. Su aventura terminó. Al vestirse, cae el pañuelo donde envolvió su anillo, alcanza a tomar sólo una punta y la joya rueda por el piso hasta quedar entre los hombres. Ella lo recoge, avergonzada.

—Tranquila, somos iguales. Soy divorciado —le consuela un hombre.

—En realidad —sigue el otro—, somos afortunados de controlar nuestro lado salvaje.

Otros deben huir toda su vida, como el último lobo que fue mi amigo.

Aunque son sinceros, no la hacen sentir mejor. Mientras terminan de vestirse, ella reflexiona en silencio sobre su dura realidad. ¿Cuántas fiestas, excursiones y pijamadas perdió Helena por temor a descontrolarse? Peor, 32 años de vida sin haber experimentado el placer hasta ese día, aunque se arrepiente de todo. Le invitan a comer, conocerse más por el bien de su raza, pero ella rechaza todo. Nunca más sabrán de ella.

Furtivos, salen del Hotel Paraíso, ninguno habla y Helena todavía no se pone el anillo. Baja a prisa del auto, apenas despidiéndose con un gesto de la mano, para el primer taxi que ve y sube sin voltear. ¿En qué estaba pensando? Ama a su marido, es un hombre perfecto, pero ella no es humana. Un año de casados y le ha pedido que sea más tosco en la cama, ella siempre termina dominando… reconoce el esfuerzo, aunque no es suficiente. Lo ama con locura, pero no con pasión.

Paga al taxista sin esperar el cambio. Antes de entrar a casa, toma el anillo y se lo pone. Su esposo le espera cocinando, Helena lo abraza. Ni siquiera el día de su boda apretó tanto a ese hombre. Sube al baño, toda la ropa va al cesto y abre la regadera. Sí, va a decirle la verdad sobre su licantropía, recalcando a cada instante que lo ama con todo su corazón y no dejará de ser la mujer de quien se enamoró, tres años atrás en el cine. Se baña con tres pasadas por cada rincón de su cuerpo.

Baja poco después, vestida con lo primero que encontró y el cabello húmedo, pensando cuándo y cómo se lo dirá. Su marido trata de entablar plática, ella luce distraída, con respuestas cortas.

—¿Cómo te fue con tus amigas?

—Bien, bien. Ya sabes, escucharlas quejarse de sus vidas, Rocío no tiene trabajo, Carla quiere casarse por tercera vez…

No deja de jugar con su anillo. Él sigue:

—Yo fui a comprarle algunas cosas al auto. Me dijeron que había una refaccionaria con descuentos y aproveché. ¡Pero estuve cerca de morir, te lo juro! Una loca casi me atropella cuando salía del estacionamiento, creo era un hotel. De verdad cielo, tengo suerte de estarte hablando.


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