La otra cara del hombre lobo

Por Alejandra Ramírez

Versipellis, homo ferus, werewolf, loup-garou, hombre lobo. La figura que nosotros conocemos como uno de los clásicos monstruos de horror en la literatura y el cine ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad, adoptando diversos nombres y distintos modos de transfigurarse.

Como público, tenemos una imagen bastante clara de este personaje: impulsivo, sanguinario, demoníaco, aunque también melancólico y condenado. Este retrato no solo viene de las películas de horror modernas, ha sido una creencia constante en distintas culturas, algo que podemos comprobar haciendo un breve repaso de sus representaciones en distintas culturas.

Se cree que su primera aparición fue en “La Epopeya de Gilgamesh”[1], cuando el héroe sumerio abandonó a una amante bajo la sospecha de que convirtió a su antigua pareja en lobo.

Los griegos también incluyeron al hombre lobo en su mitología; de acuerdo a La metamorfosis de Ovidio, Licaón, rey de Arcadia, insultó a Zeus dándole de comer carne humana cuando este fue a visitarlo ocultando su identidad. Ante esta ofensa, el padre de los dioses convirtió a Licaón[2] en lobo.

Entre los vikingos, los guerreros conocidos como berserker o ulfhednar también fueron responsables de propagar la creencia en los hombres lobo dada su ferocidad en batalla y el hecho de que vestían pieles en lugar de armaduras[3].

Estos y muchos más ejemplos de licantropía pueden ser encontrados en Europa, principalmente Francia donde hay varios casos famosos, como el del asesino caníbal Gilles Garnier en el siglo XVI y el de la Bestia de Gévaudan en el siglo XVIII.

Pero el mito del hombre lobo no es exclusivo del continente europeo. En Asia y América igualmente hubo una firme creencia en la zoantropía, por supuesto, enfocada en los animales que vivían en las diferentes regiones. En México, los nahuales son el ejemplo más notorio y la leyenda de su existencia persiste hasta nuestros días, siendo considerados por algunos como una protección sagrada y por otros como brujería o práctica satánica.

Como podemos ver, la existencia del hombre lobo mayormente ha sido considerada como una maldición o el resultado de un hechizo, convirtiéndose en el arquetipo de uno de los peores miedos del hombre: la incapacidad de suprimir por completo su lado salvaje.

Es bajo esta forma y significado que el hombre lobo comenzó a filtrarse en la literatura decimonónica. El primer relato que habla de estos seres se le adjudica a Johann Apel, pero la historia que tuvo más reconocimiento fue la que se encontraba en un capítulo de El buque fantasma, una novela gótica escrita por el inglés Frederick Marryat en 1839. Este escritor no solo mencionó la licantropía, sino presentó a la primera mujer lobo en la literatura, dibujándola como una femme fatale victoriana.

Fue así que empezaron a surgir más historias con hombres lobo como protagonistas, representando la otredad de la civilización y el temor de sucumbir a los deseos más primitivos, principalmente la sexualidad.

Durante el siglo XX, el hombre lobo continuó provocando horror y la llegada del cine catapultó su monstruosidad. Fue la segunda mitad de este siglo la que moldeó definitivamente al licántropo que conocemos ahora, incluyendo sus rasgos físicos y psicológicos, así como los elementos que desencadenan su transformación y sus debilidades.

(…) su mera apariencia física había cambiado inmensamente, y el tono tostado de sus mejillas, los ojos brillantes de absoluta salud, y el aire general de vigor y robustez que habían reemplazado a su acostumbrada laxitud y timidez, le habían cambiado tanto que difícilmente parecía tratarse del mismo hombre. Su voz, además, era más profunda y sus maneras denotaban, por primera vez, una gran confianza en sí mismo6

Pero, más allá de la maldición, hay una cara del hombre lobo que pocas veces podemos ver representada en la actualidad, una que no retrata a un ser humano rasgando su piel y sus entrañas para dejar salir a la bestia que yace dentro, sino al animal que surge sin violencia física, atraído hacia la superficie por algo mucho más real e intrincado que una maldición o encanto: el despertar sexual.

En 1908, Algernon Blackwood publicó “El campamento del perro”[4], un cuento sobre licantropía que deja atrás la visión terrorífica más popular del monstruo para darle un giro mucho más psicológico sin dejar de lado la fantasía.

Un grupo de viajeros conformado por el reverendo Maloney, su esposa y su hija Joan, Peter Sangree pupilo de Maloney, y Hubbard, el narrador, decide explorar y acampar en varias islas del Mar Báltico. Rodeados por la naturaleza y lejos de las artificialidades de la ciudad, cada integrante empieza a sufrir cambios en su personalidad que se adecúan a su nuevo entorno, excepto por la joven Joan, quien parece estar completamente en su elemento y es descrita por el narrador como “un fascinante híbrido entre ondina y salamandra”[5].

