Camino hacia la noche triste

Lord Crawen

― Dile que explique, ¿cómo es que puede hablar con sus dioses y estos le responden? ¡Traduce ya, joder!

Diego de Ordás, fuera de sus cabales por no poder contener la rabia de lo que estaba buscando, solicitó una reunión con su entonces prisionero Moctezuma, al cual, no le sacaba mucha historia respecto a su búsqueda. Jerónimo de Aguilar instaba a Moctezuma a que expresara lo que Ordás insistía en obtener. Sumamente desesperado, Ordás se fue al cuello de Moctezuma, abriendo y cerrando sus fauces como la bestia que era.

Cortés llegó detrás, lo apartó del cuerpo de Moctezuma y exigió respuestas.

― ¿Podéis deciros que ocurre aquí? ¡Ordás! ¿Te has vuelto loco? ¿Observáis siquiera lo que hacéis aquí? Generarás una revolución sin nombre con el resto de los mexicas.

― Navegante rastrero, tú has venido por conocimiento y tierras, yo he venido por conocimiento y grandes tesoros que tu mente jamás podrá entender.

― No conseguirás nada de eso si mañana amaneces muerto. Tendré que generar un nuevo plan, esto ya no puede retroceder. ¡Ordás, entrega de nuevo a Moctezuma!

Ordás le dio la espalda y salió de sus aposentos. Se internó nuevamente en la ciudad de Tenochtitlán en busca de lo que los magos y astrólogos del viejo mundo tanto buscaban: el meztli amoxtli.

Dicho libro, decían, contenía los relatos de los inicios del hombre mismo, la creación de las tierras, así como las leyendas de gigantes en el mundo, listos y postrados en este para erigirse nuevamente. Quien pudiese leer dicho libro, tendría control de los gigantes.

Tallado con la piedra del meteorito y con un extraño papel que sólo podía leerse a la luz de la luna llena, le seguía siendo imposible de localizar.

Por ello el plan de Ordás estaba en secuestrar al huey tlatoani Moctezuma; sin embargo, el pueblo todavía no se daba por enterado de dicho movimiento por parte de los españoles. Y Cortés no ayudaba mucho a la búsqueda de la verdad.

Mientras paseaba por Tenochtitlán, una mujer tomó la mano de Ordás y le internó a través del bosque sin decir una sola palabra. Recorrieron el camino, aunque Ordás sólo podía ver el blanquecino vestido de aquella mujer y no su rostro. Llegaron a lo alto de un monte. La mujer se detuvo y pidió a Ordás, asomara la vista hacia el fondo. Temeroso por algún extraño movimiento, el español miró sobre el hombro de aquella mujer hacia el fondo, donde preparaban una gran fiesta. Ahí, tres hombres distintos al resto, colocados en tres puntos diferentes del lugar de reunión, bajo togas color púrpura sin mostrar su rostro, alzaban sus manos. En el centro, un pequeño podio; no construido de madera, sino de metal puro, cosa que ningún poblador siquiera conocía; sin embargo, ellos danzaban sin reconocer a los tres participantes del rito. El ser en el pináculo de la triada se acercó al atrio de metal y de la nada, se aperturó el libro que tanto buscaba Ordás.

Asustado, Ordás decidió abandonar el sitio al descender la colina; pero aquella mujer le tendió el brazo, sosteniéndolo fuertemente. Ordás volteó la mirada y ante él, el rostro inconfundible y esquelético de la muerte le fue revelado. Aquel ser nocturno lentamente, puso sus esqueléticas manos sobre la cabeza de Ordás, haciéndolo entrar en un terrible trance.

Pasaron días y Ordás se levantó de su lugar de descanso, sucio y hambriento. Se asomó sobre la colina para observar el valle y lo único que vio fue destrucción entera en toda la plaza. El atrio y los hombres de las ropas púrpuras no estaban. Entró en pánico y corrió a donde Cortés, quien ya increpaba a Moctezuma calmar a la población.

― ¡Hernán! ¡Hernán detente!

Cortés desenvainó la espada mientras Ordás corría a su encuentro. Amenazándolo, siguió con la espada al frente.

