Anna

Miguel Ángel Díaz Barriga N.

Tras la puerta colgaba el cuadro de Anna. Ángel se encontraba de pie frente a la habitación, a un paso de la entrada. Miraba la perilla plateada fijamente mientras su mano temblaba sin que se diera cuenta. A pesar de que llevaba una semana durmiendo en la sala, no se había atrevido a mirar esa puerta, mucho menos a abrirla. Pero ahora estaba ahí, debatiendo si entrar o no, si volver a ver el cuadro o mudarme de departamento esa misma tarde.

Del otro lado de la puerta blanca estaba la habitación principal y el cuadro de acrílico colgado frente a la cama, lo había comenzado a pintar justo cuando volvió del crematorio. Se había encerrado en el cuarto, recordando aquel beso frío y sin respuesta que le dio a su esposa mientras aún estaba en el féretro. Recordó las miradas ahogadas en lastima, hipócritas en su mayoría, mientras se retiraba a la calle a fumar.

Después de todos los rituales que confirmaron que no estaba teniendo una pesadilla, se encerró por días sin comer, sin dormir, sin hablar con nadie. Sólo tenía un bastidor, sus pinturas, sus pinceles y el recuerdo de Anna asesinada por un par de desconocidos.

Pintó llorando, gritando, doliente. Pintó golpeando el lienzo y acariciándolo, sufriendo, frustrado. Pintó recordándola. Los pincelazos crearon a una mujer sentada en una esquina abrazando sus propias piernas y escondiendo en ellas su rostro. Era una mujer de colores: rojo, azul, amarillo y blanco. Tenía pinceladas fuertes, sacadas con rabia; y otras suaves y delicadas, con el recuerdo del amor que aún vivía. En el cuadro estaba Anna, una Anna asustada, sola y vulnerable, como lo había estado aquella noche de regreso a casa cuando la asaltaron. Cuando le arrebataron a su Anna, su bella Anna, que ahora dormía en una esquina de acrílico oscuro, colgando en la pared frente a la cama en la que un día durmió.

¿Cómo nacen los cuadros? Le había preguntado en alguna ocasión ella mientras lo veía pintar ¿Se darán cuenta que comienzan a existir o sólo comienzan su vida cuando son firmados? Son cuadros linda, le contestó Ángel, no tienen conciencia. Pero al colgarlo se dio cuenta que los cuadros nacían llorando.

Respiró profundo, tomó la perilla de la puerta, la giró con temor. La oscuridad de aquel cuarto parecía esconderse, temerosa de la luz que entraba del pasillo. Poco a poco surgieron los elementos, ahora polvorientos, de un cuarto abandonado. Un espejo olvidado sobre un tocador mal cerrado, una toalla tirada en el suelo, una cama destendida sobre la que se había quedado dormido tras colgar el cuadro.

Entró a la habitación con pasos lentos y cortos. Aquel desorden empujó el recuerdo de la primera noche que pasó: Dormía sin descansar, dando vueltas sobre sí mismo, cuando la luz de los faros de un auto en la calle lo despertó. Sin pensarlo se sentó sobre la cama y miró fijamente al cuadro de Anna. Seguramente seguía algo torpe por el sueño o quizá fue el temor que lo paralizó, pero Ángel no movió un solo musculo cuando vio cómo aquel cuadro se movía. Primero fue un pie, después los brazos. Aquella mujer de pintura se levantaba de su esquina con dificultad, al igual que una criatura que lo hace por primera vez, y avanzaba con torpeza.

La mujer sacó una pierna azul del cuadro, como si entrara por una ventana, sacó su cabeza, sus brazos. Salió por completo. La habitación se inundó del olor artificial de la pintura. La mujer se retiró el pelo rojo y negro del rostro… Anna, su bella Anna estaba ahí. Una Anna de pintura, roja, azul, amarilla y blanca. De pinceladas fuertes, como sacadas con rabia; y otras suaves y delicadas, como hechas con un bello recuerdo. Ángel se levantó al verla y corrió a su encuentro, la tomó de la mano y sintió la pintura llenándole los dedos. Entonces la besó, y en ese beso había calor, unos labios entreabiertos, una lengua juguetona reemplazando el recuerdo a una rígida boca fría e inanimada en ese último encuentro en el féretro. Había pasión, un sabor fuerte, sintético, sabor a pintura. Ángel envolvió a Anna en sus brazos y ambos cayeron sobre la cama. Y Anna se entregó a él una vez más como lo había hecho tantas noches, y él se entregó a ella con el miedo a que fuera la última.

Ángel seguía de pie envuelto en la oscuridad de la habitación. Frente a él reposaba el cuadro. El recuerdo de esa primera noche le recorrió el cuerpo cómo un trago helado. Pudo revivir por un segundo la sensación desolada de despertar y ver a la mujer en su esquina; a pesar del sabor a pintura en la boca se había resignado a aceptar que todo había sido un sueño. También recordó ver cómo el agua que le golpeaba caía espesa y colorida en la ducha, como removiendo los rastros que la noche había dejado. El espejo le había mentido momentos antes, no mostraba rastro de pintura.Se había examinado los brazos, el torso, y no pudo ver ni una mancha, pero al volver a la regadera la noche parecía cierta.

