La Canción de Urania

Por: María Fuentes Guevara

Zane ajustó la frecuencia de su auricular, pero sin importar lo que hiciera, lo único que escuchaba era estática. Tensó los labios y comenzó a intentar mejorar el alcance de la señal, sus dedos se movieron con rapidez sobre la pantalla de su teclado, pero sin importar cuántos códigos ingresara, cuántas veces potenciara el alcance de la transmisión, lo único que escuchaba era ese vacío molesto.

—¿Sigues sin noticias de Cowan y Nash? — la capitana Sivan apareció a su lado, inclinándose sobre la mesa de control, su cabello púrpura oscilando frente a su cara.

—Sólo escucho estática — Zane negó con la cabeza y se retiró el auricular, ya estaba harto de ese sonido — Creo que es buen momento de mandar a alguien por ellos.

—Puede ser… — la capitana se pasó las manos por el cabello y frunció los labios —. Esperemos diez minutos más, quizá el asenium está causando interferencia. Habíamos previsto que esa roca iba a tener mucho.

Zane iba a responder, pero la capitana se fue antes de que pudiera hacerlo. El hombre alzó la mirada y la fijó en el observador de la nave. Más allá de la acostumbrada negrura del espacio, se hallaba una franja que despedía una luz que le recordaba a las pastillas de menta que tanto le gustaba masticar a Elora. Seguro ella pensó lo mismo, se dijo Zane. Sus dedos volvieron a moverse de manera instintiva por el teclado, esta vez enfocando más la franja de luz, haciendo la imagen cada vez más grande hasta que fue capaz de distinguir las grandes rocas con destellos verdosos que flotaban. Sabía que teníamos que haber comprado la actualización. Así habría sido mucho más sencillo verlos desde aquí en lugar de estarnos preocupando.

Ni siquiera con el mayor aumento del que su sistema era capaz, podía ver el pequeño vehículo de expedición, sólo distinguía la silueta. Volvió a su teclado y accedió a los reportes del vehículo, por si acaso Elora o Kendrick habían dejado algún mensaje de ayuda, pero no había nada. También aprovechó para inspeccionar el sistema, pero este funcionaba perfectamente.

—¿Por qué se tardarán tanto? — se preguntó por lo bajo.

Normalmente las expediciones por asenium no tardaban más de un par de horas, a veces incluso los exploradores se tardaban más en ponerse el traje y hacer el camino hacia las rocas, que lo que se tardaban en colocar las máquinas y extraer todo el asenium que podían. Algo no está bien. Quizá era su lado más paranoico, ese vestigio de contrabandista que aún cargaba en su interior; había pasado años huyendo del Congreso, recolectando y vendiendo asenium antes de que las naves oficiales pudieran atraparlo, así había sido hasta… Hasta que eso pasó. Respiró hondo. En momentos así era cuando tenía que recordarse que había abandonado esa vida, que ahora su trabajo era legal, por la Estrella, hasta iba a bordo de una nave del Congreso, no tenía que preocuparse. Sin embargo, lo hacía.

Elora y Kendrick se habían ido hace cuatro horas, la última comunicación que habían establecido con ellos los situaba en una de las rocas con asenium, habían dicho que iban a empezar con la extracción y que se reportarían en cuanto abordaran su vehículo. Pero nunca se reportaron.

Zane volvió a colocarse el auricular, esta vez intentando alcanzar la señal del vehículo, lo único que escuchó fue estática hasta que algo nuevo tomó su lugar. Era una voz, una voz que se deslizaba en largas notas, no parecía femenina, pero tampoco masculina; era como si fuera capaz de producir todos los tonos al mismo tiempo. Zane frunció el ceño y aumentó el volumen.

—Capitana. — Zane habló más fuerte de lo que había pensado. La mujer apareció casi de inmediato a su lado —. Encontré algo raro.

—¿A qué te refieres con raro?

