Nuestra amorosa pesadilla

Lord Crawen

A H. P. Lovecraft.


Madrugada en la Ciudad de México; hecha para los valientes que se atreven a transitar sus calles. Alberga hijos de la calle, los extraviados en el alcohol y estupefacientes, que buscan el cobijo de la madre abandonada bajo la estela nocturna.

Sobre la cerrada de San Ciprian, algunos autos transitan, los ruleteros de la noche que entregan a sus hogares a quienes en la fiesta, pierden lo último que tendrán de su salario. La sirena de los autos de la policía que persiguen a uno que otro malhechor, con el cual no darán el paradero una vez que entren a los callejones donde, al parecer, la sombra de la noche los resguarda para no ser atrapados.

Contrario, el sonido de las ambulancias también se escucha. Se piensa que acuden en busca de un herido; pero el personal dentro de las ambulancias tiene una carrera contra el tiempo; quien llegue primero al herido, se queda la comisión del familiar y la concesión hospitalaria.

La ciudad no descansa en sus arterias principales.

Un auto, el de siempre, llegando por la misma cerrada de San Ciprian, da vuelta sobre general Anaya. Un hombre bien trajeado desciende del auto y camina sobre la acera hasta la calle de Cabañas.

Ya le conocen. Nadie hace preguntas ni le intimida. Los perdidos en el alcohol le extienden la mano solicitando una moneda, mas no la reciben. El extraño hombre trajeado da la vuelta en la calle e ingresa a un viejo edificio, deformado por el tiempo y los grafiteros de poco arte.

Anteriormente y con cierto temor, llegaba a ese viejo edificio preguntando por “la medusa”. Ahora, entra tranquilamente al edificio. Lleva consigo un portafolio. Las mujeres que lo miran, piensan en todo tipo de artilugios utilizados durante la noche. “El hombre tiene dinero y poder para domar a una criatura como la medusa”, llegan a pensar. Algunas más, piensan en todo tipo de depravaciones y métodos ocultos del placer humano.

Ingresa al piso 3, en la habitación 7, la de la puerta del fondo. Una vez dentro, cierra todos los picaportes para no ser molestado.

Se retira el traje y se desanuda la corbata. Arroja sus zapatos a la esquina derecha de la habitación. Abre el portafolio y encuentra que “la medusa”, ya lo espera recostada sobre el avejentado catre. Deja caer el portafolio asombrado y se entrega, como cada noche, a la calidez de un amor que no existe en su vida matutina.

De la habitación salen destellantes espacios universales y portales que podrían abrirse con cada alarido de pasión, estrellas chocando entre sí cada vez que uno llega al orgasmo. Repiten el ejercicio, hasta que el hombre, agotado, decide darse la vuelta, caer del avejentado catre; apenas respirando, pero con la gratitud amorosa del pecado carnal.

Trémulas piernas lo devuelven al suelo. Se arrastra en busca del portafolio. Recuesta su espalda en la fría pared, lo que le produce un leve sollozo de breve placer y lo abre.

“La medusa”, expectante, desciende ligeramente del camastro, en busca de su amante y del nuevo regalo que le ha traído.

El hombre extrae del portafolio un vestido negro entallado. Y algo más.

“La medusa” observa ambos objetos, porque ninguno de ellos es, en verdad, un regalo como los anteriores.

— Toma… Ven a vivir conmigo… Seremos solo tú y yo.

Anonadada por la propuesta, además de confundida, “la medusa” retrocede hacia el catre y se recuesta nuevamente.

—Es posible… Todo es posible ahora mi amor… No tienes que esconderte más. Tendrás conmigo todo lo que necesitas.

“Por… eso… me… dejaste… aquí… desde… ay… er… No… me… ence… rraste…”.

—Ya no será necesario. Nada de lo que hacemos será necesario si vienes conmigo.

Piensa en todo el tiempo que lleva ahí, en el oscuro cuarto del fondo del tercer piso; recuerda al único hombre que, desde su llegada, la ha buscado, no solo por placer, sino por necesidad.

—Con estos regalos, ya no podrás ocultarte de este mundo. Saldremos de día y de noche. Ven conmigo.

El corazón es un instrumento que trabaja con extraños sentimientos. Crea una sintonía con la sinceridad de la figura de un “alguien” que ha dado todo para estar a tu lado y compartir, en el callejón inerte y oscuro de un cuarto olvidado, una pasión inexplicable.

“La medusa” se revuelve para descender una vez más del catre. Se acerca al hombre. Se percata que dentro del portafolio hay algo más. El hombre clava su mirada en sus ojos de tonalidad verdosa. Con la fuerza de sus ocho tentáculos, arroja a un lado al hombre. Sostiene el vestido negro y lo que parece una masilla que se siente como piel humana. Del portafolio extrae un libro, un gis blanco y algo de dinero; lo que suele cobrar “la medusa” por sus servicios.

Abre el libro. Lo reconoce. Observa las figuras. Las conoce. El hombre quiere escapar pero ya es muy tarde. Un tentáculo de la sensual mujer verdosa lo toma con fuerza y lo arrastra a ella.

En su lenguaje le reclama, desconoce cómo decirle su molestia y descontento en su idioma. Encerrada en el otro mundo. Desterrada de su universo. Encerrada en un viejo cuarto del tercer piso en el callejón cabaña de la ciudad de México. Siempre utilizada.

Se acabó el amor.

En gritos y estertores se debate el cuerpo del hombre que siente la presión de los tentáculos de la criatura, araña su piel.

Sobre el suelo, la plástica piel de una mujer y un vestido negro se ensucian ahora de la sangre del hombre.

Nadie acudirá a la habitación. Todos creen que ha iniciado nuevamente, el arranque de pasión.

Ya vendrá luego un silencio incómodo.


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