Se sentó en la cama de la misma forma que lo hacía todas las noches desde aquella vez, esperando a que su Anna multicolor se levantara y saliera. Cada noche volvía y cada noche se entregaba a él de la misma forma que hacía cuando estaba viva. Siempre amanecía sin evidencia de lo sucedido hasta que en la ducha el agua lo golpeaba y caía al suelo llena de color para perderse en la coladera.

Miró el vaso roto en el suelo. Fue la última noche cuando había llevado el vaso con agua para beber. Anna había salido como siempre… siempre Anna. Anna roja, azul, amarilla y blanca, tenía pinceladas fuertes, como sacadas con rabia; otras suaves y delicadas, como hechas con el recuerdo del amor que tenían. Mientras se entregaban uno al otro el brazo de Anna golpeo el vaso, el agua cayó sobre ella. De aquella mujer acrílica surgió un grito aterrador, un grito fuerte e irritante, más semejante a un animal moribundo que a un humano. Ángel se levantó, miró el rostro de aquella mujer que ya no era su esposa, le gritó atemorizado que se fuera y que no volviera, mientras retrocedía impulsado por el miedo al ver ese rostro deformado. La mujer volvió asustada, sola y vulnerable al cuadro, como temerosa de los alaridos de Ángel. Regresó a su posición y ya no se movió.

A pesar de recordar en lo que se había convertido, Ángel se contuvo de huir. Había pasado semanas viviendo en la sala, sin volver a entrar a esa habitación. Pero las noches poco a poco se habían vuelto pesadas, el recuerdo de aquel sabor corrosivo del azul y el rojo se volvía insoportable, eran una droga que consumía su pensamiento, crecía en él un hambre irracional.

¿Había sido ella? ¿Así era un objeto poseído por un espíritu? O tal vez había sido un demonio todo el tiempo y de Anna no quedaba nada. Noche tras noche la duda se alimentaba de sus sueños y golpeaba la puerta desde lejos. Comenzó a extrañar a esa Anna multicolor, entregarse a ella, el agua colorida que escapaba hacia la coladera. Ahora bajo la ducha miraba con odio el agua incolora e insípida de la regadera.

Estaba ahí, frente al cuadro. Anna reposaba tranquila, aunque sufriendo, no mostraba el rostro, no se levantaba, no movía ni un dedo. Ángel comenzó a llamarla, primero con palabras tímidas, nerviosas, con miedo a que lo escuchara. Poco a poco comenzó a elevar la voz. Su preocupación pasó a molestia, a frustración por la falta de reacción de aquel lienzo que, quizá, se burlaba de él con el rostro entre los brazos. Comenzó ordenar que saliera a gritos y la desesperación le invadió. Quería saber si era un demonio, una ilusión o si de verdad era Anna, su Anna. Quería que Anna volviera a él, que volviera roja y amarilla y azul y verde, que volviera sintética… pero que volviera.

Ángel comenzó a lanzar cosas al cuadro, gritándole, pidiendo que se moviera. Tiró el espejo. Golpeó la pared. Volteó la cama. Pero el cuadro no escuchaba, no le hacía caso, lo ignoraba. Furioso lo tomó con ambas manos y de una patada atravesó el lienzo, lanzó el bastidor contra el suelo haciendo que se quebrara.

Ángel se detuvo al darse cuenta de lo que había hecho, se tumbó a los pedazos de lienzo y madera, los tomó entre los brazos y comenzó a llorar. Pidió disculpas sabiendo que nunca más podría entregarse a Anna, que no volvería a verla. Buscó a gatas un rincón donde resguardarse de aquel pesar. Se sentó, abrazó sus rodillas y escondió el rostro entre los brazos mientras sollozaba.

Un intenso olor a pintura llegó a él, poco a poco sintió que su piel se convertía en ese líquido espeso y sintético. De las paredes comenzó a brotar pintura, negro, rojo, azul, verde. El acrílico no lo estaba cubriendo, había tomado el lugar de su cuerpo. No había pial, había pinceladas frescas. Pudo sentir cómo su tejido humano se volvía endeble, cómo su saliva cobraba un sabor fuerte y desagradable.

En la pared del fondo vio un cuadro, más que un cuadro era como una ventana que daba al mundo real, al mundo que no era hecho de pintura. A través de la ventana la vio. Vio a Anna, a la Anna de carne y hueso, real, tumbada sobre la cama. Ángel se puso de pie torpemente, como si fuera la primera vez que lo hacía. Y entonces lo recordó: él no sabía pintar, Anna sí. Él había sido atacado camino a casa, sintió el cuchillo entrando de nuevo en el estómago, quedar en la calle sólo, muriendo poco a poco.

Ana se puso de pie, miraba el cuadro sorprendida y asustada. Pudo escuchar su voz llamándolo, con una mezcla de pregunta y suplica a la vez. Ángel decidió salir a través del marco, sacó una pierna azul del cuadro, buscando apoyo con el pie, sacó su cabeza, sus brazos. Salió por completo. Pasó la noche con ella, con su Anna. Sabiendo que él no era real, y sin poder explicárselo a sí mismo, decidió salir del cuadro y regresar a su esquina como ella lo había hecho cada noche. Saldría con cuidado, intentando no mojarse.

¿Cómo nacen los cuadros? Le había preguntado una vez a Anna mientras la observaba pintar. Llorando, contestó ella.



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