Última Ronda

Daniel Greene

Esta noche el guerrero se levanta por última vez. Su figura monstruosa no volverá a escapar de su vitrina, acechándome cual cazador. Hoy le daré la pelea que me exige desde hace mucho. Me incorporo de la cama, aún adormilado; la luz de la luna y los faroles del jardín iluminan mi habitación con un blanco frío.

Un tío de México me lo regaló después del campeonato: nueve rounds de golpes sin parar. Los que alcanzaban mi cabeza me hacían ver todo oscuro. Cuando gané, mi tío Eulalio compró (quién sabe dónde) una figura azteca, enorme e imponente. De algún modo, la escultura no estaba en el Museo de Antropología. Me la envió con una nota «Un guerrero para un guerrero», y le puse una vitrina con iluminación propia. En aquel entonces, mi Huitzi (porque así le llamaba), no se movía aún, contento en su firmeza de roca. Contento en nuestra tranquilidad.

Tres años más tarde, me retiré. Me coroné campeón y disfruté mis primeros meses libres, viajando y mimando a mi esposa Julia y a mi hijita, Anessa. Después de todos esos años de chinga, de irme de mojado, de podar jardines y entrenar como loco, mi trabajo rendía sus frutos.

No sé si hice algo para molestar a la escultura más allá de no pelear, pero empecé a sentir que me miraba fijo, aun con timidez, como un niño curioso tras las faldas de su madre. Con el tiempo, lo veía moviéndose por el rabillo del ojo y, cuando yo volteaba, él seguía en la misma posición. Una Navidad, cuando ya me había tomado suficientes mezcales, le dije a Julia que el Huitzi me miraba a veces. Todos se rieron y me callé. «Por supuesto que no, tonto, las estatuas no miran a la gente; solo parece que las miran, como esas pinturas donde Jesús te sigue con los ojos».

Al segundo aniversario de mi retiro, me hicieron un tributo en la tele, me iban a meter al Salón de la Fama. «El mejor boxeador del siglo veintiuno» me llamaron. Esa noche, el Huitzi se irguió. Estaba yo acostado cuando escuché que algo crujía y rozaba. Desde que era niño, mamá me explicó que las casas truenan por la noche. Esto era distinto, como especias reventando en un molcajete. Las luces del patio parpadearon, y pensé que quizá se había metido algún ladrón. Traté de levantarme tras el pendejo ese, pero mi cuerpo se volvió pesado, como una gran piedra. No podía mirar a otro sitio que no fuera mi techo. Solo podía escuchar. Sus primeros pasos recorrieron mi pasillo, se detuvieron en mi habitación. Quise mover a Julia, quise gritar. Mis ojos no se apartaban del techo, unicamente lo oía acecharme. Poco a poco, se acercó hacia mí, pude ver su rostro pintado y sus ojos llenos de furia: unas pupilas enormes, con un destello rojo anormal. No parpadeaba, solo lo sentía respirar fuerte contra mí, con sus exhalaciones de toro tan calientes como el aire de un volcán. Y yo no podía apartar la vista, no podía cerrar los ojos, no podía maldecir ni rezar a la virgen, solo seguir mirando. Aunque no abrió la boca, escuché sus palabras directo en mi interior.

«PELEA». me dijo. «PELEA HASTA LA MUERTE GLORIOSA. TRANSFÓRMATE EN COLIBRÍ Y VUELA CONMIGO REPARTIENDO SANGRE Y FURIA».

«QUIÉN TE CREES PARA DEJAR LA GUERRA CON TU VIDA INTACTA. SI TE PIENSAS DEMASIADO BUENO PARA PELEAR CON TUS HERMANOS MORTALES, PELEA CONMIGO Y APRENDE DE HUMILDAD»

Me paré de un tirón: él ya no estaba. Al sentirme, se despertó mi Julia, que miró alrededor antes de plantar los ojos en mí.

– Miguel, ¿qué pasó?

– Vino el Huitzi, quiere pelear conmigo.

