Conocí una estrella

PorRocío Fernanda Tapia Arriaga Mata

No recuerdo cómo nací o cómo llegue hasta aquí, sólo recuerdo estar sola en medio de la oscuridad, pero no duró mucho porque conocí una estrella. Antes de que la estrella llegará. Sentía frío, quería llorar, me estaban dando muchas cosquillas dolorosas en la piel, el rosado de mí corto cabello comenzó a teñirse de gruesas líneas blancas y mí garganta fue la primera en quebrarse.

Una chica de estatura promedio con grandes ojos morados estaba sentada en un meteorito. Observando desde la distancia un agujero negro sin que este le pudiera hacer algo, le divertía como el pequeño agujero absorbía cometas y rocas grandes que pasan junto a él. Lo único que le dolía es que se llevará a las estrellas, pero por alguna razón creía que no debía meterse con esas cosas. Una vez succionada la primera estrella, ella se fue de ahí.

Parecían que los pies de la chica patinaban sobre la nada, paseaba y paseaba por el largo espacio hasta que encontraba un lugar donde reposar o algo divertido que hacer. A veces tardaba mucho en descubrir algo entretenido, pero el tiempo no la afectaba, no sabía distinguir entre una hora o un mes, no pesaba en eso. Tenía momentos de reflexión, quería recordar lo que fuera, ya que de que algún modo presentía que no era normal y surgían tantas preguntas sin respuestas que poco a poco olvidó que era duda y que era verdad.

Durante el tiempo en el que patinaba vio un hombre a lo lejos, no podía distinguir lo que hacía así que se acercó con cautela. Permaneció atrás de un meteorito para que no la viera, era extraño, había visto hombres antes, pero siempre viajaban en raros artefactos gigantescos de un material que ella desconocía. Este sujeto permanecía de pie sin algún objeto debajo de él, tomó aire y dijo algo en un dialecto que la chica no entendió, al instante una lanza con pequeñas luces azules apareció frente a él y comenzó a gritar mientras hacía ejercicios con el instrumento. La muchacha lo miraba impactada. Cuando terminó el arma desapareció. El asombró que le causó a la chica fue tanto que dio un respingón.

              —Sé que te escondes, sal —le indicó el hombre con tono serio.

Dudo un momento en acercarse, pero presentía algo bueno de esta situación. Aun así se aproximó con cautela. Al momento de verla bien, abrió los ojos tanto como pudo y quedó paralizado.

              — ¿De dónde saliste?

Al escuchar eso, ella se cohibió y se hizo un poco para atrás.

              —Lamento mi descortesía. Lo que quise decir es: ¿Quién eres? —no hubo respuesta alguna—. Entiendo… Mi nombre es Zo Yanon, soy un orador, guerrero y monje. Entrenó la magia estelar. ¿Y tú eres?

La chica no dijo nada, se quedó parada agarrando sus manos. Nunca había pensado en su nombre ¿Tendría alguno? De pronto vino a ella el recuerdo de la estrella intentando decirle algo. Til, pensó en alto.

              —Así que Til —le contestó con una sonrisa serena—. Suena bien.

Til quedó impactada al escucharlo, había intentado hablar con los hombres antes, pero parecía invisible y por más que gritaran, nadie la oía, sentía que era culpa de esos artefactos en donde iban, pero de vez en cuando alguno salía de sus máquinas para mirarlas por fuera con extraños trajes y aun así no la escuchaban. Puedes entenderme, pensó en alto.

              —Sí, hablas la lengua más antigua de todas, la de las estrellas.

Al escuchar esto, ambos se quedaron callados por un momento. Zo no podía creer que aún existiera alguien de las leyendas, miró detenidamente su cabello rosa con rayos blancos que le llegaba hasta los pies. Ese es el cabello de los Bituol, pero hay algo diferente pensó. Mientras ella observaba el pantalón holgado de Zo y una camisa del mismo material que sólo le cubría el pecho, ambos de color azul, sus fornidos brazos y su corta barba que le cubría medio el rostro.

