Ménage à trois

Line Daza

“Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón,
la bella Inés, el jamón,
y berenjenas con queso”.

Baltasar del Alcázar

Desde siempre, la comida ha marcado un punto de reflexión en mi vida. El acto de comer es una forma de experimentar emociones, sensaciones; es un placer que me otorga orgasmos bucales o, por el contrario, provoca en mi gran displacer y aburrimiento. Por esta misma razón, los grandes hitos en mi vida se caracterizan por el tipo de comida que se sirvió en aquel momento, así como la forma en la que devoré.

Por ejemplo, mi niñez temprana sabe a verduras desabridas, a la sazón apurada de una madre soltera con dos hijas y un trabajo, sabe a experimentos veganos fallidos y a caldo de pollo. Por otro lado, en la pre-adolescencia, la cocina de mi abuela sabía a tradición, a experiencia, a ama de casa relegada, a fastidio. No tenía importancia cuál me sirvieran, yo devoraba ambas con avidez.

A los catorce ya me consideraba una persona hambrienta. Hambrienta de conocimiento, de poder, de diversión, de risas, de sensaciones nuevas, de libros, pero en particular, de comida. Éramos ella y yo, dentro de una burbuja rosa, una relación monogámica perfecta llena de amor, confianza, de placer. Al inicio me hacía sentir completa, dichosa, pero con el paso del tiempo reveló su lado infernal.

Así, con el cóctel de hormonas, las caderas de las Nolasco, y claro, los atracones diarios, los estragos de mi relación perfecta se volvieron visibles. Poco a poco renuncié a las ombligueras, los vestidos cortos, tacones o cualquier prenda reveladora, pero yo seguía enamorada e incapaz de ver magnitud del problema. No fue sino hasta que mi santa madre replicó: “Mejor te cambias, te ves un poco carnosa”, cuando supe, con certeza, que algo iba mal. El amor mutó en culpa, luego asco y finalmente en purga.

La purga, el tercer integrante de la ya de por sí enfermiza relación, hizo de las suyas por primera vez en mis veinte durante el final de semestre. No había obtenido las calificaciones esperadas, así que comí dos veces de todo en un buffet Chino, incluso postres de dudosa calidad. Durante las siguientes dos semanas tuve vómito y diarrea, con los que perdí, al menos, cinco kilos. De esta manera, descubrí las bondades de la purga, la cual manejaba una sensación de vacío excitante, una nueva forma de experimentar todo el placer sin la culpa, o eso creía.

Inmediatamente vino la segunda purga, y como en toda relación poliamorosa mediocre, mi antigua amante quedó en segundo plano. Tomé ventaja de mi presupuesto limitado, el material universitario, los libros, los pasajes, ropa, cigarros, esto me permitía costear mi nuevo cuerpo; pero el hambre, el hambre siempre estaba allí acechándome en cada instante. Muchas veces caí en tentación, en especial cuando mis amigos iban a almorzar. Los veía disfrutar sus alimentos, mientras que mi mente hacía los cálculos correspondientes para quemar todo esa basura. Opté por dejar de pasar tiempo con ellos.

El trío no funcionó, por supuesto. Mi amor hacia la comida se volvió repulsión, se transformó en una cifra, en un constante recordatorio del hambre, del miedo, por lo que me refugié en la purga y sus frutos.

La tercera purga vino a los veintitrés, incluso a pesar que ya no podía culpar al estrés universitario por la inusual baja de peso, hallé otros caminos eficaces para seguir con el amorío: cardio, un empleo de tiempo completo, ayuno. En algún momento de esos años, mi madre me vio desnuda y comentó: “Pareces un perro parado”. Tiré una carcajada, apenas alcanzaba los 47 kg.

La burbuja me explotó en la cara en 2017, cuando el doctor dijo que mi sangre era más similar al agua, además el corazón podía dejar de latir de un momento a otro. Me conectaron a un par de intravenosas vitaminadas, me horroricé, cada paquete contenía alrededor de 1500 calorías, ya era imposible ignorar en lo que ese trío mortal me había convertido. Libré esa batalla, mas no la guerra. Hoy, estoy a años luz de hallar una salida del laberinto en que sigo luchando contra las intermitentes purgas, los atracones, las cuentas calóricas, las largas caminatas, las básculas, el lanugo, la gastritis crónica, pero sobre todo, la desesperación ante mi propio reflejo. No todo está perdido, la respuesta es clara: el juez, el verdugo y el prisionero, aquel mórbido trío, tienen mi rostro, en algún momento se volverán hacía mí con compasión.

Publicado por

line1777

Obsesiva cambiante. Obsesión del mes: Dark Tower Obsesión fija: Grey's Anatomy, Dragon Age y Diecisiete

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