Le expliqué que, sí, Huitzi se había levantado de su vitrina. Que sí, estaba seguro. Ella trató de convencerme que había sido una pesadilla, un terror nocturno como los que tenía Anessa hace unos años. He tenido pesadillas, tenía terrores nocturnos cuando era un escuincle. Nos mantuvimos despiertos toda la noche haciendo guardia. Revisé los corredores, los cuartos, la vitrina. Revisé hasta los patios. Julia me preparó un café bien fuerte y se sentó conmigo en el desayunador.

El Huitzi se irguió varias veces a partir de entonces, se me plantaba en la cara para burlarse de mí. Yo me quedaba inmóvil, como un tonto, escuchándolo hablar y hablar. Empecé a quedarme dormido durante el desayuno, con la comida en la boca. Julia me recomendó pastillas para dormir aunque yo solo fingía tomármelas. No soy de medicamentos, nunca lo he sido, y no voy a tomar de esas cosas por algo que no se arregla con un doctor. Después, Julia le dijo a mamá, me envió té de hierbas, me mandó a poner cruces de ocote en las esquinas de los cuartos y hasta envió a un sacerdote. «Es que no trajiste al Padre a bendecir el nuevo patio, mi’jo, no lo mandaste traer y ahora se te sube el muerto». Los ojos de Hutzi aún me seguían, ya no se escondía en la oscuridad. Cuando me quedaba dormido en la sala, lo sentía levantarse hacia mí. Eso a Julia ya no se lo conté, y Anessa era muy chiquita para enterarse. Tal vez ella también lo veía y el miedo la hacía guardar silencio. Tal vez ella era mi único testigo.

La falta de sueño empezó a desorientarme: Julia se iba de la casa, y varias veces le llamé, porque no recordaba dónde me había dicho que salía. A veces, llamaba por teléfono, y escuchaba su tono de celular dentro de la casa: había ido al baño o al garaje o a la habitación de junto. Y en el cuarto aniversario de mi retiro, me habló del doctor. El doctor Uichilobos era un experto en Alzheimer. Le habían contado ya de mi caso y quería ayudar. Julia tenía una lista enorme de exámenes que debían de hacerme antes de la consulta. Enfurecí. Le grité a Julia tan fuerte que Anessa se echó a llorar. La furia no era con mi esposa, era con el guerrero, que había hecho a mi familia creer que estaba loco. Le di un puñetazo a la vitrina y el vidrio cayó despedazado.

A la mañana siguiente, le pedí disculpas a mi esposa, pero ella no me dirigió la palabra. Tomó a Anessa y se fue a pasar unos días al rancho de mis suegros. Las primeras horas, me quedé en la sala, viendo al Huitzi fijamente. Le grité. Le dije que se parara, le ordené que se fuera por el poder del Señor. No se movió ni un poco. Se limitaba a devolverme la mirada. Le hablé a un amigo que vivía en Paris, para que viniera a recoger la escultura, como una donación privada. El Huitzi se iría a pudrir a un museo del otro lado del mundo, lejos de nosotros. Se convino una fecha, me dijo que después me llamaba. Me despertó el celular, era Julia. Anessa había tenido un accidente. Andaba persiguiendo un colibrí y se resbaló al trepar una barda. Los de emergencias le dijeron que tenían que abrir su cráneo para aliviar la inflamación. La habían llevado por helicóptero al Texas Children’s, y pronto iba a entrar al quirófano.

Me subí al auto y salí hecho un demonio, ni siquiera apagué las luces del patio. En el hospital, abracé a Julia, las discusiones se habían quedado atrás. Esperamos nueve horas, después, catorce días. Anessa había salido bien de su operación, y su corta edad fue de ayuda para reducir las secuelas. Volvimos a casa desde Houston (las luces seguían encendidas), felices porque Anessa había vuelto con vida. Pero todas, cada una de las noches que pasé en el hospital, soñé con la escultura. Recordaba su rostro y lo que yo había hecho. Cancelé el trato con París. Si esa cosa era capaz de hacerle daño a mi hija solo porque acordé donar al Huitzi, no quería imaginarme lo que haría si de verdad lo sacaba de mi casa.

