Käfernium

Andrei Lecona Rodríguez

El humo tardó un par de minutos en despejarse completamente tras la explosión. Cuando estuvo seguro de que la detonación no había debilitado el techo del túnel, se decidió a entrar. Avanzó con mucho trabajo a través de los escombros, después de todo, no estaba acostumbrado al trabajo de campo. Había aceptado venir a este planeta distante solo cuando las amables peticiones del comité académico dejaron de ser amables:

“Le recordamos que su lugar en el Insituto de Investigaciones Sobre Antiguas Culturas Alienígenas está lejos de ser definitivo… tras considerarlo detenidamente, la Junta Directiva ha determinado ofrecerle una última oportunidad de unirse al proyecto de exploración financiado por el más grande benefactor de la Universidad. De rehusarse a participar, estaría Ud. incumpliendo con los artículos VI y XIII de la legislación interna…”

—Legislación interna… y la madre que los parió —pensó mientras caminaba sobre las rocas que se habían desprendido con la explosión.

Había ganado su definitividad hacía tres años. Todos en el instituto sabían que el “benefactor” de la universidad había amenazado a la Junta Directiva con retirarles el financiamiento millonario, si él se rehusaba nuevamente a realizar trabajo de campo en las antiguas ruinas de Käfernium.

—Yo soy un lingüista, ¡Maldita sea! No un jodido arqueólo… —Resbaló nuevamente y cayó al suelo antes de poder terminar la oración. Tardó un rato en levantarse, porque su casco estaba completamente empañado.

—No un jodido arqueólogo— dijo entre jadeos.

En efecto, era un lingüista de gran renombre. Un investigador, claro que sí, incluso un gran investigador, pero uno que nada tenía que hacer en una expedición. Lo suyo era el escritorio, el cubículo y la biblioteca. Sin embargo, ahí estaba ahora, detonando explosivos en un túnel oscuro a más de dos kilómetros bajo la superficie de Käfernium, arrastrándose en una oscuridad perpetua, solamente interrumpida por las luces de su equipo. A millones de años luz de casa.

—Y todo porque … —pensó mientras salía del túnel hacia una cámara recién descubierta por el escáner ultrasónico—porque ni entre todos mis colegas suman media neurona funcional para comprender jeroglíficos käfernianos.

Muchos de sus colegas, de hecho, habían intentado aprender a leer antiguo käferniano, pero ninguno de ellos tenía el talento desmedido del endeble lingüista para los dialectos alienígenas. El dialecto alienígena era tan complejo que ni siquiera las supercomputadoras de los astroingenieros habían sido capaces de traducirlo sin cometer errores que, a juicio del académico, eran, por decir lo menos, infantiles. Tomar fotografías de los jeroglíficos tampoco era una opción viable. Las tormentas solares a medio camino entre Käfernium y la Tierra hacían imposible toda transmisión de datos. La única forma de traducir los jeroglíficos recién descubiertos era llevar al único ser humano capaz de comprender aquella lengua muerta directamente frente a los relieves de piedra en los que estaban grabados los secretos de una civilización perdida hacía eones extraños.

—El futuro de la humanidad está grabado en alguna parte de esta ciudad enterrada —le había dicho el representante del “benefactor” de la universidad. —Algunos hallazgos confidenciales nos han sugerido la existencia de una fuente de energía supuestamente inagotable. No es necesario que le explique a usted la importancia de un descubrimiento de tal orden para mi empleador.

Mientras se levantaba cuidadosamente, pensaba en el significado de esas palabras. Era bien sabido que, bajo la fachada de desarrollo de energías sustentables, el verdadero negocio del “benefactor” de la universidad eran las armas, aunque, tanto él como sus colegas del instituto, preferían no pensar demasiado en ello. Todo había sido demasiado misterioso, casi sospechoso, en particular la mención de aquellos hallazgos confidenciales. El lingüista había intentado sacarle algún dato al respecto, pero el representante del “benefactor” no soltó ni un ápice de información.