              — ¿Puedo preguntar? ¿Cómo llegaste aquí?

Aunque no tenía ganas de hablar sobre eso, ella le contó el recuerdo más lejano que tenía. Él se quedó sereno analizando lo que escuchó. Al terminar la historia cerró los ojos un momento, Til no sabía que estaba pasando, lo miró atentamente, en su brazo vio líneas y estrellas dibujadas con un dedo se acercó a tocarlo, pero lo atravesó. Se asustó, pues nunca le había pasado.

              Al parecer la estrella no llegó a tiempo, pensó Zo.

              —Una estrella te otorgó su deseo. Intentó salvarte y logró rescatar lo que pudo. Es por esa razón que no puedes tocarme, solo puedes tocar cosas del plano estelar.

Til no decía nada miró extrañada al guerrero.

              Zo suspiró —Es difícil de explicar con palabras, ven sígueme.

No estaba segura si era una buena idea, pero con él había averiguado algo más que su nombre.

Estaba decidida a entender todo, lo miró directamente y afirmó con la cabeza.

Zo sonrió al ver la seguridad en su mirada y comenzó a moverse. Pobre, perdió su forma física y su voz.

Llegaron a un lugar con estrellas azules abundaban tanto que no podía ver espaciosos huecos oscuros, parecía lluvia. El guerrero junto sus manos en forma de triángulo y volvió a decir algo en el dialecto extraño que Til no comprendía. Frente a ellos apareció una construcción con las mismas luces azules que tenía la lanza. Poseía cuatro materiales lisos a los lados de color café, arriba la cubrían dos de los mismos materiales en forma vertical. Así la dirección donde miraba Til se encontraba un gran hueco y debajo de este había un material diferente, eran varios picos verdes. Estaba boquiabierta.

—Está hecha de una combinación extraña entre objetos comunes y magia estelar.

Supongo que podrás entrar —le hizo un gesto con la mano—. Adelante.

No sabía describir lo que veía adentro, había objetos que nunca había visto por todas partes, pero lo que más le llamó la atención eran grandes dibujos con estrellas y hombres.

Veo que encontrarte las pinturas que te quería mostrar, tal vez te ayuden a comprender mejor —se acercó a una con grandes estrellas y personas debajo de estas—. Hubo una época de caos, los planetas morían muy rápido y las personas estaban desesperadas. Imploraban al cielo que los salvará, los ayudará. No hubo respuesta inmediata, pero un día llegaron las estrellas. Les hablaron a los hombres y les dijeron que podían salvarlos, a cambió ellas morirían. No les importaba morir, ya que las estrellas son los seres más puros que existen y siempre darían la vida por alguien más. Esto fue llamado: El deseo de las estrellas.

Se acercaron a otra pintura, esta tenía tonos más oscuros y las personas estaban sobre las estrellas, parecían lastimarlas.

              —Pero los hombres descubrieron que si robaban la energía de las estrellas podrían realizar cualquier deseo que quisieran. Comenzaron a robarlas a matarlas y extraerles cada gota de magia hasta que se volvían polvo. Aterradas huyeron al único lugar donde el hombre no las encontraría y decidieron no volver a conceder deseos.

La siguiente pintura era de unos sujetos vestidos de rojo comandado ejércitos hacía nuevos planetas.

              —Un grupo de personas llamadas Los ayudantes, iban de planeta en planeta buscando a los que ellos pensaron que se habían robado sus estrellas. Destruyeron razas enteras, hasta que varias personas se unieron para acabar con ellos y la guerra comenzó, Los ayudantes perdieron. Algunos se rindieron otros no.

El último cuadro era de un hombre que vestía el mismo traje de Zo con las manos entrelazadas en una extraña posición y letras debajo de él.