Zane activó el auricular que la capitana llevaba puesto, haciendo que la voz también fuera escuchada por ella. Los ojos de la capitana lo miraron interrogantes durante unos segundos, pero luego bajó la vista al suelo, parecía concentrada en lo que escuchaba.

—¿De dónde proviene esto?

—Del vehículo de Cowan, capitana — Zane habló en un volumen moderado. La voz aún sonaba en su auricular, pero poco a poco le dejó de sonar como una voz, sino más bien como una…

—¿Una canción? — la capitana desactivó su auricular, su ceño seguía fruncido, esta vez lo miraba con severidad —. Más te vale que no sea una broma, Dobson.

—Jamás bromearía con las vidas de Elora y Kendrick, capitana — Zane decidió sacudirse la ofensa con un movimiento de cabeza.

—Hay que analizarlo — la capitana Sivan levantó su brazo, presionó un botón de su muñequera y se lo acercó a los labios —. Magnusson, ¿estás ahí?

—Sí, capitana — una voz masculina salió desde la bocina.

—Dobson te mandará una transmisión y necesito que la analices.

—Cuenta con ello, capitana.

Tras una mirada plateada de la mujer, Zane conectó la transmisión con las bocinas de la nave; se quitó el auricular al tiempo en que las extrañas voces resonaban, cada miembro de la tripulación detuvo sus actividades, de pronto ya no se escuchó nada que no fueran las voces. Zane se concentró en ellas, cerró los ojos, y fue como si pudiera visualizar algo más, algo que intentaba salir del fondo de su mente, una especie de recuerdo a pasto mojado y a moras frescas, una sensación de calidez suave, una sonrisa blanca perfilada por labios rojos…

—¡Quiten esa canción! — la voz de Magnusson provocó que todos dieran un respingo — ¡Quiten esa maldita cosa! ¡Ahora!

Zane abrió los ojos justo en el momento en que la mano de Oren Magnusson se estampó contra su teclado, cortando la transmisión. Zane se sorprendió al notarlo sudoroso, con los ojos azules bien abiertos y con la piel pálida, una vena en su sien palpitaba levemente; pero se sorprendió aún más al notar que él mismo no se hallaba en su silla, por alguna razón había caminado hasta casi llegar al pasillo que conectaba a la nave. Pero, ¿cómo…?

Se quedó viendo a Magnusson, que tecleaba con furia el código de rastreo de la señal, sus labios se movían rápidamente sin emitir sonido alguno; los ojos del hombre iban del teclado al observador de la nave, y luego hacia la muñeca de la capitana Sivan.

—Magnusson, ¿qué estás haciendo? — la voz de la capitana se alzó con severidad.

—No… no… no les creí… deberíamos… sí… eso… tenemos… tenemos que salir de aquí, capitana…. antes de que lleguen…. antes de que sea tarde.

—Tarde, ¿para qué?

—Para salvarnos.

—¿Qué te pasa, Oren? — Zane se acercó a pasos largos, puso una mano sobre el hombro del traductor y notó que temblaba —, ¿te sientes bien?

—No, no estoy bien. Y ninguno lo va a estar si no nos vamos ahora.

—No podemos irnos sin Elora y Kendrick — dijo Cornell apareciendo debido a la discusión. Se cruzó de hombros, estaba arremangado y los tatuajes negros e intrincados de sus brazos eran visibles. Su mirada intentaba no ser dura como la de la capitana.

—Están muertos.

—¿Qué? — la capitana lo tomó bruscamente del brazo, apartándolo del amistoso agarre de Zane —. ¿Por qué dices eso?

—No saben… Ninguno de ustedes sabe… Nadie sabe lo que vendrá si nos quedamos.

—Habla claro o te encerraré en tu camarote, Magnusson.

El hombre se lamió los labios e intentó respirar. Miró una vez más la muñeca de la capitana, su brazo apresaba con fuerza el suyo. Zane jamás lo había visto tan agitado, claro, era un hombre un poco raro, pero casi todos los traductores lo eran; sin embargo, Oren casi nunca reaccionaba con otra cosa que no fuera una ceja arqueada o un asentimiento, verlo así… no tenía sentido. Oren asintió muchas veces con la cabeza, la capitana lo soltó y el hombre se abrazó a sí mismo casi sin querer.

