¡1, 2, 3 por ti!

Claudia García

—18, 19, 20… listos o no ¡aquí voy!

El pequeño comenzó a correr entre risas, ansioso por encontrar a mamá y papá, demostrando así quién era el mejor jugando al escondite. Después de caminar por aquí y por allá llamándolos a gritos, una sensación desagradable comenzó a crecer en su pecho, sensación que aumentaba con cada paso que daba.

La casa le comenzó a parecer grande, muy grande, los pasillos se volvían como esas serpientes enormes que aparecían en los libros que su padre tenía en el estudio; caminó cada vez más lento hasta detenerse por completo. Un profundo silencio lo rodeó ahora que las risas y los gritos habían terminado, mientras un gesto de preocupación se revelaba de a poco en su carita sonrojada por el frío.

—¿Mamá?¿Papá? —preguntó a media voz, pero al no recibir respuesta, y sintiendo el miedo crecer en su interior, gritó cada vez más fuerte—. ¡Mamá! ¡Papá! ¡Mamá! ¡Papá!

En ese momento se oyeron pasos a lo lejos llamando la atención del niño, que estaba al borde del llanto. Con creciente alivio, aunque no por eso menos angustiado, se adentró deprisa en un pasillo; corrió por mucho tiempo, y seguro hubiera continuado de no ser porque tropezó con un objeto del suelo, dañándose la rodilla. Estuvo un rato sentado en el suelo, llorando y esperando a que su mamá apareciera, sin embargo, todo a su alrededor siguió tan vacío como antes.

Un sonido parecido a pisadas se volvió a escuchar, esta vez más cerca.

—¡Mamá! ¡Papá! —exclamó el niño con renovada alegría.

Deseoso de encontrarse con sus padres lo más pronto posible, se levantó con cuidado y deambuló otro rato, prestando atención a cualquier cosa a su alrededor; era increíble la cantidad de basura que encontró a su paso y cuando se topó con pedazos de vidrio y otras cosas filosas, frunció el ceño. Si su madre estuviera ahí, lo tomaría de la mano para alejarlo lo más pronto posible.

Después de un tiempo se dejó caer, totalmente exhausto; por más que pensaba en que sus padres seguían escondidos y que sólo tenía que buscar más para encontrarlos, esa sensación desagradable continuaba creciendo en su pecho, llenándole los ojos de lágrimas.

Ya no quería jugar, ya no quería ganar, ya no quería ser el mejor jugando, ya no quería jugar, ya no quería jugar… ya no quería… YA NO… YA NO…

Un ruido lo distrajo justo cuando empezaba a llorar.

Una sonrisa iluminó su rostro al pensar que por fin el juego había terminado, así que sin perder tiempo se levantó, listo para encontrarse con sus papás.

Los pasos estaban más cerca.

La sonrisa se fue borrando de su carita al escuchar cómo el ruido se hacía más fuerte, porque ese ruido era de muchos pasos, eran demasiados pasos que se acercaban cada vez más.


El alivio se transformó en miedo cuando comprendió que aquello que se estaba acercando no eran mamá y papá; de un momento a otro el juego había cambiado y ahora era él quien debía esconderse, con la esperanza de que no lo atraparan.

Se echó a correr por el primer pasillo que le pareció se alejaba más de ese lugar, sólo para detenerse por el cansancio poco después; el cuerpo le dolía y le costaba mucho respirar, su angustia sólo aumentó cuando comprendió que no podría correr más, mientras el retumbar de pasos se escuchaba más cerca, cada vez más cerca…

Los ojos del niño se abrieron enormes cuando una voz a su espalda gritó:

—¡Te encontré!


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