Rescate

Esteban Corio

“Un final de misión agridulce”, pensó para sí.

Por lo menos, la información había sido transmitida, pero un leve error de cálculo en la huida lo había dejado a merced de la patrulla militar que estaba sobre sus talones mientras intentaba huir en la estrellada noche del desierto.

“No utilices nuestra tecnología contra ellos…aún”, le habían dicho. Mientras estas palabras pasaban por su mente, su mano instintivamente acarició una pistola reglamentaria que el ejército le había dado a él, en su carácter de Sargento de Infantería, y que colgaba en su pistolera, sobre su muslo interno. No obstante, esa pistola en apariencia reglamentaria había sido modificada según instrucciones de “ellos”. Luchó por unos momentos en desobedecer la orden y parapetarse en algún punto elevado para desde allí abrir fuego contra sus perseguidores. No tendrían el menor chance ante su poder de destrucción. Justo en esos momentos, una corriente telepática alcanzó su lóbulo frontal: “Déjate atrapar y pasa al plan alternativo”.

Maldijo por lo bajo, pero cumplió las órdenes y se dejó atrapar mansamente esa calurosa noche de Julio de 1947, en el desolado Nuevo Méjico. No opuso resistencia, aunque fue bastante maltratado por el personal de la patrulla. Él lo entendía: a nadie le gustaba tener un traidor en sus propias filas.

Pasaron tres días.

Todas esas horas transcurrieron en alternancia entre la lobreguez de su celda y las lacerantes luces que herían sus pupilas durante interminables interrogatorios.

Al cabo de esos tres días, no había parte de su cuerpo que no hubiera sido golpeada, lacerada o quemada en un intento por sonsacarle para quién estaba espiando.

Durante ese tiempo no recibió ningún mensaje de “ellos”. La certeza inicial de que no lo dejarían abandonado a su suerte fue trocando lentamente en ansiedad, luego en angustia y finalmente en el persistente deseo de confesar todo y terminar de una buena vez.

Se mantuvo en silencio, y al término del tercer día confluyeron dos circunstancias que le trajeron algo de alivio y sosiego. Finalmente “ellos” le enviaron un mensaje a su lóbulo frontal de que el plan marchaba según lo previsto y que hiciera su parte, y por otro lado lo vino a visitar la única cara “amiga”, para traerle una magra ración de agua y alimento.

—Me temo, Jack, que se te acaba el tiempo—dijo Brent, su celador y un sujeto con quien había compartido algunos tragos y charlas en el bar de la base durante el último año. Habían desarrollado un afecto mutuo. Se le notaba en la cara a Brent el esfuerzo para reconciliar su apego por Jack y el hecho de que era, después de todo, un acusado de espionaje para el enemigo.

La premonición de Brent era acertada: Tres hombres vestidos de traje negro hicieron irrupción en su lugar de confinamiento y fueron sin rodeos al asunto: —El jefe de la base tiene a la firma tu sentencia de muerte por cámara de gas. Se puede evitar si confiesas para qué nación estás espiando.

Sólo dos palabras salieron de sus labios, partidos y llenos de hematomas: —Fuck you.

—Muy bien, es hora de que empieces a rezar o gastes tus últimos minutos en este mundo como desees”…

Rechazó al cura que lo vino a visitar; no tenía necesidad de creer en ningún Dios. También rechazó los cigarros y puros que se le ofrecieron. Solo quiso tomar una copa de Johnnie Walker Blue Label, con hielo. Le ayudó a calmar el dolor de toda su boca.

Lo llevaron a un recinto en donde doce personas estaban sentadas tras un vidrio, mirándolo fijamente, mientras le terminaban de amarrar las muñecas a la silla. Él optó por no devolverles la mirada…por el momento.

Quedó todo dispuesto. La cámara fue cerrada herméticamente. Jack oyó cómo los pellets de cianuro de potasio caían en la cubeta de ácido sulfúrico, y cómo el gas letal invadía el ambiente.

Los segundos comenzaron a correr y ahora sí, fue mirando uno a uno a sus doce ejecutores, quienes progresivamente se pusieron nerviosos al notar que el gas parecía no surtir efecto.

Cuando supo que no quedaban más pellets, rompió con su fuerza alienígena las amarras y ante los gritos de terror de los testigos, destrozó el grueso vidrio que los separaba, permitiendo que la mortal atmósfera acabara con ellos.

Tomó un par de pistolas de dos cuerpos inermes y se abrió paso a fuego y sangre por los corredores de la base hasta la empalizada de unos cuatro metros, que sorteó sin problemas a través de un salto inhumano que dejó atónitos a los pocos guardias que habían sobrevivido a la masacre.

Ahora Jack debía apurarse: “ellos” le habían enviado la localización en donde se suponía que una nave vendría por él esa noche en un lugar cercano llamado Roswell…

Autor–Sergio Castro
Año–2022

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s