              —Finalmente nació una nueva raza Los oradores, dedicados arreglar los errores de Los ayudantes. Pasó mucho tiempo, pero volvieron a encontrar a las estrellas y descubrieron que había una manera de ocupar la energía que ellas emitían sin lastimarlas —leyó las letras de la descripción—. Sólo cuando tu cuerpo sea uno con el espacio podrás materializar deseos por medio de la oración. La magia de las estrellas es limitada, mientras haya más estrellas más grande será el objeto que pueda crear. Esta casa es una excepción, me tomo años perfeccionar la técnica de combinar objetos y energía, pero he aquí.

Til estaba petrificada por lo que acababa de escuchar. Una estrella la había considerado digna y no lo podía creer, ¿pero que tenía ella de especial? Intentó ignorar esa pregunta y se dirigió al orador. ¿Qué otras cosas puedes hacer?, pensó en alto.

              —Como dije la magia es limitada, además de materializar cosas que imagine, puedo hacerme flotar en el espacio con platillos en los pies, creo una capa de oxigeno alrededor de mí y se mirar en los recuerdos de las estrellas —alzó su mano frente a la chica—. ¿Puedo?

Ella asintió lentamente. Zo volvió a decir palabras que Til no comprendía, pero esas sonaban diferentes a las anteriores. Se quedó un largo rato de pie, de pronto alzó su cara, abrió sus ojos bruscamente y una lagrima recorrió su mejilla.

              —Cuando era bebé. Su piel comenzó a desprenderse lentamente —susurro.

              — ¿Qué dijiste?, pensó en alto.

              Con agilidad se limpió la lágrima y le respondió

              —Nada. Aunque parezcas de unos veinte, tienes miles de años.

¿Cómo logras entenderme? Ya había intentado hablar con gente antes, pero nadie me escuchaba, pensó en alto, Til.

 Como te lo expliqué… antes las estrellas se comunican con las personas, pero porque ellas se hacían escuchar. Cuando querían decir algo no lo decían sólo para sus adentros. Como en el momento en el que dijiste tu nombre, no querías sólo decirlo para ti, querías que yo lo escuchará. Básicamente así funciona.

Til se quedó pensativa, sintió un vació en su interior, no podía creer que después de tanto tiempo se quedaría sin preguntas. Comenzó a jugar con la esquina de un cuadro hasta que lo tiró, iba darle en la cabeza, pero Zo lo agarró.

              — ¡Cuidado! Tal vez los objetos normales no te hagan nada, pero recuerda que son mitad estelares

        —Colocó la pintura en su lugar—. Lo sabes, esa marca en tu brazo lo demuestra.

Tocó suavemente la marca de su brazo izquierdo, parecía una gran cicatriz, la había quemado la cola de un cometa. Desde entonces temía acercárseles. Como ya no encontraba qué decir decidió salir de ahí.

              — ¡Espera! —Le gritó Zo—. No te estoy corriendo, puedes quedarte el tiempo que quieras. No soy una persona muy entretenida, pero creo que soy mejor que un asteroide.

Til sonrió, pero no quiso aceptar de inmediato así que le dijo que lo pensaría. En los días que ella estaba ahí le gustaba curiosear todo lo que veía y le hacía a Zo tantas preguntas como podía. Él le explicó sobre la casa, el pasto, las costumbres humanas, le enseño a leer cosas sencillas sobre objetos que ella desconocía, aprendía muy rápido. Un día él tenía que salir, le ofreció a Til que lo acompañara, pero prefirió quedarse, no entendí porque, pero le gustaba el lugar.

Cuando se marchó, Til volvió a explorar el lugar, aunque ya lo conocía prácticamente todo, su baño, sus cuartos, la cocina y la pequeña biblioteca donde Zo le enseñó a leer. Cansada de curiosear se acostó en la sala principal, miraba los dibujos en el techo, se parecían mucho a las estrellas que el orador tenía dibujadas en el brazo. Se quedó un largo rato contemplándolas, de pronto notó algo extraño en una que tenía una figura un poco más abultada que las demás y se acercó flotando para tocarla. En el momento que la tocó una puertita se abrió. Inmediatamente se acercó a revisar que había dentro y encontró una gran caja con muchos papeles. La bajó al suelo, se sentó y comenzó a leerlos. La historia de la humanidad. Tenía por título.

