El Trato Maldito

Por Christian Crisóstomo

Había sido su más grande deseo en la vida. Los diplomas de estudio eran como un río inefable, cayendo a millares en sus insípidas manos. Sin embargo comprendió que era un ser seco en este mundo, levantando plegarias al cielo, clamando un poco de inspiración. Los diferentes trucos que habían servido a la prolífica obra de sus múltiples antecesores no le sirvieron, ni para plasmar una válida línea en el papel.

La cruel impotencia se había apoderado de su espíritu, flaco y enmarcado por todas las tendencias literarias conocidas desde antaño. A raíz de esto su creciente locura le hizo optar por recursos fuera de esta realidad, y todas las costumbres consideradas buenas. Terminó por invocar, en su desesperación intangible, al amo de los contratos malditos. Le rogó que le diera la majestuosidad de palabra de los grandes pensadores y la prolífica producción de los autores seriados. El rey de las tinieblas —que nunca ha perdido un trato— le dio lo que quería sin preguntar nada de por medio. Al principio, al frustrado artista, le pareció haber salido triunfante, pues el maléfico espectro no le pidió su alma a cambio. Por desgracia —con el paso de los siglos— descubrió la funesta treta, después de haberse convertido en un esqueleto viviente que, hasta dormido, todo lo volvía un cuento. 

Pensó que se quedaría así por toda la eternidad, sino fue porque se dio a la tarea de escribir algo que paliara su sufrimiento. Ya que en cada uno de sus textos se notaba su inminente pérdida de humanidad —como Pigmalión—, se creó el más bello romance que unos ojos fueran capaces de leer. Feliz por verse encerrado entre caracteres con la más esplendorosa muerta viviente —así como él— se dedicó a llenar libros enteros con el más grande espectáculo amoroso que jamás haya existido. Sin embargo —y porque no hay escritor sin alguien que lo lea— sus historias ya no tuvieron el mismo revuelo entre las masas, hartas de tanta miel escurriendo en cada una de sus letras. Se quedó sin más lectores que sus impávidos huecos oculares, postrados frente a oraciones completamente extrañas e inentendibles para el común de los mortales, que prodigaban el único amor que de verdad sería eterno en todo el Universo. El cual siempre está dispuesto en una sucesión de palabras que no dan cabida para el descanso, ni el hastío. Esto lo único que nos enseña es que la pasión impertérrita, si no es una maldición, sólo es disfrutable para aquellos que ya tienen una a cuestas. O al menos eso es lo que concluyó el Diablo en ese perenne momento.

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