Figuras coleccionables

Lord Crawen

Viajó a través del tiempo y de un espacio reducido para su verdadera forma. Utilizó, como en otras ocasiones, a seres que le ayudaran a transportarse en un navío por el océano. Oculto en una caja de un tamaño menor, cuya función era la de protegerlo; ingresó al navío sin ser divisado. Colocado cuidadosamente en el sótano, junto al resto del equipaje, el monstruo avanzó de una tierra a otra. 

Cuando el barco llegó al puerto de Veracruz, hallaron poca tripulación. Nadie supo explicar lo sucedido durante el viaje, solo que una extraña enfermedad había terminado con parte de la población del barco. Retiraron cada uno de los objetos, incluyendo la caja que contenía al extraño ser. 

*** 

Alberto, curioseando una tarde entre las tiendas del centro de la Ciudad de México, encontró un establecimiento muy extraño y llamativo. Al ingresar, la falta de luz en el lugar le hacía abrir un tanto más las pupilas para observar los objetos. Como cada tienda extraña, la inequívoca figura de un anciano al fondo de ella, sobre un viejo aparador de madera, más una mesa vieja que un objeto para colocar objetos, sostenido gracias a un bastón y a los pobre pies, le esperaba para preguntar sea lo que estuviese buscando. 

El anciano lo miró y Alberto forzó un tanto más la vista para poder mirar a profundidad las intenciones del anciano. 

-Sé a qué ha venido y que es lo que busca. 

Sorprendido, pero no del todo, Alberto contestó: 

-Dígame entonces, ¿qué busco? 

El anciano sacó de la desvencijada mesa-aparador, una caja que contenía la figura de un “Nosferatu”. 

Alberto miró aquella pequeña figura con mucho entusiasmo y alargó los brazos, extendió las manos para sostener la figura preciada para él. Retiró prontamente el anciano la figura del frente, donde Alberto estaba dispuesto a tomarla. 

-Es una figura que, si se expone al sol, saltarán sus venas, como si se estuviese quemando. Ya sabe, la transfiguración maldita del Nosferatu. Tenga mucho cuidado con ella. 

-¡Sí que lo tendré! ¿Cuánto quiere por ella? 

-Él lo ha escogido desde que entró. No tengo mucho tiempo ya, pero debo advertirle que debe cuidar de él, justo como yo lo hice. 

Alberto sostuvo aquella cajita de plástico y no quiso abrirla todavía; no hasta llegar a casa. Lo metió en su mochila y se fue del establecimiento. 

*** 

Al llegar a su hogar, le mostró a su mujer, la figura que había adquirido en el centro. 

-… Y dice el anciano, que le saltan las venas cuando le da la luz del sol. 

-¿No lo vas a sacar de su empaque? Tal vez si se lo retiras, sufrirá los cambios como debe ser. 

Alberto lo pensó. Era una figura coleccionable y por leyes inexplicables de la mercadotecnia, los empaques no debían ser retirados de las figuras. Suena extraño, pero es una ley inquebrantable. 

-Lo intentaré mañana, sino, me veré forzado a retirarla y ver si funciona. 

Alberto durmió mucho aquella noche. Nosferatu fue resguardado un día más dentro del estuche. 

*** 

El resplandor comenzó a agolparse en la ventana del cuarto de Alberto, despertándolo de su extraño sueño. Entusiasmado, buscó en su buró la figura de Nosferatu sin hallarla. Fue hasta la sala, pasó a través de la cocina y no halló su figura. Despertó a su mujer al no hallar su nueva adquisición. 

Entre el mundo real y el de los sueños, somnolienta respondió: 

-…Yo que sé, la dejaste en el buró. Quiero seguir durmiendo. 

Debajo de la cama, unos leves rasguños sonaron. Al asomarse, encontró la figura del Nosferatu, con el rostro hacia el suelo, como si estuviese protegiéndose de algo. Se extendió sobre el suelo y alargó las manos para alcanzar la figura. Al tenerla en su mano, rápidamente fue hacia la ventana, abrió las cortinas y dejó que entrara el sol. 

Díganme loco, pero la magia no pudo darse. El cielo se nubló extrañamente. Así sucedieron los días en los que Alberto pensó que vería la figura funcionar, tal como el anciano le dijo que funcionaba y; cada vez los cielos se nublaban. Se sintió estafado y decidió volver al centro de la Ciudad de México a devolver la figura. 

*** 

Sí, no es de extrañarse; pero nunca volvió a encontrar la tienda. Preguntó a la gente de los alrededores, nadie supo decirle donde se encontraba aquella tienda o el anciano. Lo tomaron por loco, mientras sostenía la figura del Nosferatu. Más de uno quiso tenerla en sus manos y comprársela, pero no la vendía. 

Siguió a través de los callejones del centro, exponiéndose a ser asaltado, pero nada. 

Volvió nuevamente a casa aquella tarde, sin éxito alguno. 

*** 

Eran más que sueños. El Nosferatu se levantaba por las noches a susurrarle al oído. Comenzó a darle comezón cerca del cuello. Se levantaba a cierta hora y se acostaba a otra. Quería rendir más en el día, más no lograba hacerlo. Soñaba que aquella figura salía del empaque y noche a noche le susurraba. Había olvidado la magia con la que el anciano se la obsequió; toda vez, cielos nublados. No era agotador el día, pero así lo sentía al llegar hasta su cama y recostarse. 

Una noche, decidió entonces, tomar su teléfono celular y dejar grabando la figura del Nosferatu. Sabía que no era un sueño. Lo manipulaba. 

*** 

El teléfono celular salió volando hacia la sala, desquebrajando partes con cada golpe hacia el suelo, hasta que en su arrastre final, dejó de funcionar. Alberto, estupefacto tras ver el video, se dejó caer pesadamente al suelo. No era su imaginación. La figura del Nosferatu frente a él; fuera de su empaque, inmóvil en esa mañana. En el video pudo ver cómo salía el pequeño vampiro de su empaque hasta donde descansaba, le susurraba al oído lo que necesitaba. Tras esto, se ubicaba en su cuello y con unos leves rasguños bebía la sangre de “su propietario”. 

Así pasó su vida Alberto, sirviendo como figura coleccionable al Nosferatu… 


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