—Los traductores escuchamos muchas historias… — comenzó a decir, su voz sonaba temblorosa, y sus ojos no dejaban de ver por el observador. —Conozco veintitrés lenguas, he hablado con muchas personas, con muchas razas de muchos planetas y sistemas… A veces cuentan historias…

—Ve más rápido, Magnusson… por favor —La capitana no era conocida por su paciencia — ¿Intentas decir que sabes lo que dice la canción?

—No… no, no… esa lengua… yo no… — Respiró hondo — pero sé lo que significa. Destrucción. Capitana, si aprecia la vida del resto de la tripulación, se olvidará de Elora y Kendrick y del asenium y nos dará la orden de regresar con el Congreso.

El silencio que siguió estaba cargado de tensión. La capitana miraba a Oren, su sueño más fruncido que nunca. Seguramente pensaba lo mismo que Zane, que alguien como Oren no reaccionaría de esa forma de no ser porque estuvieran en un grave peligro, pero, ¿todo eso por una canción? No tenía sentido.

—Estás demente —Cornell fue el primero en hablar, miraba a Oren como si jamás lo hubiera visto antes. Negó con la cabeza —. No podemos dejarlos.

—Ya están muertos.

—Deja de decir eso, Magnusson —la capitana cortó la discusión antes de que pudiera crecer. Se giró rápidamente hacia Cornell —. Ponte un traje y toma el otro vehículo, necesito que vayas a asegurarte de que Cowan y Nash estén bien.

—Sí, capitana.

Cornell caminó a paso decidido, sin apartar la mirada de Oren hasta que estuvo a la vuelta del pasillo. Zane miró al traductor, ahora se tomaba de las manos y jugueteaba con sus dedos frenéticamente. No se había puesto así jamás; ni siquiera cuando recibimos la amenaza de los piratas de Lyra.

—Lo acabas de mandar a su muerte… — Oren habló por lo bajo, pero sus ojos estaban clavados en la capitana.

—Oren, intento no encerrarte, pero no me estás poniendo las cosas fáciles. No tienes ningún derecho a juzgar mis órdenes. Ahora regresa a tu puesto de trabajo y descifra lo que dice la canción, quizá nos sea útil.

Oren ya no habló, pero asintió y se fue tambaleando hasta regresar a su puesto. La capitana respiró hondo y se pasó una  mano por el cabello púrpura, negó con la cabeza y volteó a ver a Zane.

—Necesito que estés al pendiente de la señal de Brankov, quiero que escuches todo lo que él escuche, ¿entendido?

—Entendido, capitana.

Zane regresó a su puesto, sin fijarse si la capitana había regresado al suyo. Sólo se puso de regreso el auricular, cortó la transmisión de la canción y se enfocó ahora en la de Cornell. Avisó que estaba listo para salir, y Zane pudo ver cómo salía con el vehículo hacia la dirección de las rocas con asenium. Le había pasado las coordenadas exactas de donde estaban Elora y Kendrick, sólo era cuestión de esperar a que llegara con ellos.

—Zane, ¿estás ahí? — la voz de Cornell apareció en su auricular.

—Como siempre. ¿Llegaste con ellos?

—No, pero estoy cerca — hubo una pausa llena de estática, Zane casi se quitó el auricular —… sus cables.

—¿Qué? Repite eso, Cornell.

—…no… cables… deberían de… asenium… Elora… no

Los dedos de Zane se movieron con toda la rapidez de la que fueron capaces para mejorar la señal, pero la comunicación seguía encontrándose con alguna clase de interferencia. Las palabras de Cornell llegaban mezcladas con estática. Maldito asenium y maldito Congreso tacaño.

—Cornell, repite lo que dijiste. Repite. Repite.

—No… no veo sus cables… No… están.

