Bandersnatch, un juego imperfecto

¡ADVERTENCIA! 

ESTA RESEÑA CONTIENE SPOILERS INHERENTES A LA TRAMA EN BANDERSNATCH DE DAVID SLADE 

Tras descartar la posibilidad de acomodarme en el sofá, y después que Bandersnatch lamentara que mi laptop no fuera compatible con su formato, no quedó otra más que verla desde el smart. 

Aunque su tema no sea exactamente la tecnofobia a principios del siglo XXI, la experiencia en Bandersnatch podría ser la cúspide para el universo ficticio consolidado a raíz de la serie británica de ciencia ficción Black Mirror

Mal perdedor 

Al tiempo que el dinamismo y la participación caracterizan al buen jugador, la interpretación de literatura, cine, pintura y otras narrativas semejantes convierte al espectador pasivo en amo de su propio juego. 

El juego perfecto 

Mientras los juegos tienen gran relevancia como parte de nuestra historia, siempre resulta sencillo reducir la existencia a un simple juego. 

Ni la música ni la poesía: desde el principio la cúspide para el quehacer humano perteneció al juego. La obra de arte suprema es un juego a la espera de surgir. La obra literaria perfecta aspira a ser un juego. 

La expectativa ante la posibilidad del juego perfecto nos obliga a apelar los constantes avances tecnológicos a principios del siglo XXI. 

Stefan Butler está convencido de poder crear el videojuego perfecto durante los años ochenta. 

El juego imperfecto 

Siempre está el posible regusto amargo de que el juego arbitrariamente limite las posibilidades del jugador. Sin importar cuánto alardeé el RPG sobre la infinidad de historias que genera la interacción en su vasto mundo, en algún punto se pierde la libertad. Justificables barreras tecnológicas hacen que el juego perfecto continúe siendo utópico. 

Las fallas en Bandersnatch le impiden ser un juego perfecto, hasta el punto en que ni siquiera puede considerársele un juego auténtico. 

Dirigiéndose, tanto a los personajes en la película, como al espectador, (consciente de sí misma) Bandersnatch genera interacción siendo auto-referencial en cuanto a fallas y limitantes. 

El juego perfecto ofrecería libertad total en un mundo auténticamente abierto. De manera casi imperceptible, Bandersnatch se presenta –desde el principio, con cada vuelta de tuerca y hasta el final– como una trampa. 

El valor de Bandersnatch no radica en la libertad ni el dinamismo. Los créditos aparecen en pantalla una vez el espectador ha sido atrapado y engañado. 

Calificación: media estrella de cinco 

La pretensión es el punto débil del arte. Jactándose de poder alcanzar la vena sensible en el espectador, la obra pretenciosa cae al olvido sin siquiera haberla encontrado. Recalcando en todo momento sus carencias y limitantes, deliberadamente Bandersnatch se plantea, reafirma y consolida como obra fallida. 

Sin importar cuántas veces el espectador reinicie el filme, el librojuego Bandersnatch inspira la creación de un videojuego de opción múltiple llamado Bandersnatch que la crítica inevitablemente califica de manera negativa. La realidad para los personajes en la película termina siendo un juego mediocre que inspira la creación de la mediocre película interactiva Bandersnatch, disponible para la plataforma Netflix. 

 Todo constituye una muñeca rusa que va de lo metaliterario a lo metafísico. 

Control desenchufado 

Mientras el espectador elije por él, Stefan no tarda en cuestionar su existencia y libre albedrío. No es arbitrario el referente a la criatura creada por Lewis Carroll que aparece en Alicia a través dele espejo: sin excepción, las opciones disponibles enloquecen al protagonista. Descubrir que no hay libertad y que los juegos perfectos no existen otorga el único atisbo de lucidez. Ni el videojuego ochentero, ni la película interactiva, ni nuestra realidad objetiva ofrecen libertad. 

Stefan no puede evitar matar a su padre. El espectador no controla la película. No hay garantía para la posibilidad de control de algún elemento en nuestra existencia. 

Juego arreglado 

La partida está perdida de antemano porque no hay juego. De haberlo, Bandersnatch ofrecería la posibilidad de jugar, incluso de ganar. 

Los frustrados tras agotar todas las posibilidades sin consolidar la idea de haber jugado, no entendieron Bandersnatch. Solo se comprende la genialidad de la obra tras agotar todas las opciones y ver que jamás hubo oportunidad de controlar el juego para generar una historia original.  

La frustrante incertidumbre en torno a la libertad hace de Bandersnatch una obra artística auténtica: no una respuesta, sino una interrogante.    

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