Amor Siniestro

David Osnaya

Hace unos días me visitó un amigo que tenía por lo menos un año que no veía. Con el paso de las horas mezcladas entre la brisa y un par de tragos las palabras comenzaron a aflojar un poco nuestras lenguas, y un poco más la verdad escondida dentro de nuestros pechos. La noche siguió, sus impertinencias eran muchas como sus modales pocos, sus comentarios eran como una bola de frontón, pronto rayaban en lo grosero y lo inusual, así me preguntó: ¿Qué seguía haciendo en un pueblucho, cuando podía explotar mi cerebro y mis capacidades en otras partes? A sabiendas que nadie había sabido nada de él. Un verdadero cínico. Él no lo entendía, mi vida era fructífera si la tapizaba con tranquilidad, cada paso debe ser calculado con paciencia. El caso es que no pude evitar preguntarle con cierta agresividad por qué rayos nadie había sabido de él en más de un año. Su respuesta fue sorprendentemente directa: tráfico de drogas. Un día de regreso del punto “x” al punto “y”, un derrapón en su moto lo hizo caer, y en un abrir y cerrar de ojos, efecto de la instantánea inconsciencia, despertó con la Guardia Nacional en un lado y con una visa al infierno en otro. Fue impresionante su transición, de una prisión a tres anexos en un lapso de un año y dos meses, su voluntad y su orgullo blindados, como siempre, lo hacían derramar la guerra sobre sus muelas hasta sus pies, algo sobrehumano, de miedo total, aunque eso es parte de otro cuento.

Mi sorpresa fue incrementando, la noche seguía su camino, y mi amigo, aún adicto a la metanfetamina barata, sacó su bola de cristal con su adictivo veneno, comenzó a fumar en mi cara sin haber tenido la cautela de haber prestado atención de todo lo que pasó el tiempo de su desaparición, y todo gracias a su maldita adicción. No tuve paciencia, y de un brinco le dije: “¿Acaso crees que alguien podría amar a un monstruo como tú? ¿Por qué te sigues haciendo pedazos? ¿Por qué sigo siendo tu amigo? Deberíamos irnos, llamar al anexo y refundirte el tiempo que sea necesario”.
Mi camarada rio con una tétrica agudeza, dijo que el amor no existía, y que si podíamos decir que éste en verdad respiraba y se movía, estaba hecho de un fresco y dulce dolor, como su adicción. Fue interesante escucharlo, en su análisis decía que cada una de las mujeres con las que se había acostado, ahora eran novias de sus amigos drogadictos. Así hacía sus clientes, formaba parejas de adictos, que al siguiente día, después de una buena dosificación, sin saberlo, con la necesidad de la siguiente dosis, llegaban con las pertenencias de sus parejas: camisas, blusas, chanclas, pantalones de mezclilla, relojes, incluso sexo oral o una noche con sus parejas por tan solo cien o cincuenta pesos por unos gramos de droga. Una cosa siniestra. Una telaraña que él tejía sin remordimiento alguno para seguir ganándose la vida.

Con esta anécdota corto hilo, amarro el ojal, y sumerjo la aguja de la reflexión, porque pareciera que en los ideales de las concepciones sobre lo siniestro, los puntos de vista especializados o tal vez institucionales, darían por hecho que se trata de un tópico que se finca en la morbosidad, en la insistencia de la perpetración de una especie de germen violento que acosa a la sociedad con sus colmillos y sus garras, disfrazado de un bandido con el tatuaje de Billy The Kid en el hombro, o de una pandilla dedicada a la violación de cualquiera de los derechos humanos como una especie de hobbie o colección engendrada espontáneamente por el mal, un mal que habita naturalmente entre nosotros, los animales y las plantas desde tiempos remotos. Pero, ¿De dónde viene tal perversidad? ¿Hobbes tenía razón? ¿El hombre es un lobo para el hombre? ¿La maldad y lo siniestro son tan naturales como el amor?
Para algunos psicoanalistas la respuesta está escondida dentro de nosotros. En el inconsciente; esa especie de silenciosa y heterogénea voz mental cargada de símbolos. Ahí, en esa intima soledad donde se manifiesta parte de nosotros con base en pensamientos, ticks, muletillas, o gestos que no percibimos; aquella que, a través del proceso inconsciente de la asimilación de vivencias o experiencias vitales del individuo, se encarga de formar y manifestar el carácter de las personas, a tal grado que, con el paso del tiempo, termina por esculpir eso que llamamos personalidad. No soy psicoanalista, pero creo entender lo que dicen los estudiosos de la escuela de la sospecha freudiana al tratar de inferir que el origen de un carácter siniestro, antes de analizar fobias, filias, y cualquier clase de expresión sifilítica (obsesión, depresión, histeria, o la misma perversión en sus múltiples grados) es producto de un trato siniestro, poco amable, de una enseñanza agresiva, persuasiva, poco empática, destructiva, cuyo origen reposa en la crianza, momento vital de nuestra infancia.

La película de la Masacre de Texas o la vida del mismo Joseph Stalin me lo dejó claro: la primera, basada en los actos de canibalismo y tortura de una familia que residía en la extensión de territorio más grande de Estados Unidos, caso verídico, registrado en el departamento de policía de dicho sitio; y el segundo, hijo de un zapatero alcohólico que terminó por criar a golpes y maldiciones al protagonista de las masacres mundiales más grandes de la historia. Creo que para muchos, sino es que la mayoría, la palabra “siniestro o siniestra” englobaría cualquier personificación de la maldad imbuida en los genes humanos, si tomamos estas consideraciones por ahora como efecto de esta pesquisa. Entonces, ¿El amor es el juego más siniestro por primacía? ¿Juego que ganan las mentes más siniestras en la búsqueda de su complemento?

