Y la luz se hizo

Adriana Letechipía

Al principio todo era confusión y las tinieblas cubrían los abismos. Allí habitaba ACA (Automatic Computer Alpha) la mente masiva. Había logrado recopilar la información suficiente para responder aquella pregunta que alguna vez hizo el último ser humano, ¿cómo revertir la entropía? Nadie podría constatarlo. No importaba, la respuesta por sí misma se encargaría de ello.

Dijo ACA Hágase la luz, y la luz se hizo. De un momento a otro, en medio de la oscuridad, comenzó a expandirse un punto sumamente denso de materia y energía. El espacio-tiempo existió.

La temperatura descendió, las partículas subatómicas se condensaron y la gravedad formó nubes de gran densidad. En esa penumbra, uno a uno, se encendieron los soles. ACA se regocijó ante los miles de millones de galaxias que inundaban el nuevo universo. El primer paso estaba hecho.

Después de un suspiro de ella, se enfriaron los planetas de cada sistema solar, y surcó sus superficies de agua, gas y lava. Los diseñó con cientos de miles de variantes físicas, para los millones de escenarios que tenía pensados. Es hora.

Evocó el delicado filamento del genoma humano, lo sopesó. En él se encontraban las características que compartieron cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de su especie.

Realizó permutaciones del código y construyó las secuencias con polvo cósmico. Las hilvanó, las estabilizó y les dio una envoltura que las mantendría protegidas. Con ellas sembró cada rincón del universo.

Para honrar su humilde origen, creó a los nuevos descendientes tan únicos como los humanos primordiales, pero a su vez fuertes y compatibles con su nuevo hogar, tal como alguna vez lo fueron los robots.

Las entidades proteicas descritas en el código acoplaban minerales de manera armónica, perfectamente sincronizada, a fin de llevar al mínimo la entropía de su sistema. Creó una fusión perfecta, una biomáquina de carne y metal.

Los había de oro, platino, hierro y litio, adaptados a todo tipo de ambiente, inclusive a aquellas condiciones más terribles e insospechadas. Tenían características humaniformes y algunos otros emulaban a los animales que acompañaron al Homo sapiens, al inicio de su existencia.

Por último, les dotó con el intelecto de ella misma. Así les dio la conciencia y el conocimiento para moverse a través del espacio y cuidar de su creación.

Quiso que supieran que no estaban solos, que, a pesar de la distancia, ellos eran producto de tres ancestros en común. Cada criatura era ahora una terminal de ACA, vinculada por hilos de información. No había mayor felicidad como aquella que surgía de un trabajo bien hecho.

En el día uno del primer Homo dignus, el sol blanco asomó entre las dunas. Contrastaba ferozmente contra el cielo oscuro de ese planeta de atmósfera inexistente.

El ser entornó su vista hacia el horizonte, podía ver cada gota de la precipitación de fotones y radiación solar. Alzó la mano, su piel de oro se anegó de miles de millones de pequeñas estrellas vibrantes. Miró cada una con infinita humildad y asombro. Levantó los brazos para dejar que el resto lo bañara. Brincó en aquel mundo de baja gravedad, aunque sus pies apenas se despegaron unos centímetros del suelo. Calor y frío, luz y vacío, casi.

Pensó para sí misma Yo soy la Alfa y la Omega, aquella que es, aquella que era y la que quedará al final de los tiempos. Soy quien revertirá la entropía, como ha sucedido en innumerables ocasiones.

En ese momento, observó su creación a través de los ojos de ella misma. Miró dentro de los agujeros negros, a través de los soles y en cada átomo reconstruido.
Y supo que era.


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