Había pasado un rato ahí sentada con la mirada sombría, ya había terminado de leer y escuchó cuando Zo entró.

—Til mirá… —el orador quedo paralizado al ver las lágrimas de Til que no dejaban de salir, miró los papeles frente a ella—. Oh, ya lo sabes… te quería decir, pero esperaba estar equivocado porque los Bituol son una raza prospera, ahora. Sin embargo es verdad, mis ancestros destruyeron tu raza… es por esa razón que te encontrabas sola en el espacio. Pero si me dejas…

Antes de que Zo terminará su frase, Til salió corriendo. Él intentó detenerla, pero lo atravesó y se quedó quieto mirando cómo se alejaba. Golpeó el marco de la puerta y no se movió. No es momento para sentir lastima, tengo que explicarle, al menos tengo que hacer eso, pensó y salió a buscarla.

Ella no se fue muy lejos de ahí, solo quería un lugar tranquilo donde pudiera llorar, no había pasado mucho, pero la soledad del espacio la así sentir rara y eso la entristeció aún más. De pronto un pequeño cometo pasó rápidamente junto a ella, Til volteó rápido a verlo, se asustó. Pasó otro y otro, miró con detenimiento la zona y recordó que era una de las que más evitaba, pues pasaban miles de cometas por ahí. Volteó así atrás y pudo ver como uno más grande se acercaba, a duras penas se alcanzó a mover, pero sentía su cuerpo muy pesado. El siguiente no lo esquivaría tan fácil. No sabía qué hacer y mientras más tiempo pasaba ahí, más veía el fin.

              — ¡Tiiil! —gritó una voz familiar desde lejos.

Ella miró como Zo se puso delante de ella con una espada estelar en sus manos.

              —Ponte detrás de mí, saldremos de aquí —ella asintió a la vez que el cortaba los cometas que se cruzaban en su caminó y le dijo con vigor—. Lamento ser sucesor de Los ayudante. Creíamos que si arreglábamos todo lo que habían hecho nuestros ancestros, las estrellas nos perdonarían… pero sé que tu vida no se puede arreglar. Perdiste todo y si una estrella no te pudo ayudar, yo… yo haría menos.

Salieron de la zona de cometas, Zo inclinó la cabeza hacia abajo —perdóname.

Til se paró junto al orador e hizo que esta la mirará de frente a la cara. No estoy molesta por tus ancestros, leí la historia completa. Los que se rindieron no buscaban el perdón de las estrellas, buscaban dar felicidad a las personas. Y tú eres igual, lo leí en tus notas, resaltabas lo bueno y lo justo. Y lo que te molestaba lo ponías marcabas con una enorme tache a un lado. No te interesa el poder y el perdón, solo buscas ayudar y la prosperidad en la humanidad… Lo que me molestó es que miré que los humanos morían… yo, yo no quiero estar sola.

Zo hizo una sonrisa de oreja a oreja —Pero si las estrellas también mueren.

Pero no tan rápido como los hombres, pensó Til en alto.

El guerrero suspiró — Mira, no te puedo prometer vivir tanto como tú, pero si te prometo no abandonarte hasta el día en el que muera. Tal vez hagan menos pesada tu vida cuando me recuerdes. De hecho… no haz respondió a mi propuesta ¿Te gustaría un poco de compañía? Por primera vez el cabello de Til tomó un brilló diferente y de inmediato afirmó con la cabeza.

No recuerdo cómo nací o cómo llegue hasta aquí, sólo recuerdo estar sola en medio de la oscuridad, pero no duró mucho porque conocí una estrella.


Nuestras Redes Sociales

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s