― ¿Dónde has estado todo este tiempo? ¿Encontraste lo que buscabais? ¿O será que todos estos hombres ya sabían sobre lo ocurrido? Mis hombres te vieron partir con una mujer hacia el monte y no habéis vuelto en días. ¡Cuéntame tu historia!

― El libro estaba ahí, en la plaza, donde los hombres…

― Donde los hombres estaban organizados bajo el valle. Coincidencia que supieras de la reunión en la plaza sin mencionarla. ¡Habla Ordás! ¿De qué lado estás?

― Ya te dije que no tienes idea sobre lo que ese libro contiene, los misterios de este mundo, los dioses de ellos. La mujer que me llevó a la colina no era un ser de este mundo, era la misma muerte, quien me mostró la caída de tu imperio en esta noche. Vámonos de este lugar, repliéguense, lo único que va a hacer es que tú termines derrotado. Encontrarás un enorme árbol que simboliza la muerte y ahí encontrarás tu destino, navegante.

― Que linda historia, Ordás, como un cuento para infantes. ¿Os habéis dicho todo ya? Porque tengo trabajo que hacer. Tuviste la brillante idea de secuestrar al huey tlatoani. Y ahora me venís a decir que lo que he perpetrado está mal y perderemos la batalla. Te recuerdo que tú insististe en venir a este “nuevo mundo” en busca de tus brujerías, yo solo he venido, como decís, como un viejo navegante en busca de tierras. Pero tú has venido de la mano del diablo. Así que desaparece de mi vista antes que te entregue a los mexicas y te arranquen el corazón.

Ordás, antes de salir del palacio, observó el rostro de Moctezuma, quien calmado, decía algunas palabras en su lengua. Tal vez, pedía a sus dioses salvación. Mientras más miraba a Moctezuma, se asomaba más el rostro de la muerte, del dios Mictlantecuhtli.

Expulsado del palacio, Ordás buscó apoyo de hombres fieles a él para seguir buscando el libro. Les dio la orden de no salir esa noche al enfrentamiento. Les dijo que habría neblina y total oscuridad, si deseaban salvarse, lo siguieran.

Así ocurrió aquella noche. Mientras los mexicas destruían por completo el ataque español y a los hombres de Cortés, Ordás volvió a la plaza en busca de respuestas con algunos hombres. Y ahí, delante de él, aparecía nuevamente, en su radiante vestido, la mujer que era la muerte. Los hombres dejaron en soledad a Ordás. Hablando en su idioma, el ser fantasmagórico le dijo:

«Fue escrito y está hecho».

Con ambos oídos y palabras huecas, Ordás impugnó a aquel ser conocer tan bien su lengua. Se arrodilló ante ella, pidiéndole le mostrase el mundo que tanto necesitaba ver.

«Ocultos están en el viejo ahuehuete. Acude a verle».

Ordás subió la colina rápidamente. La batalla había terminado. Pudo ver a los mexicas asestando los últimos golpes al ejército español. No paró de observar aquello cuando el filo de una espada atravesó su abdomen. Envuelto en llanto, el navegante Hernán Cortés, era quien le había enterrado el arma. Ambos abrieron los ojos en señal de asombro y terror. Cortés retiró el arma y acudió en ayuda de su connacional.

― En el árbol… cava… gigantes… cava…

Cortés, extraviado, destruido y sin una batalla por ganar, comenzó a cavar una tumba cerca del enorme y tétrico árbol, donde enterraría al navegante más extraño de su tripulación. Tardó bastante en hacer el agujero enorme para el descanso final de Ordás. Le ardían las manos, los ojos y el alma. Estaba cansado y no podía entender la forma en la que todo aquello ocurrió, justo como Ordás había predicho.

En el fondo, mientras Cortés finalizaba su tarea, pudo sentir una roca endurecida y puntiaguda. Cavó lentamente y descubrió un enorme códice, empastado en roca. Abrió aquel libro y no encontró más que páginas en blanco. Enterró a Ordás y se llevó el libro. Al volver hacia sus barcos, lo tiró en algún lugar, perdiéndose ambos entre la niebla y la derrota de aquella noche triste.

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