Sentimientos Positrónicos: Una revisión al Hombre Bicentenario

Fernando S. Zúñiga

El lejano 1999 fue un año metamórfico para la humanidad y viéndolo en retrospectiva 23 años después, al menos, eso parecía. No obstante, el cine y la tecnología se llevaron la mejor parte. Fue el año de Fight Club de David Fincher, de la Matrix de los hermanos Wachowski (ahora hermanas), vimos la última película del legendario Stanley Kubrick, Pedro Almodóvar se llevaba su primer Oscar con la película genial Todo sobre mi madre y Shyamalan sacudía al mundo con su Sixth Sense.

En ese año Microsoft lanzaría su exitoso servicio de mensajería instantánea “MSN Messenger” mientras que Apple registraba el nombre del dominio web [iPhone.org] sin dar muchas explicaciones sobre el nuevo plan que tenían entre manos (Steve Jobs nos lo demostraría 8 años después). Entre toda esa bomba de acontecimientos hubo una película con un núcleo resultante de la mixtura entre el celuloide y los microchips: Bicentennial man.

El Hombre Bicentenario, como se le conoce en Latinoamérica, está basada en las novelas creadas en la mente del gran Isaac Asimov. En este filme, se nos cuenta la historia futurista de un robot que al momento de su fabricación contó con una anomalía poco usual para un electrodoméstico de su clase: La búsqueda de una identidad propia.

Un consagrado Robin Wiliams (entonces tenía 48 años) interpreta a la entrañable maquina Andrew quien, en su travesía por entender y encajar con el mundo que lo rodea, explora y asimila la condición humana. Junto con él nos cuestionamos la complejidad que hay en sentimientos como el amor o el miedo. La película no deja de lado debatir sobre temas morales como la libertad o el racismo, ni tampoco temas más existenciales como el concepto de la muerte con recursos cómicos y diálogos muy sutiles sin llegar a profundizar en dichos temas para poder lubricar estas ideas en la mente del espectador.

Visualmente la película cuenta con los mejores recursos que la época ofrecía, pero sin caer en lo excesivo. Todo lo que ves en pantalla es un gran trabajo de maquillaje, diseños de sets o locaciones reales y de hecho hay muy pocos efectos digitales, pero acertadamente ejecutados que en mi opinión han envejecido bien. Chris Columbus, el director de la cinta, concede a su fantasía futurista una apariencia tecnológica muy minimalista donde los planos generales de la ciudad de Nueva York con autos y barcos voladores contrastan con los majestuosos paisajes naturales.

Pese a todos estos atributos, la cinta fue un rotundo fracaso en todos los sentidos, dejándola como una apuesta perdida en vez de un film destacado. Costó 100 millones de dólares y solo recaudó 87 millones y en un desesperado movimiento por impulsarla, se le otorgó una nominación al Oscar por “Mejor Maquillaje”, premio que tampoco logró ganar. Adjuntando a la mala racha las pésimas críticas de la prensa especializada y los malos comentarios entre el público que no la bajaban de “aburrida”, “simplona” y de tener una trama “torpemente” ejecutada.

Esto último, pienso, se debe a la incapacidad que tenía la audiencia de apreciar una trama que mezclaba el Sci-Fi con el romance y un toque de sentimentalismo, acostumbrado por años a relacionarlo con batallas espaciales o escenarios distópicos. Es importante señalar que esta incapacidad se extiende también al departamento de marketing, ya que alentó una campaña publicitaria inapropiada y engañosa que, incluso desde el tráiler, la vendía como una película llena de humor explosivo y disparatado.

En conclusión, Bicentennial Man es una fábula inteligente, agradable e introspectiva pero muy comercial, hecha así a propósito para que cualquier persona se pueda identificar. Es increíble que en la actualidad los grandes estudios cinematográficos casi no financien proyectos con una narrativa más filosófica o humanista. Dejar de ver películas que nos inviten a la reflexión o a replantear nuestros valores nos convertiría, poco a poco, en robots absolutos.

Bicentennial Man (1999) on IMDb

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