La rama psicoanalítica en el estudio de los incontables arquetipos humanos nos daría una respuesta objetiva y concreta de acuerdo con la relación de los amantes que se solicitan gracias a los compatibles huecos en sus corazones, pero ¿qué podemos decir para estar satisfechos de esta relación tóxica entre dos conceptos aparentemente en extremos distintos en la escala de valores? ¿En efecto, persiste un lado siniestro en el amor como el instinto materno en las especies animales?

No olvidemos que polos opuestos se atraen, hablando desde el apartado de la rama de la ciencia, de igual forma las relaciones entre los seres humanos son de los fenómenos existenciales con mayor índice de misterio en el espiral del tiempo. A pesar de lo dicho, el enigma, como en la caja de Schrödinger, es saber si el estado del amor, como el gato, es algo que está vivo como las mariposas que sentimos en el estómago al enamorarnos, o está más muerto y envenenado que el nepente que corre en el Hades gracias al gas de la perversidad.

Es cierto que las líneas tangentes que ahora han cubierto al dogma de rojo corazón se han visto atravesadas por tiempos difíciles, porque, para muchos hombres en medio oriente, especialmente en Palestina o Israel, el amor sería necesariamente la perseverancia de vivir hasta el último instante, esto sin dejar de proteger a su familia, enseñando a sus hijos a usar un arma de alto calibre. En África, por ejemplo, pensemos en el amor que inculcan los hombres residentes que aman y alimentan a su familia vendiendo especies animales, o mismos niños abandonados a compañías de tratas de blancas que comercian directamente con pedófilos millonarios para poder comer. Incluso, no nos vayamos tan lejos, hombres enamorados en México que por el amor que tienen a sus familias o a ciertas mujeres, para demostrar que pueden vivir un instante, se enlistan en la larga fila de sicarios que lavan con sangre y dinero sucio su manera de comprender la vida bajo la política de la “calle”.

Irónicamente, estoy siendo muy extremista, pero el paradigma que se abre entre el amor y su amante siniestro es un punto que está en el aire y la naturaleza como el CHONS (carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno) en los organismos, como nosotros. En este momento podríamos pensar que todo se resumiría en un “vive y deja vivir”, “no tengo vela en ese entierro”, “cada quien para su cada cual”, etc, y una vez más negaríamos mirar dentro de los corazones contemporáneos el gran horizonte corruptible que se abre gracias a un relativismo que tarde o temprano cobra las cuentas de una siniestra Secretaría de Hacienda que vive de nuestro olvido, de nuestra falsa condescendencia, poca responsabilidad y nuestro siniestro individualismo.

Con lo anterior no quisiera sonar como la señora regañona que te dice separes y tires
la basura en el contenedor o que limpies lo que tu perro defeca en la banqueta. Con lo siguiente quiero que miremos al cielo y veamos cómo la nave nodriza del amor despegó con sus siniestros agentes dentro, y si nos llevó consigo para darle la vuelta al mundo con la misión de buscar a nuestra media naranja, sólo sugeriría que no olvidemos que mirar dentro de nosotros y tal vez el otro, nos haría tomar en cuenta una variable más en esta ecuación existencial que abre paso a la relación paradigmática entre el amor y lo siniestro. Siempre se puede hacer algo para cambiar el resultado que surge después de amar a la persona equivocada, persona que intercambiaría vicios por latidos, al menos eso creo.

Por lo pronto para acabar con la historia con la que comencé la narración, después de otros tragos, mi amigo de la infancia terminó por llorar por la que se iba a casar con él, porque si no lo mencioné, estaba comprometido el cabrón, y digo iba, porque me confesó que lo estaba engañando y le dolía al pobre cínico, que a pesar de que él también la engañaba, era muy diferente para el machito. El caso es que la sustancia que había consumido lo hizo sacar lo peor de sí, marcó a la chica, no le contestó, frenético pidió un taxi y me dijo que si no se comunicaba en una semana conmigo, era porque no estuvo dispuesto a perdonarla y dio el siguiente movimiento marcado por un gatillo ansioso de soltar dos balas, una en el pecho de su Iztaccíhuatl y otra en su cabeza de Popocatépetl.

Naturalmente lo deje ir. Mi amigo, perdido en las drogas, exponente de quien sabe cuántos jóvenes desesperados, impulsivos, enfermos y ansiosos en el país, era un monstruo más que reptaba en el mundo. Yo lo miré salir agresivo y, desanimado, terminé por irme a dormir. A la mañana siguiente mi antihéroe me llamó, me dijo que no pudo hacer nada, que después de tres tiros en el aire, lloró en la puerta de su amada, que íntegra e indignada lo dejó pasar. Hicieron el amor, y al término de su encuentro sexual le confesó que no quería nada con él, su efectividad en la cama era lo único que la hacía sentir atada a su despreciable ser. Mi camarada insistió, se arrastró y dijo que iba a cambiar, ella no prometió nada, ya estaba con otro hombre, más determinado, aunque más alcohólico, más político, más poderoso, bueno, más macho de traje y corbata. El hombre siguió hasta conseguir un turbio sí, y con una siniestra risa, me dijo que eso no se quedaría así.

Y bien, Shakespeare diría que el amor es una tragedia con sus ciertos niveles de perversión y maneras de concebir la siniestra maldad en nuestros corazones, riesgo que debemos estar dispuestos a afrontar si nos sentimos listos, y que de acuerdo con ello el mundo girará hasta convertirse en la bestia que fue destinada a ser. Y yo diría que espero no haber recibido tantas nalgadas de pequeño, porque si no, estaría perdido, y obligado a que mi siguiente novia vistiera siempre con jeans y un cinturón cada vez más grueso.

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