Sin esperar ninguna autorización, Zane puso la transmisión de Cornell en los altavoces de la nave. La estática hizo que todos reaccionaran, sintió la mirada de la capitana sobre su espalda, pero no le importó. ¿Qué demonios estaba pasando?

—Repite, Cornell. ¿A qué te refieres con que no ves sus cables?

—No están, Zane… Elora….y…. no…. ¿qué…?

Un estallido de estática hizo que todos saltaran en su lugar, Zane estiró la mano para bajar el volumen, pero fue entonces que empezó. La canción. Las notas se deslizaban por las bocinas; alzó la vista, el vehículo de Cornell estaba al lado del de sus compañeros, ambos como dos puntos lejanos que flotaban cerca de las rocas. La canción siguió sonando. Zane sintió que flotaba, casi fue capaz de oler la brisa de primavera de su planeta natal, las voces en la canción pronto tomaron la forma de palabras, decían su nombre, decían que lo extrañaba. ¿Urania?, ¿eres tú?

Un estruendo lo hizo regresar a la realidad. Magnusson había tomado una de las pistolas láser de emergencia y había disparado a las bocinas de la nave, una tras otra. Zane estaba de pie, con la cara casi pegada hacia el observador, el espacio lleno de negros y estrellas lejanas parecía llamarlo. Por el reflejo del cristal, vio cómo dos tripulantes intentaban inmovilizar a Oren, él se defendía e intentaba dispararle a la última bocina.

—¡Tenemos que salir de aquí! — gritaba Oren a todo pulmón —. ¡Vámonos!, ¡vámonos!, ¡ellas ya vienen!, ¡ya vienen!

Los gritos parecían desgarrarle la garganta,  y Oren se debatía por liberarse pero la capitana se abrió paso por entre sus captores, le quitó el arma de las manos y lo noqueó con un golpe que lo derribó al suelo.

—Llévenlo a su camarote y cierren la puerta, ya me encargaré luego de él cuando regresemos.

Zane regresó a su puesto, los tripulantes que habían detenido a Oren hicieron caso a las órdenes de la capitana, y ahora arrastraban el cuerpo del traductor hacia su camarote. La canción se escuchaba por debajo de los cables de electricidad que chispeaban, no tenía mucho caso seguir reproduciéndola, por lo que Zane apagó la transmisión.

—Sigue la señal de Brankov.

—Esa era la señal de Brankov, capitana.

—Abre mi señal — Zane hizo lo que se le pidió, y conectó la señal de la capitana con la de Cornell —. Brankov… Brankov, ¿estás ahí?, ¿hiciste contacto con Cowan y Nash? Brankov… Brankov, responde. Brankov. ¡Sólo está esa maldita canción!

Maldita, quizás, pero hermosa. La voz de Urania había sonado tan clara en su mente, había olvidado cómo sonaba, pero no tenía dudas de que le pertenecía. Déjate de tonterías, Zane, Urania está muerta… está muerta por tu culpa. Sus ojos se quedaron clavados en el botón que abría la señal, preguntándose cómo había sido capaz de escuchar su voz, ¿qué era lo que estaba sucediendo?

—Capitana, creo que veo algo.

Una chica de la tripulación habló, y por el observador hizo una ampliación a la imagen de los vehículos, aún parecían puntos distantes, pero ahora había otros, demasiado pequeños para tratarse de rocas con asenium, que flotaban a su alrededor.

—¿Podrían ser…?

—Sólo hay una forma de averiguarlo — la capitana se giró en dirección al pasillo, antes de caminar, fijó la mirada en Zane —. Voy a investigar, hablaré contigo a cada segundo. Los traeré de regreso.

La tripulación se quedó confundida durante los segundos que tardó la capitana Sivan en salir por el pasillo, Zane notó que ahora lo miraban a él. La confusión casi se apoderó de su mente, cuando recordó que ahora era la persona con mayor rango en la nave. Ahora era él quien tendría que dar las órdenes. Se aclaró la garganta.

