El velo azucarado

Ilse Basurto

El amor se cierne sobre nosotros como un velo, adornado con flores, mariposas y azúcar multicolor, pero, al fin y al cabo, no deja de ser un manto que nos impide la visión clara, que le da a todo un toque específico: el de la idealización. Bajo esta visión del mundo, se pueden dar las situaciones más adorables o las más siniestras. De inicio, al conocer a alguien, todo parece miel sobre hojuelas, creemos que la persona amada es el “príncipe encantador o la princesa de ensueño¨, que ha sido creado solo para nosotros. Con este sesgo enaltecemos hasta el más mínimo gesto que se acerque a nuestro ideal romántico y comenzamos a hacer a un lado las imperfecciones que, de haber visto a tiempo, podrían, salvarnos de la catástrofe. ¿Cuántas veces no hemos dicho estas frases? “Es tierno, quiere protegerme de todo, por eso pasa por mí siempre”, “se pone celosa de mis amigas porque me ama”, “me dice qué ropa me queda mal porque desea que siempre me vea guapa para él¨.

Lo que no notamos es que, tras estos engañosos gestos de amor, que tan fervientemente nos instruyeron a buscar y tolerar, se encuentran amenazas escondidas, advertencias de un futuro angustiante. Usualmente no nos enseñan que cuando cedemos a algo pequeño, fácilmente vendrá la renuncia a más cosas. Renuncia que en algún momento se vuelve muestra de amor, obligación o incluso autocastigo. Porque claro, si ya permitimos algo terrible, parece que no tenemos derecho a negar que se repita por habernos puesto en esa situación. Es así como el príncipe encantador o la princesa de ensueño se transforman. Su lado oscuro gana terreno poco a poco. Como si prohibir usar una falda implicará solo quitarse la corona, un gesto que consideramos adorable, pero después se convierte en entregar todo el tiempo libre, renunciar a los pasatiempos, a los amigos y familia, aislarse dentro del mundo controlado por aquel príncipe, en donde se desenmascara y nos muestra el aterrador villano que realmente es.

En algún punto ese control asfixiará lo bueno, se volverán gritos, golpes, abusos. Un día despertaremos y la angustia será insoportable, con el miedo siempre recargado sobre nuestro hombro. En algún momento no podremos hacernos de la vista gorda ante la verdad innegable: jamás existió el príncipe ni la princesa. Miraremos hacia arriba para encontrarnos con el velo antes multicolor, ahora ennegrecido, como azúcar quemado. Es aquí cuando comenzará el verdadero terror: ser consciente de una situación de la cual no sabemos si es posible salir, de la que tal vez parezca no haber otros caminos.

Caer en la trampa del amor idealizado es caer en la trampa del para siempre. Afortunadamente es solo un sortilegio. Tal como se cae la fachada del príncipe, también se puede caer la de la eternidad, así como nos fueron arrebatados poco a poco la ropa, los amigos, la tranquilidad. De la misma manera, debemos recobrar las fuerzas, poco a poco, ganando pequeñas batallas contra el abusador. Sobre todo, ganando la guerra definitiva, aquella contra la culpa, contra nuestra desconfianza y nuestra autopercepción; esa que nos permita tomar la decisión definitiva: nuestra libertad.

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