Barreras de papel

Por Demian Shadows

El chirrido de las llantas le era insoportable. Hoy, más que nunca el sonido penetra hasta lo más profundo del oído, llega al tímpano; el cerumen no detiene aquel sonido. Le duele la cabeza, está “que le revienta”. Nadie le ofrece medicinas o un vaso con agua. Todos están sentados y sin hacer ruido después de las indicaciones de la azafata.  

Rostros grises, agrietados por el sol, arrugados por el tiempo y el esfuerzo. El halo de su alma se une al chirrido de las llantas del avión. 

Cipriano lo sabe. No va a volver. 

Su muy breve equipaje, un costal arrugado y viejo contiene lo indispensable. Su cartera forrada en piel ahora contiene los últimos “verdes” que pudo conseguir. 

“Ladrón”. “Mojado”. “Malviviente”. “Mara”.  

Cada palabra resuena en su mente, trastabillando sus sueños. Da vueltas al asunto. No, no va a volver. 

Nadie le preguntó acaso si su vida era plena, feliz; si sabía reír a carcajada limpia. Nadie le preguntó si estaba bien bañarse bajo el fuerte sol del desierto mientras extendía la mano para tener un breve sustento. Nunca le extendieron un vaso de limonada; no, él tenía que ir a servirlo. Así se forjó la raza de bronce, pero no lo sabe. 

Dicen que la esclavitud fue abolida años atrás por un hombre con un estandarte de “la virgencita de Guadalupe”; porque alguna vez vio fotografías. Hubo quienes corrían en fuego cruzado, con pies descalzos o sandalias; en nombre de otros grandes, por conseguir libertad para los futuros. Lo sabe porque son historias que todos le cuentan.  

Más su realidad fue otra desde que llegó al mundo. Eso es lo que más le entristece. 

Pasó hambre con sus nueve hermanos, a punto estuvieron de venderlo para comprar comida o poder sembrar un huerto; se salvó porque supo trabajar la tierra bajo el sol. De ahí, intentar subir en esta vida. 

“Que nunca me falte”, se decía. Hoy su pensamiento está sin hilvanar oración alguna. 

¿De qué peca un hombre que solo busca trabajar, disfrutar algunos días en lo material tras arduo esfuerzo, de engendrar familia?  

Su pecado, no se compara con los otros siete capitales con los cuales sufrirás; dicen, en el infierno. Para que esperar ese infierno, si ahora lo está viviendo. 

Su pecado es no tener papel. 

Su pecado es opacar la luz del sol, no bañarse en luz de luna. Haber nacido en una tierra infértil y de lucha constante. Jamás tocó un pupitre por más de un año; nunca llevó libros en una mochila. Su único pensamiento siempre fue: “Que nunca me falte”. 

Pensó en lo que, obligadamente, le hicieron dejar. Familia, un auto, su casa, sus mascotas, buena fauna. 

“Delincuente”. 

Sus manos, agrietadas por el tiempo, las une; y aprieta fuerte para sentir “algo”. En momentos débiles, recurre siempre a dios, a la virgencita. Hoy no los recuerda, solo pide que no le hagan daño a su familia. 

Una lágrima está por salir, pero es hombre de familia y luchador constante, no le queda ya nada en su agrietado y firme rostro para soportar el llanto. Quebraría palmo a palmo su piel. Qué diría su familia al verlo así, derrumbado. No pudieron verlo, no pudo verlos; no, no le dejaron verlos. 

Cuentan en los medios que tocaron su puerta. ¡No! Invadieron su privacidad, lo tomaron del brazo, lo arrastraron fuera; peor que a un animal, justo como un criminal, un ser despreciable. En el vecindario nadie abogó por él. Sus ojos rodeaban las calles y en todos lados; “los verdes”, contraste con la moneda de cambio, hoy los expulsaban de sus hogares. Sí; es su propiedad, por más que a la fuerza y arrastrándolos los saquen. 

“¡¿Quién chingados le pidió vivir?! ¡¿A qué chingados vine al mundo?! ¡¿Por qué chingados?!”. 

Su mente tampoco puede explicarlo. Da mil vueltas al asunto y le duele el alma. Es humano, siente como todos, más no es privilegiado de ocupar un puesto en una silla de poder. Como si el solo hecho de sentarte fuese un acto en automático de alta demanda hacia la clase baja. 

“El problema del mundo es que somos un chingo”. 

Voces a su alrededor, igual que él; maltratados por “el hombre de poder”, abandonados a su suerte en un aeroplano de metal sin sueños ni esperanza; claman al espacio cerrado y a las mentes preocupadas, “tantita” clemencia. Esperan nunca llegar a la “tantita” caridad. O peor, a la “tantita” carencia. 

“Malnacido”. 

