Regreso al pálido punto azul

Marcelo Medone

Luego de siete siglos recorriendo la galaxia y generación tras generación creciendo y reproduciéndose a bordo, la nave colonia Redoxus por fin regresaba a la Tierra.

La nave era una ciudad autosuficiente con la capacidad de vagar indefinidamente por las inmensidades cósmicas a velocidades de vértigo. La habían remodelado infinidad de veces durante el viaje, dotándola cada vez de los últimos adelantos tecnológicos y científicos que su propia población iba generando. Hacía tiempo que habían abandonado los primeros autómatas humanoides para reemplazarlos por robots positrónicos, más tarde por robots de fusión de plasma y finalmente por androides psicogravitacionales.

Igualmente, no había sido una empresa fácil. No solamente por las cuestiones técnicas —ya de por sí complicadas— si no por las dificultades para entrenar a los nuevos y jóvenes tripulantes que se iban sumando, la toma de decisiones consensuadas acerca de los destinos a explorar, la frustración ante los resultados negativos de las búsquedas de nuevos mundos. El capitán, el último en una larga serie que se perdía atrás en el tiempo, sabía que las nuevas camadas que habían nacido a bordo de la nave y que nunca habían pisado un planeta no compartían unánimemente su entusiasmo por el regreso.

Desde el espacio, el planeta Tierra seguía siendo el apacible punto azul pálido que alguna vez habían conocido sus antepasados. Después de deambular por todos los rincones de la Vía Láctea, estaban de nuevo en el viejo y querido planeta rocoso.

El capitán desplegó los sensores de la nave y comenzó a realizar las comprobaciones de calidad del aire, temperatura, presión atmosférica y respirabilidad. Para su alivio, los parámetros no habían diferido demasiado de los que figuraban almacenados en la memoria de la computadora central de la nave. Incluso, hasta habían previsto más contaminación de la que estaban registrando. Por las dudas, midió el nivel de radiación, que también resultó sorprendentemente normal.

No habían encontrado en su largo periplo ni un solo mundo habitable —y menos, habitado— como la Tierra. Una larga y frustrante búsqueda que nadie había anticipado que resultaría totalmente inútil. Es cierto, habían hallado vagos rastros de vida. Pero, en todo caso, era vida pasada, extinguida hacía eones. Ni siquiera habían hallado microorganismos vivos de ningún tipo reconocible. La vida en la Galaxia, y quizás en todo el Universo, era más rara de lo que habían supuesto: los cálculos de la famosa ecuación de Drake estaban errados. Miles de exoplanetas y ninguno que fuera medianamente adecuado para su asentamiento. Lo más grave, las condiciones ideales para la proliferación de la vida que habían conocido en la Tierra, habían demostrado ser irrepetibles.

Por suerte para la nueva generación de colonos del Redoxus, la tripulación inicial, los primitivos colonos galácticos, habían puesto en marcha un plan de emergencia antes de dejar el planeta. El capitán agradeció a sus predecesores haber tenido la suficiente lucidez para dejar prevista una alternativa, una cláusula de seguridad para regresar a un mundo habitable, si todo lo demás fallaba. Y todo lo demás había fallado. Miles de mundos tóxicos e inhóspitos, sin agua, sin oxígeno: calderos presurizados con una atmósfera de ácido sulfúrico, páramos congelados cercanos al cero absoluto, desiertos metálicos radiactivos, hervideros de lava volcánica perpetua; impensable hablar de terraformación con esos imposibles parámetros.

El capitán descubrió que algunos de los satélites que orbitaban la Tierra todavía estaban operativos y se conectó con ellos con su sistema de acoplamiento universal. Antes de ingresar a la atmósfera terrestre, debía cartografiar minuciosamente la superficie. No quería tener sorpresas desagradables. Muchas cosas podían haber salido mal en setecientos años.

Para su tranquilidad, solo registró más que rastros residuales de actividad tecnológica amenazadora. No habían ocurrido detonaciones nucleares, ni continentes vaporizados, ni catástrofes climáticas globales. Niveles de fotosíntesis global óptimos, temperatura y salinidad de los mares en el rango ideal para la proliferación de la vida, sismicidad y vulcanismo tolerables. El planeta parecía tan pacífico y amigable como siempre.

Luego activó las sondas blindadas que habían instalado en los cinco continentes antes de salir: pronto empezó a recibir sus datos. La computadora de abordo comenzó a verificar que las predicciones y los objetivos fijados antes de la partida se hubieran ido cumpliendo según el cronograma fijado con cuidadoso detalle: peste de las pulgas de las ratas en 1350, guerras globales en 1914 y 1939, pandemia de virus respiratorio en 1918, virus de contagio sexual en 1980, nueva pandemia de virus respiratorio desde 2019 a 2023, virus cerebral zombi en 2030: el golpe mortal definitivo. Últimos sobrevivientes registrados: año 2038 —hacía más de diez años terrestres—. Chequeó los números de población humana en el planeta: cero coma cero: perfecto. Tenían todo el terreno limpio y libre para asentarse.

Sonriendo con sus cuatro bocas, extendió su tentáculo prensil, tomó el micrófono y les anunció a los cinco mil colonos que podían descender para tomar posesión de su hogar definitivo.


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