Dicen que vino del mar

Por Carlos Martínez

— ¡Fuego de San Telmo[1], ten piedad de nosotros!

Estas fueron las palabras del sabino, quien nos ha llamado a todos antes de fusilar al zambullidor y dar por iniciadas las fiestas del Corpus Cristi.

Dicen que el ave es un mensajero, lleva recados entre en cielo y el infierno, que es por eso que se echa clavados, pues por medio del agua encontró un atajo entre los dos y que sus pies nunca tocan el suelo.

La descarga del rifle retumba en la plaza, la bala atraviesa al ave que cae del palo donde se encontraba amarrada. Enmascarados la desatan y la entregan al sabino. Un grupo disímil de personas que representan animales, extranjeros y espíritus. Todos portamos una de estas máscaras, piel deshabitada por la eternidad, desde niños se nos son asignadas para cuidarlas, hechas de madera del árbol sagrado para así poder interpretar esa parte del mundo, que, de no tomar prestados nuestros labios, no tendría voz.

Yo soy la mujer tortuga, concepción del mar, esposa del minotauro náufrago: últimos herederos de nada, o al menos nada visible desde que somos custodios de una identidad que se oculta y se disfraza.

Dicen que el mensaje es para nosotros, los verdaderos nosotros, los desplazados a la orilla del mar, la gente que se pudre en la humedad. Como cada año evocamos el tiempo en el que el orden del mundo estaba en riesgo de revertirse: ndiligueay mundo, es decir “transformarse el mundo, voltearse al revés”.

El sabino toma al ave por el cogote y es por ahí mismo donde comienza a cortar. Su navaja se abre paso en medio del pecho y entre el estómago del animal, pero su sorpresa es tal cuando dentro del mismo aparece un botón, seguido de un cáñamo fino como el de las redes de pesca, pero estas redes no atrapan sino basura, uno a uno el sabino va retirando pequeños objetos de plástico cuyo origen nos es cada vez más increíble y ajeno.

— ¡Han decidido poner fin a toda carne, han decidido hundir al mundo en tinieblas!

— … Cuando el caracol no estaba horadado, pidió ayuda a los gusanos, «se escuchó casi como un murmullo».

Los hombres y mujeres ataviados en las pieles de los Tar, los extranjeros, se regocijaban ante el horror producido por la escena del desollamiento. Dicen que vino del mar, una ausencia lejana, un rencor anciano, la insoportable maldición de quién anhela lo que jamás ha tenido.

— ¡Fecundó la muerte, nos trajo la lluvia! «Gritaban».

Dicen que se les apareció en sueños de su lado izquierdo, de abominable figura; en especial le miraron la boca, porque les habló. Parecía que le salía la gran llama del cuerpo, que estaba todavía clara y sin sombra.

— Se volverá a juntar el cielo con el mar.  En nuestras selvas enfermizas errarán el tigre carnicero y el audaz olhua, como los fantasmas descritos por las terribles tradiciones. «acompañó a los Tar el Sabino».

 — ¡Rompió el silencio, nos dio un estruendo, un alarido, el horizonte y un mañana! «Contestaron».

Polvo de certezas anunciando el vendaval, mal incurable, alondra mestiza que canta de madrugada. De pronto me miré yo misma cubriendo con mi corazón, mis brazos y mi alma el cuerpo enfermo de mi marido, mientras la desesperanza batía sus alas sobre su espíritu; y como si se tratara de un niño al que debía de consolar, hundió su rostro en mi pecho, de donde nació una melodía tan vieja con la luna y que una a una las mujeres del pueblo me ayudaron a cantar.

Ese fue el mensaje y eso fue lo que se escuchó y eso es lo que se nos dio: muerte y destrucción. Lo ignorábamos, pero ya era hora, ya era justo y ya era necesario. Estábamos listos para enfrentarlo.


[1] El fuego de San Telmo tiene su origen en la electricidad estática de la atmósfera y podríamos definirlo como un resplandor luminoso semejante a pequeñas chispas que saltan de los objetos metálicos y punzantes durante una tormenta intensa. Los navegantes conocían bien estos fogonazos puesto que se formaban en las puntas de los mástiles de los barcos, y aunque parecían estar en llamas, no se quemaban.

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