Ya ha pasado el peligro

Por Andrei Lecona Rodríguez

Hasta aquel día en que todas las transmisiones se interrumpieron súbitamente, Víctor había mantenido la esperanza de levantarse una mañana para escuchar que los científicos habían encontrado una cura o que, al menos, habían desarrollado una vacuna para quienes aún no estaban infectados. Pero las noticias sólo habían empeorado día tras días desde que la misteriosa plaga cobrara sus primeras víctimas varios meses atrás.

La señal de televisión fue la primera que colapsó, siguieron las redes sociales, luego el internet, los celulares y la electricidad. Después… después sólo hubo silencio. Un silencio que duró meses y que no hubo manera de combatir hasta el día en que, llevado por la desesperación del aislamiento, Víctor subió al ático de la remota cabaña en la que se había refugiado y encontró una vieja radio de pilas en un estante polvoriento.

Pasó largo rato examinando el aparato metálico que tenía dos perillas circulares, una pequeña bocina, un indicador rojo que señalaba la frecuencia sintonizada y una antena que podía alargarse. Al girar la primera perilla, la radio dejó escapar un chillido estridente que se convirtió en estática. Ese sonido le pareció el más dulce que había escuchado en toda su vida.

Solamente su tupida barba le permitía mantener cierta noción del tiempo transcurrido desde que el gobierno había declarado la cuarentena. Noción que, por cierto, era bastante inexacta porque se había afeitado constantemente durante el primer mes de aislamiento, cuando, con una rara mezcla de necedad y optimismo, se decía a sí mismo que pronto volvería a su vida normal.

Mientras giraba la segunda perilla para sintonizar las distintas frecuencias, Víctor recordó las noticas de los primeros días. Los epidemiólogos aseguraban que en poco tiempo una vacuna saldría de los tubos de ensayo y las probetas de los científicos que trabajaban sin descanso. La realidad resultó ser muy distinta. Muy pronto, los infectados comenzaron a contarse por decenas de miles, luego por cientos de miles y finalmente por millones.

Antes de que las transmisiones se interrumpieran, los noticieros informaban que dos tercios de las personas infectadas morían como resultado de una fiebre incontrolable a los pocos días de contraer la enfermedad. Sin embargo, el estado del tercio restante hacía que la muerte pareciera una alternativa misericordiosa. La vida parecía escaparse lentamente de sus cuerpos en la forma de una hemorragia que atacaba todos los orificios del cuerpo, creando una imagen de pesadilla.

Algunas fuentes anónimas que el gobierno inmediatamente desacreditó filtraron supuestos reportes oficiales en los que se decía que, al cabo de dos semanas, los sobrevivientes experimentaban cambios orgánicos increíbles. Las encías supuraban sangre y pus hasta que los dientes se caían, dejando al descubierto una nueva y afilada dentadura. De forma similar, las uñas de pies y manos eran reemplazadas por gruesas garras negras.

Aunque jamás había creído en la veracidad de aquellos reportes, recordar esos extraños rumores mientras buscaba algún rastro de civilización entre la estática le provocó una sensación incómoda. Como si un ser helado e invisible lo abrazara lentamente por la espalda. De pronto, del siseo metálico emergieron unas cuantas palabras entrecortadas pero inteligibles:

“… las cenizas de la humanidad… flor… nos levantamos…. nueva vida… entre las sombras… el tercio… ya ha pasado el peligro… podemos volver a las ciudades”.

Pasó los siguientes minutos tratando de escuchar más claramente el mensaje, pero la radio estaba casi sin batería y se vio obligado a apagarla. Registró cada rincón de la cabaña en busca de baterías, pero no encontró ninguna. No importaba, pensó, había escuchado lo que necesitaba saber: “ya ha pasado el peligro… podemos volver a las ciudades”. Metió la radio en una bolsa con las pocas provisiones que le quedaban y partió de inmediato.

Condujo toda la tarde y llegó a la ciudad casi al anochecer. Avanzó en su camioneta hasta donde los centenares de autos abandonados se lo permitieron. Luego anduvo a pie por las avenidas desiertas y se adentró en el corazón de la ciudad muerta, pensando que eventualmente hallaría algún sobreviviente. Conforme avanzaba, escuchaba ruidos que parecían seguirlo y se ponía cada vez más nervioso.

Cuando el Sol se ocultó en el horizonte y la oscuridad cayó sobre la ciudad, Víctor no pudo soportarlo más. Había evitado encender la radio, pensando en que, una vez en el centro de la ciudad, podría usarla una última vez para escuchar el mensaje completo antes de que se quedara sin batería. Pero el miedo crecía en su interior y amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

Temblando, sacó la radio de su bolsa de provisiones, pero en ese mismo momento una figura negra salió corriendo de detrás de un automóvil cercano, derribando botes de basura a su paso y desapareciendo tras una esquina. Víctor dejó escapar un grito y corrió en dirección contraria a la que había tomado aquel ser. Corrió sin saber a dónde hasta que sintió que el corazón le latía en las sienes.

Agotado, se desplomó sobre el asfalto frente a un edificio grande cuyos contornos comenzaban a perderse en la negrura del cielo. Incapaz de seguir corriendo y aterrado como nunca lo había estado en su vida, recargó la espalda contra las rejas metálicas del patio del edificio. Después de respirar agitadamente unos minutos, prendió la radio y en esta ocasión pudo escuchar el mensaje completo con toda claridad:

…de las cenizas de la humanidad brotó una flor carmesí regada con sangre, y nosotros, sus hijos, nos levantamos para llenar este viejo mundo de nueva vida…”.

Víctor se quedó pasmado, pero no tuvo tiempo de reflexionar demasiado. Dos manos provistas de garras negras salieron de entre las rejas y le tomaron fuertemente de la cabeza. La radio cayó al piso:

…nos levantamos para reinar en la penumbra. Entre las sombras, el tercio elegido se multiplicará ahora que ya ha pasado el peligro…”.

Las garras se enterraron en su rostro en un sangriento abrazo del que no era posible escapar. Lo último que pudo ver entre los crueles dedos que se hundían en su carne fueron tres figuras negras acercándose. Opacada por sus gritos, la radio continuó sonando:

“Ahora que la humanidad perece entre los escombros, podemos volver a las ciudades y reclamar el mundo para el pueblo de la sangre”.


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