De entre todos los personajes, Peter Sangree es el único que comienza a presentar cambios mucho más radicales no solamente en su personalidad, sino en su físico. Descrito al inicio del viaje como un joven tímido, de comportamiento suave, piel pálida y delicada figura, con el paso de los días su apariencia y conducta sufren una transformación radical:[6]

Esta alteración en su apariencia es explicada por la convivencia tan cercana a la naturaleza que ha tenido en las últimas semanas, la cual ha marcado profundamente su ánimo; no obstante, desde el principio tanto el narrador como Joan perciben que hay algo oculto en él, una sombra que a la vez los atrae y les provoca terror: “(…) es algo en su misma alma, que me aterroriza de un modo, que nunca me habían aterrorizado antes,… y que me fascina”[7].

Esta sombra no es otra cosa que el amor reprimido de Sangree, quien está enamorado de Joan desde el inicio del cuento. Sin embargo, durante casi toda la historia se mantiene apartado de ella, limitándose a admirarla de lejos, lo que no impide que Joan y Hubbard se den cuenta de la intensidad de su pasión.

Precisamente debido al deseo y la sexualidad oprimidos del personaje, es que puede ser posible el surgimiento del hombre lobo, el cual no es el monstruo clásico al que estamos acostumbrados a ver, sino un cuerpo astral —un Doble— que es la manifestación de la intensidad de la pasión que siente hacia Joan.

Cuando el hombre lobo se manifiesta lo hace en la noche para visitar a su amada, primero de manera cautelosa para después tornarse desesperado y asustarla, lo que pone a todos los demás miembros del grupo sobreaviso.

Al comienzo nadie, ni el propio Sangree, sabe qué es lo que sucede exactamente. No es hasta que llega John Silence —el célebre investigador de lo oculto creado por Blackwood— que todo el asunto se esclarece. Al final, Joan se da cuenta que también está enamorada de él y le confiesa sus sentimientos, lo que provoca que el hombre lobo jamás vuelva a aparecer.

Sin duda, el relato de Blackwood tiene un giro mucho más sentimental y menos trágico que las historias de hombres lobo a las que estamos acostumbrados, y el autor definitivamente no aborda el arquetipo del hombre lobo como la otredad maldita o discriminada, sino como la otredad propia que intentamos reprimir, especialmente aquella relacionada con la sexualidad, y que tarde o temprano surgirá tempestuosa y violentamente a menos que la reconozcamos y aceptemos como parte intrínseca de ser humanos.

Si bien el hombre lobo ha estado ligado a la sexualidad humana en otras obras literarias y cinematográficas, ha encarnado una sexualidad perversa y bestial, todo lo contrario a lo que sucede con Joan y Sangree quienes, de no haberse adentrado en lo salvaje, quizá nunca habrían descubierto sus verdaderos deseos. En esta historia, lo único que vuelve peligroso al hombre lobo es la negación de sus anhelos, los cuales suelen ser prohibidos por la sociedad civilizada.

Bien podríamos señalar que la crítica del autor es precisamente esta: la opresión de la naturaleza humana la cual, debido a este rechazo, se pone inevitablemente en nuestra contra.

Puede que “El campamento del perro” no sea un cuento de horror per se o no llegue a la talla de “El Wendigo” también escrito por Blackwood, pero no cabe duda de que nos presenta una cara del hombre lobo que no estamos acostumbrado a ver y que nos hace replantear todo lo que sabemos sobre este desdichado monstruo que, al final, simplemente es un reflejo del rechazo que sentimos hacia nuestros instintos primigenios.

[1] “Werewolf Legends”, History, <https://www.history.com/topics/folklore/history-of-the-werewolf-legend>, (26 de enero del 2019).

[2] N. de A.  De hecho, es precisamente del nombre “Licaón” que surge el término “licantropía”: lýkos (λύκος) “lobo” y ánthrōpos (άνθρωπος) “hombre”.

[3] Hjardar, Kim; Vike, Vergad, “The truth about Viking berserkers”, <https://www.historyextra.com/period/viking/the-truth-about-viking-berserkers/>, (26 de enero del 2019).

[4] Blackwood, Algernon, “El campamento del perro”, <https://es.scribd.com/document/108499880/Algernon-Blackwood-El-Campamento-Del-Perro&gt;, (30 de julio del 2018).

[5] Ídem.

[6] Ídem.

[7] Ídem.

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