Los otros miembros de la expedición lo vigilaban constantemente; sin embargo, él tenía una ventaja decisiva sobre ellos: los secretos de las inscripciones käfernianas sólo eran comprensibles para él. Cualquier acción táctica del equipo dependía de información que sólo él podía obtener para ellos. Todos los días, tenía que llenar innumerables reportes que evaluaban el nivel de prioridad de las distintas áreas a explorar. En las zonas de más alta prioridad, por ningún motivo lo dejaban solo. En todo momento, cinco “asistentes” le ayudaban a catalogar todos los hallazgos: toda clase de artefactos inservibles hacía milenios, tecnología cuyo misterioso funcionamiento excedía los límites del conocimiento humano, fragmentos de inscripciones cuyos secretos codiciaban los “asistentes” . Había algo terrible en sus ojos cuando aparecía una inscripción entre los escombros, un deseo oscuro, un anhelo violento que le recordaba algunas lecturas de juventud sobre la conquista de América. La áurea codicia de los conquistadores, el irrefrenable apetito por un oro legendario que los había arrastrado a cruzar un océano, un oro maldito que los evadía con la eterna promesa de encontrarlo en el próximo poblado indiano. Había tenido estas impresiones en mente cuando les aseguró que la zona en la que se encontraba actualmente era de la más baja prioridad, aunque, en realidad, tenía motivos de peso para creer que allí encontraría la respuesta a todos los enigmas que rodeaban la expedición.

El lingüista extendió su mano hacia la oscuridad, dio unos cuantos pasos y encontró una pared de enormes dimensiones. Aún, a través del traje, fue capaz de percibir los delicados relieves en la roca. Se movió unos pasos hacia la derecha y descubrió que la pared continuaba durante varios metros. El fragmento inscrito más grande descubierto hasta ese momento tenía apenas cincuenta centímetros de largo. Respiró profundamente para calmar sus nervios. Buscó el interruptor correcto en el brazo del traje, al pulsarlo, un pequeño dron se separó de su traje, ascendió rápidamente sobre su cabeza y emitió una potente luz que iluminó la pared entera.

Ante el lingüista se desplegó el retrato pictográfico completo de una civilización alienígena perdida de la que, hasta ahora, nadie había podido aventurar sino hipótesis fundamentadas en malas traducciones de fragmentos käfernianos. Rápidamente encontró los símbolos que indicaban desde dónde se debía comenzar a leer y en qué dirección, tarea crítica que determinaba el sentido correcto de la traducción. No fue tan sencillo como en otras ocasiones, pues había algunos jeroglíficos que ni siquiera él, el mayor experto en su campo, había visto jamás en ningún fragmento. Tardó unos momentos en inferir el significado de los pictogramas nuevos a través del contexto en el que estos aparecían, así como por su cercanía a otros caracteres clave previamente conocidos. El núcleo de los jeroglíficos era un relato histórico, el primero conocido, sobre la caída de la civilización käferniana:

