El monstruo o cómo aprendemos a actuar

Daniel Chino Damián

La ficción es aquello que sustenta al Teatro, a veces al Cine y gracias a la aparición de los realitys cada vez menos a la Televisión, pero ¿qué es la ficción? Para comenzar es necesario plantear que la ficción no es sinónimo de mentira o engaño, sino que más bien es una manifestación construida de la verdad. Personajes, relatos o lugares son inventados desde la imaginación o la creatividad -que recordemos se define como crear algo nuevo partiendo de elementos conocidos o existentes- y pasan a nuestro día a día aun sin pertenecer a la dimensión de lo real. En otras palabras: ficción tampoco es sinónimo de real, pero sí de verdadero.

¿Cómo puede ser algo verdadero pero no real? Imaginemos: Juan tiene 6 años, siempre le han dicho que de portarse mal, El Coco se lo llevaría. Pasan de la medianoche y Juan tiene ganas de liberar su vejiga. Juan no se atreve a levantarse e ir hasta el baño por miedo a que este ser sin rostro, terrorífico, sin antecedentes pero malvado, con poderes sobrenaturales pero sin la capacidad de no tropezar con una mesa y hacer ruido, ese ser le impide a Juan asistir a una necesidad natural. Al paso del tiempo la acumulación de pis hará que Juan vaya al baño sin vencer el miedo. Se dará prisa y presionará la luz del baño encendida hasta el último instante en el que, al apagarla, habrá que salir corriendo hasta la seguridad de la cama (¿quién te dijo, Juan, que las camas son zona de tregua?). Juan escucha un ruido a mitad del camino –Es un lamento del Coco– se asusta y corre más rápido de lo pensado. Llega a la cama y todo está bien. El Coco, acá entre nos, no existe, no es real; pero Juan todavía tiene acelerado el corazón y sus palpitaciones son reales. El Coco (como personaje) no es real, pero fue verdadero.

Lo verdadero entonces, es eso que nos puede repercutir en el plano real sin necesariamente pertenecer a él. En la realidad, sabemos que Will Smith tiene una mansión, pero uno llora y sufre por él en: En busca de la felicidad porque el tipo no logra encontrar un empleo.

La construcción del personaje El Coco no la hace Juan en solitario, hay toda una serie de antecedentes que lo sostienen: ir a la cama está bien, hay que dormir para descansar (la cama es un lugar seguro, Juan); ya aprenderás a ir al baño solo y entonces serás un niño grande (el simple hecho de ir al baño es un gran logro, Juan); si no te duermes algo malo vendrá y te va a llevar (despertarse es un acto de rebeldía, deberías estar dormido, Juan ¿Escuchas ese ruido? Es el Coco que vino ante tu insurrección de querer hacer pis).

Si tomamos siempre la premisa de que el monstruo viene cuando algo está mal, se está sesgando a un poderoso personaje a una connotación negativa. Prohibida de invocar y de imaginar, sin saber que también, este arquetipo puede ayudarnos a construir canales de comunicación, tanto intelectuales como emocionales. Más que llamar al Coco cuando hacemos berrinche, tratemos de pedirle ayuda al Cucu, el monstruo que vive en el hombro de mamá y al que mis lágrimas le hacen bien. A Trancos, el monstruo marrón con forma de calcetín viejo de papá, que escucha los secretos que nos avergüenzan.

El sistema de creación ficcional, creatividad e inventiva está en los genes del ser humano y se activa desde temprano. Las infancias están en contacto constante con el rol de actores y actrices; yo soy Messi y voy a tirar un penal, lánzate a la derecha para que lo detengas; voy a trabajar como mamá y estas piedras que piso son mis tacones de abogada; estos pasteles de chocolate no se comen porque son de lodo, pero son de chocolate. Es así que podemos ajustar esos arquetipos “malignos” para poder educar distinto. Modificar la educación con miedo por educar desde la confianza, dejar los gritos por el silencio, la violencia por la serenidad, la prisa por la paciencia y convertirnos así en los monstruos de las infancias. Los monstruos buenos que viven en el ropero y nos acompañan a hacer pis cuando nuestros padres duermen.

Los monstruos que están ahí aunque no los veamos y que algunos adultos llaman: seguridad, confianza y amor propio.


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