Cacería

Velas de cumpleaños envueltas en un halo fantasmal grisáceo que danza hasta perderse entre las partículas del aire que respiran los invitados. Cymtra ya es mayor de edad; conlleva más de una responsabilidad una vez que el pastel se termina y el montón de trastos se apila en el fregadero. La noche se presenta ante ella como la oportunidad de demostrar, ante la sociedad que la acompañó en el día, a inmiscuirse en el trámite hacia la madurez.

Instruida durante un año por los cazadores del pueblo, conocía el camino. Enseñada cada una de las doctrinas sobre la magia y el universo. Aprendidos los símbolos por los maestros forjadores.

Una mochila, botas altas, cabello amarrado y su playera oscura, junto a su gabardina color púrpura, enfila en los vientos nocturnos hacia su encuentro con la madurez. Su cumpleaños no solo marca la importante fecha, es también el inicio del festival de Karnei, aldea en donde se sirven los más exquisitos cortes de carne en todo el mundo. Conseguirlos, es lo complicado. No todos pueden, muchos ni siquiera pueden volver.

Cymtra, está lista para ello.

Vaga en los linderos del bosque y la aldea completamente sola, con gente dentro de sus casas, descansando plácidamente en el silencio que la noche otorga. Las últimas lámparas acompañan sus pasos hasta las rocas donde inicia el bosque. De ahí en adelante, le queda su lámpara y su voluntad.

El camino es uno de día; de noche, las turbulencias de sus pasos erran entre la oscuridad; parece que el camino se hace angosto; las rocas deambulan, las raíces de los árboles se despegan de la tierra, los viejos follajes suenan con más fuerza; advierten el peligro de entrar al sitio. Retoma su voluntarioso ser y Cymtra ingresa sin temor a lo que existe más allá.

Llega al punto exacto. El suelo, preparado para los fines indicados, plano y sin una roca que estorbe, se presenta ante Cymtra como el primer símbolo del inicio de su ritual de cacería. De su mochila extrae aditamentos. Marca la tierra con símbolos de protección. Un triángulo perimetral la protege. En el centro, ella enmarca un círculo a su alrededor. Extrae de su gabardina una fragancia con la que remarca el círculo donde ella está de pie. Del otro bolso, extrae una bolsa con cenizas. Saca un puño de ellas y deja que el viento se las lleve.

Repite las palabras aprendidas en voz baja. Sube el volumen. Lo transforma en una conversación con la noche. Sube el volumen. Lo grita alrededor. Sube el volumen. Culmina en un grito hacia el cielo purpúreo y vacío de astros celestiales.
Ocurre. Algo detrás del todo le responde. Se mantiene alerta. Voltea a todos lados. De su gabardina extrae un cuchillo de una extraña forma. Sabe usarlo, pero nunca bajo la situación. La criatura que haya respondido a su llamado puede ser de cualquier tamaño, puede aparecer en algún momento. Veloz, lento, corpulento, frágil, ruidoso, silencioso. Tantas formas.

El grito se incrementa. Ella enfunda el cuchillo. La criatura aparece. Ambos se detienen a mirarse en un instante de recuerdo. El silencio de la noche se acompaña en la furtiva mirada de ambos. Cymtra lo recuerda.

Una noche parecida, mucho tiempo atrás, Cymtra corre a su habitación, apresurada y temerosa. Sus pequeños pies, propios de una niña de tan solo cuatro años, no son tan rápidos. Le persigue su padre, o lo que intenta serlo. Un recuerdo le hacía ver como su padre extendía sus brazos como extremidades que crecían a lo largo para atraparla. La puerta llegó primero y se interpuso entre aquel monstruo y su pequeño ser. Su madre, fuera de la habitación grita, intenta distraer a la bestia dentro de su padre. Desafortunadamente, no lo consigue. Comienzan los golpes y los gritos. Nadie en el pueblo interfiere.

Entre todo el horror, bajo un atisbo de calma silenciosa, Cymtra pide ayuda. Una fuerte patada a la puerta la quiebra. El hombre, en estado extraviado de su propia humanidad, ha cesado su trabajo. Le queda una testigo. La pequeña Cymtra espera que el dolor termine rápido.

Un extraño gruñido emerge de la oscuridad y un aterrador grito de la boca de su padre también. Angustia dibujada en sus ojos mientras observa a su pequeña hija envuelta en llanto, se debate entre la extinción de su vida, buscando el perdón de su pequeña, entre el pánico combinado con muerte. Lo que habita en la noche, extrae la vida al fin de aquello que intentó ser su padre. El cuerpo se desprende en dos. La criatura ha salvado a Cymtra. Entre sus extremidades, encuentra la calidez del abrazo y juntos salen del pueblo, en busca de un nuevo hogar.

Aquella criatura, bajo la cama o en un armario, volvía cada noche a cuidar a su pequeña. Hasta el día de su adopción. Aun así, la criatura volvía de vez en cuando para verla de lejos. Al llegar la adolescencia, aquel ser supo que había encaminado a la pequeña hacia el sitio seguro, dejándola por fin, vivir en su mundo real.

Ahora, ambas miradas vuelven a encontrarse. La criatura no comprende nada, solo se acerca a Cymtra. Extiende una de sus extremidades y la ahora joven-adulta, cae de rodillas en un silencioso llanto. Destruye los símbolos, se arroja hacia las extremidades de la criatura y nuevamente enfilan hacia la noche.

Los pobladores a la mañana siguiente se lamentan. Los padres adoptivos de Cymtra temían lo peor. Buscaron por todas partes a la joven sin encontrar un solo rastro de violencia. Solo, los pasos hacia la parte desconocida del bosque, donde ningún hombre ha podido entrar o salir. Unas huellas son reptantes y las otras, son de las usuales botas de Cymtra.

El festival tendrá que esperar. Restan candidatos en el pueblo para una cacería nocturna. Tal vez ello traerá también de vuelta a Cymtra.


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