“Siente, mortal, las palabras que cuentan la ruina de Käfernium. El gran enjambre-imperio que conquistó una galaxia. El destructor del linaje draconiano. Escucha mientras queden canciones que escuchar. Mira mientras queden atardeceres que ver. Felices fueron los días remotos, cuando Brouk el Dorado dirigió a los primeros instectoides contra el ave de fuego estelar. Gloriosa fue la lucha en la que Brouk dio muerte al enemigo con su lanza dorada, pero el bravo guerrero perdió un brazo a causa de sus heridas. Entonces, Drak’on, el caudillo escamado, aprovechó la tragedia de los insectoides para aplastar a sus antiguos enemigos. Brouk, malherido, pidió ayuda al hechicero Ginarr: “Un arma terrible te forjaré para salvar a tu pueblo —dijo el hechicero— más cuando sus mortíferas proezas observes, la maldecirás. Y si alguno de tu linaje, menor que tú en nobleza, llegara a blandirla, los insectoides morirán”. Ginarr, el artífice de reliquias malditas, tomó la sangre ardiente del ave de fuego y fundió con ella la lanza dorada del guerrero. Con estos materiales, creó un nuevo brazo para el héroe, un arma imbuida con el poder de mil soles. Brouk el dorado se levantó una vez más para derramar la sangre de sus enemigos. Terrible fue la matanza de los draconianos cuando el héroe arribó al campo de batalla. Incluso el caudillo Drak’on encontró la muerte a manos de Brouk. La tierra se tiñó de negro con la sangre draconiana. Pero cuando el furor de la batalla hubo abandonado a Brouk, horrorizado fue por la cruenta masacre. Perdonó la vida a los draconianos que sobrevivieron. Al exilio partieron hacia la gélida Cailleach, en donde vivieron hasta que su linaje se extinguió”.

—¡Cailleach! — repitió el lingüista en voz alta. Todo comenzaba a tener sentido. El “benefactor” de la Universidad había adquirido recientemente los derechos para extraer minerales de aquel remoto planeta congelado. Si en verdad había restos draconianos en Cailleach, contarían la historia de su exterminio a manos de los käfernianos.

—Un arma con el poder de mil soles— pensó, sintiendo un frío temor creciéndole en las entrañas— esa es la fuente de energía inagotable que están buscando en Käfernium.

Continuó leyendo los jeroglíficos:

“Kafërnium creció en poder hasta dominar la galaxia entera. Pero los siglos transcurrieron. La sangre del guerrero se diluyó con cada nueva generación de gobernantes. Por temor a la profecía de Ginarr, ya ninguno se atrevía a blandir el arma de Brouk. Fue entonces que nació K’ever el orgulloso, el príncipe menos deforme que los insectoides antiguos recordaban haber visto. Un anhelo oscuro creció en K’ever, decidido a ser el soberano que redimiría a su linaje. Para probar su valor, él mismo se arrancó el brazo y en su lugar colocó la reliquia de Brouk. Al instante, K’ever enloqueció y comenzó a matar a su propio pueblo. Los mejores guerreros käfernianos fueron masacrados por el indigno heredero, pero el sangriento delirio de K’ever no pudo ser contenido. Hembras, ninfas, huevos, larvas, pupas, antiguos… nadie fue perdonado. No se detuvo hasta exterminar a su pueblo. Cuando su sangrienta labor estuvo completa, la locura abandonó su mente. Siendo el último insectoide, se encerró en esta cripta para dejarse morir. ¡Sabe! Mortal, que él mismo ha sido quien escribió el epitafio que ahora lees. Si por tu especie algún afecto tienes, no permitas que la reliquia de Brouk, mi antepasado, salga jamás de las ruinas de Käfernium”.

—Se encerró en esta cripta… —repitió el lingüista, reprimiendo el temblor de sus piernas, mientras giraba sobre sus talones para mirar la parte de la cripta a la que había dado la espalda todo este tiempo.

En un trono de aspecto terrible, estaba sentado el cadáver de un insectoide de un tamaño similar al de un humano. Sus mandíbulas afiladas estaban contraídas en una dolorosa mueca que reflejaba dolor y odio. Sus ojos, dos discos cóncavos en forma de mosaico, brillaban con un fuego azul verdoso. Su brazo derecho estaba hecho de un metal inmaculado como el oro recién pulido. Sujetó el brazo dorado y lo levantó. El cadáver de K’ever se desintegró al instante. En ese momento, escuchó pasos en el pasillo y supo que los agentes del “benefactor” lo habían seguido hasta allí. Supo que llevarían la reliquia maldita a la Tierra si no los detenía.

—No puedo permitirlo —pensó, mientras el arma comenzaba a resplandecer con un brillo asesino en sus manos.


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s