La noche del Dragón

Por Carlos Martínez

Era una bella ciudad, tenía todo lo que las grandes ciudades deben tener: altos edificios un estadio de fútbol, muchos museos, parques y plazas, un sistema de transporte público ineficiente, altos niveles de contaminación y delincuencia; no le hacía falta ni siquiera una plaga de ratas dispersa entre sus principales sitios turísticos. Pero, sobre todo, esta ciudad de pálidos colores, le sobraba el miedo.

Enorme cantidad de temor exhalado por millones de habitantes que, de ser visible para el ojo humano, no cabría duda del porqué llamó la atención de semejante criatura como la que llegó esa noche.

Primero fue simplemente un rumor, un aletear pausado que cortaba el viento, la mano virtuosa del instrumentista más calculador del mundo llenando la atmósfera de inquietud con su roce progresivo sobre la cuarta cuerda en un solo de contrabajo. 

Y no hablo de que realmente fuese un mero sentimiento difícil de distinguir de entre los ruidos de la ciudad, la llegada del dragón fue un solo de contrabajo y se pudo percibir como tal. Aunque era de noche y muchos aún dormían, el grave rechinar de cuerdas de un lamento sostenido resultó imposible de ignorar.

Los sueños drásticamente se tornaban en pesadillas donde se mostraba sin recato las cenicientas planicies del infierno, mientras el tenso ritmo del animal se relajaba, ahora incluso arrullador, al tiempo que iba insuflando un extraño sopor sobre los durmientes.

Para quienes se encontraban en vilo la suerte no fue mucho mejor. Desde sus ventanas junto a los rascacielos, frente a los parques, entre los árboles. Se les asomaban garras, largas colas, enormes alas y dientes.

Aunque muchos lograron verlo, no se podrían haber puesto de acuerdo acerca de la forma exacta de la bestia ni de cuántas cabezas tenía, pues además de lucir un gran tamaño desproporcionado, siempre se encontraba envuelto por la niebla de su aliento, misma que descendía hasta el subterráneo y las alcantarillas y parecía afectar a las ratas, volviéndolas presa de indeseables convulsiones mientras los hocicos se les llenaban de espuma.

La única referencia en que pocos desdichados coincidían era que, por detrás de ese vaho de huracán de pesadilla, se encontraban unos ojos de un fulgor azul que desnudaba el alma y congelaba el corazón.

Fue así como el extraño visitante se adueñó de las calles, completamente vacías por entonces, pues todos los trasnochadores huyeron a esconderse a sus casas, por miedo de encontrarse frente a frente con ese par de llamas azules o de morir envenenados como las ratas.

Entrada la media noche, la era del dragón musical había comenzado, la marcha fúnebre del tercer movimiento de esta terrorífica suite acompañaba el cuadro de cadáveres de rata, soñadores hundidos en sopor y de insomnes petrificados.

El abandono y la ausencia jamás se hallaron tan libres en esta insoportable ciudad repleta de gente. Victoriosos tras el paso del dragón bailaban aún en esos instantes previos al amanecer, cuando de la oscuridad solían aparecer encapuchados con gorras y mochilas arremolinados en torno al único foco del puesto de comida, mismos que esperaban su turno para diluirse en los túneles del metro con su vaso de unicel cargado de café en mano.

No, las primeras luces del alba no las reclamaría esa gente ni el voceador de periódico ni el bolero.  Sería el dragón, amo y señor de las calles desiertas, quien luego de abrir su garganta con un tronido, diría al fin sus primeras y últimas palabras al respecto:

“Estamos en alerta sanitaria, por lo que se invita a la ciudadanía a mantenerse dentro de sus domicilios mientras el dron fumigador realiza sus operaciones nocturnas.

¡Quédate en casa! Recuerda, el objetivo es acabar con la plaga de roedores que afecta la ciudad desde hace meses.

Gracias por su atención. Los dejamos con más música para su disfrute”.


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