Forcejeando contra la ley, misma que dejo caer su brazo fuerte y un duro golpe sobre su nuca cegó las fuerzas de un hombre que viajó años atrás a través del desierto, sin equipaje alguno. Llegó al asfalto con los pies cansados. Nunca pidió una moneda, llegó a pedir trabajo. Y de ahí a intentar crecer.  

Acurrucaba sus sueños en una banca del parque si bien le iba. No se rindió. 

Otro golpe más; duro y a la cabeza. Ellos creen que con eso aprenderá “quien manda”. Arrojado a una camioneta con “sus compatriotas”, con el suelo en breves borbotones de sangre morena; esa sangre “pesada” para “los príncipes del país de las maravillas”. 

El sueño se corrompió. No era la primera vez que lo sacaban de un lugar. Siempre arrodillado en el suelo, con los ojos bien abiertos mirando el asfalto. Humillado y pisoteado por zapatos de charol. Lo sostuvieron sus fuertes manos y sus grandes rodillas en todo momento. No había qué menguara su espíritu. 

Todos dentro, como cerdos en un corral, malvestidos, sucios. Al salir tendrían la “pinta” de criminales, para que los medios pudieron dejarle ver al mundo el arduo trabajo de “el poder político”. 

“We the people”. 

Aun escucha los gritos blancos. Daba un paso y le daban un golpe. No avanzaba y recibía dos. Qué más le daba si avanzar o no, la vida lo seguía golpeando.  

Quería decir al micrófono quién y qué era, lo mucho que hizo para tener una “vida normal”, criar a sus hijos de aquí y de allá. Nunca tuvo nada y cuando lo tuvo lo arrancaron de tajo, rebatándole alma y espíritu en el esfuerzo. 

Ellos gritan y nadie los escucha. 

El aeroplano comienza a descender la velocidad. El freno es leve. Las almas de los pasajeros se han ido junto con sus sueños. Por la fuerza inexplicable de la física, tambaleantes cuerpos en los asientos sin quejarse. 

“No soy de aquí, ni soy de allá. No tengo edad ni porvenir. Y ser feliz…”. 

Sigilosa y vieja voz de un hombre al frente de los pasajeros se quiebra al intentar llegar a la última estrofa de la popular canción. Cipriano no puede más y en su impotencia, su lágrima brota al fin. Una más. Otra. Incontable llanto. Nadie le dice que pare. Tampoco se lo impedirán. Contagia al resto de los pasajeros. 

“Criminales”. 

A hurtadillas planearon su escape y les fue peor. Dentro, verdaderos criminales los maltrataron y les quitaron los vestigios de un buen porvenir. Con poco se fueron, con poco salieron de su cautiverio. Con poco llegan a su nuevo destino. El objetivo es nunca tener nada. Todos tienen necesidades y todos deben subsistir, más los sueños parecen no ser justos en el mundo para una breve clase trabajadora. 

Al fin el enorme transporte se detiene. Uno a uno, descienden las lujosas escaleras del areoplano, atraviesan el largo pasillo de vuelta a casa; “su tierra”. 

Solo el silencio los recibe. No hay héroes entre ellos. Solo hombres con ropas viejas caminando de vuelta a donde todo comenzó. 

“Bienvenidos a…”. 

Una joven, con maquillaje en su rostro, bien perfumada; les extiende folletos, cerrando trato con una sonrisa más falsa que la riqueza de su juventud. A fin de cuentas su trabajo es siempre reír. 

¿Cómo ocultas la tristeza? 

Con poder, riquezas, objetos materiales, estándares y estatus de vida. O eso cree la sociedad en general. 

Cipriano marcha a través del aeropuerto buscando la salida y un transporte que lo lleve a casa. El anciano que entonaba la triste canción aun lo hacía. Se acercó a él. Una figura endeble por los años, pero aun con piernas firmes para el trabajo, con manos manchadas por el clima; más con ímpetu para levantar un mazo, una cabeza quebrada por el golpe de la ley; aunque firme para observar el horizonte. Intentó decirle algo, más el hombre sostuvo la mano de Cipriano. 

“Aquí no hay lugar para lamentos, no. Tampoco aquí nos quieren. Nunca nadie nos ha querido. Venimos al mundo a chingar, a chingarle, a chingarnos y a que nos chinguen. Qué bueno que volví para morirme a gusto, todos volvemos a nuestro sitio para morirnos. Eso es verdad. Y nadie se salva, no señor. No hay conmiseraciones para nadie, debemos seguir el camino hasta que de verdad nos toque”. 

Cipriano asintió sin decir palabra. 

Un taxi se acercó a la acera y Cipriano le ayudó a la senil figura a subir al auto. Le dio algunos “verdes” al taxista que sonrió al verlos. 

Sonrisas; olvidó como dibujarlas en su rostro. 

Antes de partir, el viejo sacó su mano por la ventana del automóvil y tomando la mano de Cipriano dijo: 

“Para qué quieren un muro de concreto, si el muro del mundo es un simple papel”.

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