Tragedia

Miguel Carbajal

Las personas hablaban señalando hacia el mismo punto. Rufú el payaso había entrado al recinto y estaba sentado en una de las filas más altas. Los presentes se mostraron perplejos hasta que, entre murmullos, empezaron a esparcir la teoría de que presenciaban una de esas nuevas obras de teatro experimental en las cuales los actores interactúan con el público.

Tras cinco minutos, Rufú continuaba sin mover un dedo, y el público empezó a inquietarse. Fuera de las extravagantes prendas multicolores y el maquillaje, el payaso era un espectador más, tan impaciente como cualquiera porque empezara la función. Al levantar la vista del papel que tenía en las manos y descubrir un hombre mirándolo, respondió con una inclinación de cabeza y una sonrisa.

El disgusto se propagaba. Temiendo que alguien decidiera irse, una organizadora del evento –mujer muy bien vestida– se levantó, pasó frente a su compañero de a lado, cruzó el pasillo, se colocó tras el payaso, y tocó ligeramente su hombro con el índice. Éste volteó un tanto sorprendido.

– Disculpe, ¿no cree que estaría mejor allá? –. Con el mismo índice apuntó hacia el escenario.

Rufú miró lo que la mujer señalaba. Pareció confundido, pero pronto sonrió y asintió cómicamente. Se levantó y, ante la mirada atenta de todos, caminó por el pasillo. Seguro de que el espectáculo daría inicio, el público estalló en aplausos. Tomado por sorpresa, el payaso se estremeció antes de seguir su camino, enviando tímidos saludos a quienes juntaban las palmas, tratando en vano de pasar desapercibido.

Los aplausos disminuyeron cuando Rufú comenzó a subir los escalones, a medida que se aproximaba al centro del escenario. Ya en su sitio, echó una profunda mirada hacia el público, cerciorándose de que allí había buena perspectiva. Metió la mano en un bolsillo de la camisa; luego, el antebrazo, y después, casi todo el brazo. Hubo unas cuantas risas y Rufú se congeló, queriendo comprobar que se reían de él. Siguió buscando entre sus ropas e hizo un gesto triunfal. Extrajo su mano de la camisa y con ella salió un banquillo de proporciones insospechadas. El salón estalló en fuertes carcajadas. Rufú volvió a estremecerse, lanzó el banco al aire, y lo atrapó para abrazarlo con fuerza, avergonzado porque lo miraran y se burlaran. Así se quedó hasta que el barullo empezó a disminuir. Creyendo que un pestañeo acarrearía media hora de risas, con extrema lentitud, el payaso colocó el banquillo, se sentó, con unos bamboleos se acomodó, colocó las manos sobre el regazo, y se quedó quieto, con un gesto de satisfacción en el rostro.

Todos esperaron que entraran otros actores a escena o que Rufú empezara un monólogo, pero nada pasó.

Los cuchicheos entre el público volvieron, pero esta vez subieron de tono muy rápido. Por un momento pareció que el volumen era mayor porque todos hablaban a la vez, pero pronto se escuchó una obscenidad.

Cada vez más personas se dirigieron a la salida. Alguien rompió su boleto al levantarse del asiento. Los niños lloraron al ser arrastrados por sus padres. Unos gritaban entre ellos, y otros, hacia el escenario.

– ¡Es tu culpa! –exclamó la mujer que había hablado a Rufú minutos atrás, al golpear con el bolso a su compañero de a lado.

Pronto todos estuvieron absortos en sus asuntos y las miradas se desviaron del escenario. Nadie se percató del payaso viendo hacia todas direcciones, aplaudiendo enérgicamente sin soltar la hoja de papel.

Rufú rió ante insultos, llantos y gestos de mal humor, pero la sonrisa se desvaneció cuando alguien dio el primer golpe.

Una mujer había tratado de separar a su esposo del hombre que lo provocaba. El esposo se volvió hacia ella y, con una bofetada, la hizo caer de espaldas hacia los asientos de adelante. Los hombres la vieron atónitos un segundo, hasta que el esposo se volvió al otro y puso las manos alrededor de su cuello.

