El superviviente, la configuración entre instinto y humanidad

Daniela Tello

Desde la década de los setenta, la obra de King ha crecido de manera exponencial con una amplia diversidad que va del relato corto, hasta las más extensas sagas y ha explorado diversos subgéneros de la literatura; desde la ciencia ficción común como en su cuento «El Procesador de Palabras de los Dioses», «Under The Dome» y «La Larga Marcha», pasando por diversas formas del terror y horror como Carrie, Eso, La historia de Lisey o Misery. En ellas podemos apreciar como explota los lados más sensibles, oscuros y retorcidos del ser humano, envolviendo a sus personajes en situaciones que los llevan al límite.

Y aunque es un autor bien conocido por crear criaturas fascinantes y a la vez aterradoras, responsables de las pesadillas de muchos de sus lectores asiduos, no vive únicamente de éste recurso, pues existen entre todas ellas, relatos donde el ser humano confronta miedos primitivos, encaramados en los abismos del instinto, así como escenarios extremos creados para desafiar la cordura del individuo.

El relato «El superviviente», publicado como Survivor type en la antología Skeleton crew en 1985, King nos presenta uno de los conflictos más antiguos de la raza humana: el que ha luchado desde el principio de los tiempos contra la naturaleza.

Aferrarse a la vida, superar adversidades, sobrevivir un día a la vez, es propio del ser humano y aunque el escenario haya evolucionado junto a nosotros, seguimos luchando por sobrevivir. King nos remonta a ese escenario primitivo y a la pugna original del hombre dentro de la naturaleza, nos recuerda lo insignificantes que somos ante ella y lo vulnerables que no encontramos. De igual modo, nos presenta al hombre como un animal, una bestia de carroña poco refinada cuyos modales y civilidad son una simple máscara.

La historia no es compleja: Un cirujano que ha logrado imponerse a las constantes carencias de su vida joven, ha llevado su profesión junto a una serie de delitos menores que finalmente lo hacen perder su licencia, decide buscar la forma de continuar con su estilo de vida traficando algunos gramos de heroína, así que decide trabajar con narcotraficantes y emprender un viaje, pero durante el trascurso el barco naufraga y termina atorado en una pequeña isla, que no son más que rocas en medio de la nada, donde hará todo lo posible por sobrevivir y mantener su sentido de humanidad.

El calvario del sujeto quedaría olvidado de no ser por un diario que comienza a escribir poco después de su naufragio, mediante el cual, nos enteramos del suplicio que padece hasta el final.

El diario es un confesionario, donde plasma gran parte de su vida, intenta buscar entre sus recuerdos alguno que justifique su situación actual, pero conforme avanza la historia, nos encontramos más bien con un sentido de vacío, un rechazo y desapego emocional que ha padecido y que posteriormente, él mismo integraría a su forma de vida. El diario representa un escape de su relativo encierro, la única vía que lo hace partícipe de una sociedad que lo ha desechado; el escribir en su diario le recuerda que es humano y con ello demuestra su deseo de sentir pertinencia e identidad en un grupo, pues al final, no es la muerte a lo que más tememos, sino a encontrarla en soledad.

King juega con el papel del médico cirujano quién toma el juramento hipocrático como una broma, sin embargo, rompe el molde del doctor abnegado y cuyo propósito es salvar vidas o el de científico loco que desestima los límites de la moral en pos del avance en su campo. Revela un personaje inseguro, lleno de vicios, con más defectos que virtudes, alguien frágil que nos sirve de espejo a todos, al hacernos cómplices de sus delitos y al acercarnos a él, sin buscar justificación alguna para sus actos.

«El superviviente», trata de mantener su humanidad planificando una vida luego de su rescate y escribe para reafirmar su idea, pero el problema real surge ante la escasez de alimento. Y es así como comienza su verdadera pesadilla, pues como cirujano la situación lo orilla a consumir lo único que tiene disponible: su propio cuerpo.

Hoy he matado otra gaviota tal como lo hice con la primera. Tenía demasiada hambre para torturarla como me había prometido a mí mismo. Así que la abrí y me la comí […]
Podemos ver a King diseccionar literal y figurativamente a aquel hombre, un hombre que comienza a devorarse a sí mismo perdiendo su identidad como ser humano, pues no solo comete uno de los actos tabú más polémicos, sino que ello implica que su forma física se deforme. El paralelismo entre su transformación física y psicológica se hace presente en todo el argumento, pero llega a su clímax cuando él se ve a sí mismo como un monstruo, una calavera con piel. Los lazos que pretendían atarle a la humanidad comienzan a ser más débiles, lucha por mantener lo poco que le queda de ella: sus manos. Sus manos han sido su identidad y su más importante herramienta ya que con ellas ha ejercido toda su vida su profesión, así como sus delitos y es con ellas que trata de mantener su registro y último nexo al mundo que es aquel diario.

Devorar sus manos implica rendirse, perderse así mismo, aceptar que ha renunciado y dejado de ser humano. No importa lo que haga. King plantea la duda ¿hasta dónde desea una persona sobrevivir a un shock? Pero la verdadera pregunta que busca responder es ¿Cuánto estamos dispuestos a soportar antes de perder nuestra humanidad?

Me he amputado el pie izquierdo y lo he vendado con mis pantalones. Extraño. Durante toda la operación se me cayó la baba. […]Tenía que repetirme: rosbif frío, rosbif frío, rosbif frío.


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