—Bien, necesito imágenes del vehículo de la capitana Sivan en todo momento. Tengo la señal de sus comunicaciones, la mandaré para que también estén al pendiente.

Todo se hizo según lo dicho. Zane ajustó la señal de la capitana para que todos fueran capaces de escucharla desde sus auriculares, pues las bocinas estaban completamente destruidas.

—Dobson. Ya estoy cerca de los vehículos. Acabo de verlos, sus cables están sueltos… no… flotan…

—Capitana, capitana, repita, por favor.

—Esos… Dobson… están… alguien… daño… Dobson…

—Las imágenes de la capitana, ahora — dijo firmemente a la tripulación, de inmediato ellos pusieron las imágenes en el observador. El vehículo era perfectamente visible, a su alrededor había algo que flotaba. Cuerpos.

—Todos… — la voz de la capitana se hizo presente entre la estática — muertos… hay algo…

La transmisión fue reemplazada por esas voces, por esa canción, una vez más. Zane se quitó el auricular de inmediato, pero la canción sólo se hizo más fuerte. Miró hacia todas partes, intentando averiguar lo que pasaba, pero todos los demás se veían igual de confundidos que él. Sacudió la cabeza intentando concentrarse en las palabras de la capitana. Elora, Kendrick y Cornell estaban muertos, pero, ¿cómo?, ¿qué había pasado?

Algo se estrelló con fuerza contra el observador, pero esta vez solamente Zane brincó, todos los demás estaban con los ojos cerrados, ajenos a todo excepto a la canción. Zane salió de su puesto y se acercó al observador, una figura flotaba frente a él, llevaba puesto el uniforme de protección del Congreso, a través del cristal del casco, pudo ver una cara repleta de arrugas profundas que llegaban casi al hueso, una piel cenicienta y unas cuencas vacías, la boca detenida en una sonrisa sin labios, y el cabello púrpura enmarañado. Los ojos de Zane se abrieron con fuerza mientras su corazón se agitaba frenético en su pecho, de pronto le costó trabajo respirar, el calor había abandonado sus manos.

Miró alrededor una vez más, pero nadie además de él había notado el cuerpo flotante de la capitana, ni el de los demás tripulantes que estaban atados al cable que colgaba del traje de la mujer, todos con la piel arrugada y pegada a los huesos, todos con sonrisas congeladas como muecas, todos con las cuencas vacías.

La canción sonó con más fuerza, como si quien la estuviera emitiendo estuviera más cerca. El volumen de las voces comenzó a hacerse ensordecedor. A lo lejos se escucharon los gritos de Oren, medio obstruidos por las paredes de metal, pero perfectamente audibles. Zane sacudió la cabeza, apartando la voz de Urania de sus pensamientos, recordando a pura fuerza de voluntad que estaba muerta. Pero su risa sonaba en sus oídos, casi podía sentir su cuerpo entre sus brazos, la suavidad de sus rizos, casi era capaz de ver a sus labios mientras estos le decían que lo amaban… No, no, está muerta.

Bajó la vista hacia sus manos y las notó temblar, vio sus propios pies llevarlo hacia el puesto de la capitana, pudo ver su cuerpo moviéndose sin él darle ninguna orden.

—Zane… ven conmigo, Zane… — decía Urania en su mente — Te necesito…

Su cuerpo se tensó mientras él intentaba frenarlo. Sintió unos brazos rodearlo en un abrazo, una vez más fue capaz de percibir el aroma a moras y a pasto recién regado. Por su barbilla percibió la suavidad de unos rizos color caoba. Su cuerpo se relajó.

—Eso, amor, ven conmigo…

—Urania…

Una sonrisa se dibujó en el rostro de su amada, una sonrisa blanca, perfilada por labios color frambuesa. Zane abrió las puertas de la nave. Pronto el sonido de su corazón latiente fue reemplazado por la canción de Urania, la vida que corría por sus venas se apagó, pero la canción siguió sonando, cada vez más potente, por la negrura del espacio.

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