La educación del pueblo Mexica

Thania Guevara Sánchez

Leer a Fernando Díaz Infante en La educación de los Aztecas, cómo se formó el carácter del pueblo mexica es un grato regalo del cual todos deberíamos participar. El autor describe de manera detallada no tan sólo el contenido sobre las técnicas educativas con las cuales los niños eran formados, sino que también en sus palabras podemos apreciar la profunda admiración y respeto que él sentía y que, tras la lectura de este texto, hemos de compartir.

Expresa de una manera bella y clara el valor de la educación en la antigüedad, y sus palabras resuenan con fuerza actualmente: in ixtli, in yollotl “alcanzar el rostro y el corazón”. La transmisión del conocimiento es; por lo tanto, no sólo el adquirir información sino que la enseñanza conforma la personalidad. Si no se tienen los fundamentos se carece de rostro, pero si no fuésemos capaces de tener “un corazón en movimiento” sería imposible lograr o hacer algo.

El autor nos habla de los cimientos filosóficos de los aztecas que radicaban en la doctrina humanista de Quetzalcóatl que los instó a sobrepasar su individualidad, permitir que el hombre se transforme en luz o en sol. Y al explicar el culto a Texcatlipoca, dios sembrador de la discordia, dispensador de riqueza y fama, y a Huitzilopochtli, dios guerrero y de sacrificios, vemos en el grandioso pueblo mexica una dualidad que forma a un individuo místico-guerrero, por eso en la Tlacahuapahualiztli podemos apreciar una riqueza invaluable, ya que esta tabla de valores y leyes permitirá “el arte de educar a los hombres”.

Los mexicas hacían énfasis en los valores éticos y morales de la comunidad ya que estos eran tan importantes como el aprender un oficio o un arte. Por un lado tenían al Tepochcalli y por otro, al Calmecac, que con sus diferencias, eran los pilares del pueblo azteca. Y antes que estas dos instancias los mexicas tenían una pedagogía basada en el afecto, porque es gracias a éste que las relaciones con las figuras de autoridad, llámense padres o maestros, eran a través de un lazo de confianza y no de miedo.

El afecto es un poderoso motor, se puede entender cuando habla de los artesanos quienes eran inculcados a crear “con el corazón endiosado” porque así hasta lo más pequeño resulta ser hermoso y perfecto. El poner de sí mismo es la mejor forma de honrar a nuestros guías, a nuestra comunidad y a nosotros mismos. Por esta razón el voltear la mirada a nuestros ancestros nos permite adquirir una amplia perspectiva y es preferible hacerlo de la mano de Díaz, quien además, en este libro, nos halaga con unas bellas ilustraciones.

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