Eso me dejaba con la duda de qué demonios hacer con él. Todas las noches, me ponía a rezar. Así he vivido esta última semana, confundido y encabronado, callándome la verdad sobre el accidente de Anessa. Colgué una cruz frente a su vitrina y, junto al Huitzi, una figura grande de San Judas. Las primeras noches funcionó, me levantaban solo los quejidos de mi hija o Julia, que se paraba a revisar que Anessa no tuviera convulsiones.Esta noche, escucho sus pasos; no se dirige hacia acá, sino hacia el cuarto de mi hija. No me puedo mover, los rezos se me mueren en la boca. «Padre nuestro que estás en el cielo. Padre nuestro». Si quieren pelear, que peleen conmigo. De algún lugar saco las fuerzas, me arranco de la cama, salgo con paso firme hacia la habitación de mi hija. Allí, inclinada sobre la cama, una figura negra. Mi niña gime, la figura toca su frente. Me lanzo contra él. Le doy dos golpes rectos, la figura me responde arañándome la cara. Es verdad, ya no es box, aquí no hay reglas. Un grito me inunda de energía, y le golpeo la nariz una y otra, y otra vez. Lo golpeo tan fuerte que, si no lo mato, lo haré arrepentirse. Sus chillidos de bestia taladran mis oído y, aunque si me da unos cuantos golpes, cae después de poco. Sigo golpeando. Un par de dientes vuelan hacia la alfombra, una cara deforme se esfuerza por respirar. No es él.

Cuando se me aclara la vista, no veo en su cara los ojos de Huitzilopochtli, si no una expresión asustada, de quien no sabe qué se le viene. Me incorporo, me palpitan los puños. La figura no se ve fuerte y musculosa, más bien pequeña y frágil. A lo lejos, un sonido baja por la calle, como de tambores. Ahí viene la pelea principal, desfilando con su música de guerra, hacia mi casa. El Guerrero mandó alguien a lastimar a mi hija, y ahora, por fin, viene a enfrentarme. Cruzo la habitación, el pasillo, el patio; las calles se iluminan con las luces de los vecinos y un montón de luces rojas, ondeando como flamas. Una fila de figuras negras como la que había golpeado se detienen frente a mí y, entre ellas, una figura más grande, con los ojos reflejando las flamas con tal intensidad que parecían tener luz propia. Aprieto los puños.

–  Grabando.


La muchacha suspiró. El periodista, fuera de cámara, asintió con la cabeza, sonriendo un poco para darle ánimos. Aunque solía estar más bien detrás de las escenas, la muchacha hablaría en cámara para decir la verdad. Como no quería ver al reportero, ella miró hacia el fondo de la sala, y fingió hablarle a la vitrina.

Cuando tenía ocho años, tuve un accidente, desde entonces tengo convulsiones. Cuando recién había vuelto a casa después del hospital, tuve un ataque epiléptico a media noche. Mamá fue a verme, la recuerdo junto a mi cama. Papá había estado… raro, no sabíamos por qué. En esos últimos años, se había vuelto un hombre cada vez más irritable, con una paranoia sin motivo. Cada vez discutían más, por pequeñas cosas. No sé si habían peleado mientras yo estaba inconsciente, papá entró a la habitación y, sin decir nada, la golpeó. Mamá le pedía que se detuviera. No dejaba de gritar. Ver los golpes me asustó tanto que me quedé quieta, paralizada contra el colchón. Mamá ya no gritaba y solo se oía un borboteo. Supongo que algún vecino los escuchó, porque fue más o menos entonces que escuché las sirenas de la policía. Me dicen que papá salió, sin hacer caso a sus instrucciones. Siendo honesta, no los culpo. Nadie en la familia se dio cuenta que papá estaba mal, que tantos golpes le habían arruinado la cabeza. ETC, le dicen. Los síntomas empezaron aún antes de retirarse, y culminaron en lo que sucedió aquella noche. Mamá no está. Papá no está. Cuando se vendió la casa, al inicio quise deshacerme de todo. El dinero que recaudé de la venta se usó para empezar la Fundación Miguel para la Encefalopatía Traumática Crónica, pero me quedé con la escultura de Huitzilopochtli que tanto apreciaba papá.

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