– ¡Maldito! ¡Mira lo que hiciste!

Ambos se enfrascaron en una lucha a puñetazos, caminando sin control hacia la demás gente, que pronto se unió al conflicto.

Así como se había esparcido el rumor de que daría inicio una obra de teatro experimental, se desencadenó una lucha campal entre el público.

Rufú dejó de reír. Se cubrió la boca sosteniendo el aliento cuando alguien cayó. Hacía muecas cada que escuchaba un golpe. Se frotó las manos cuando la cosa se puso más interesante.

La trifulca duró lo suficiente para generar un considerable número de heridos que se arrastraban o yacían en el suelo.

Al caer, un muchacho humilde arrancó una mancuernilla de oro de un traje elegante y desarreglado. El rostro del portador se contrajo antes que sacara un revólver del interior del saco. Empezó a disparar, primero al muchacho, luego, a quienes estaban alrededor.

El lugar se llenó con alaridos de mujeres que corrían despavoridas, y con gritos apagados de hombres alcanzados por balas. Algunos pisaban a quienes habían tropezado al tratar de huir.

Un hombre corpulento empujó hombres, mujeres y niños para llegar a la salida. Tanta gente trató de pasar por el estrecho umbral que quedó atascada antes de ceder por la presión de los desesperados que venían detrás.

Rufú admitió que el espectáculo ya no era divertido, no porque hubiera dejado de ser interesante, sino porque se había vuelto grotesco: cráneos rotos, cuerpos goteando sangre, miradas perdidas en el más allá, y otras que no estaban tan muertas.

Al payaso llegó un mal presentimiento en forma de déjà vu. Se levantó para irse y escuchó un chisporroteo. Olía a caucho quemado. Salía humo desde lo alto. Miró arriba cuando un reflector enorme cayó sobre los asientos. Empezó a salir fuego. Más allá, el hombre de las mancuernillas de oro estaba tirado en el pasillo, derramando sangre desde la nuca. El arma humeaba a escasos centímetros de su mano. Tras él un anciano empapado en sudor, encorvado por el esfuerzo (más de lo que debía estar normalmente) sostuvo en alto su bastón con manos temblorosas antes de caer y morir junto a su víctima.

Fuera porque el humo se esparcía rápidamente por el lugar, o porque las lágrimas corrieron el maquillaje alrededor de sus ojos, Rufú alcanzó a ver nada más que gente muerta, agonía y fuego.

Las llamas empezaron a rodear el escenario. El payaso bajó los escalones y caminó hacia los asientos, viendo a su alrededor, tratando de comprender. Titubeó para ayudar a alguien y siguió caminando. Pasó de largo al hombre de las mancuernillas y al anciano. Pisó otro par de cadáveres.

Rufú se preguntó si entraría o saldría del Averno al cruzar el umbral del recinto, cuando parte del techo se desplomó y lo bloqueó. El fuego se propagó al frente, por detrás, y a los lados. El círculo se hacía cada vez más estrecho.

En medio de la desesperación, Rufú comprendió el sentido del espectáculo. El público había dado en el clavo: la obra era interactiva. Ahora él también formaba parte de esa danza macabra.

No desaparecieron sus deseos de llorar, pero nacieron los de reír ante la ironía, o aplaudir ante la mezcla de emociones encontradas, el destino fatídico… todo lo que había en ese lugar y no había tiempo de describir. El fuego lo abrazó durante el último acto.

***

Del recinto y su último espectáculo solo quedaron las cenizas. Solo se salvó del fuego el papel que sostenía un cadáver calcinado dentro de un traje extravagante. La mano derecha de un payaso muerto estaba cerrada con firmeza sobre el programa de una obra teatral. Lo único que quedó intacto fueron estas palabras:

“La Comédie humaine d’Honoré de Balzac”: d’une mise en scène d´Priato Nolio


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